domingo, 9 de octubre de 2011

Jean Baudrillard


La obra de Jean Baudrillard impugna el concepto de ideología. Contradice aquel pensamiento reminiscente del marxismo clásico que suponía  a la sociedad bajo la bruma de las fuerzas ideológicas imperantes; burguesas, imperialistas, opresoras. Donde el resto de seres humanos se encuentra a la espera de los descubridores del submundo que los constriñe, oprime y determina, aguardando a los redentores de la mísera realidad que les tocó vivir.
Jean Baudrillard
En tanto, podrán entretenerse con sus minucias cotidianas que no son sino paliativos, engaños de los poderosos, fantasmas de regocijo. La ropa que visten, el entretenimiento que disfrutan, los productos que adquieren, los alimentos que comen; más acá del siglo XXI, también tienen la publicidad que absorben, la música que degluten, la televisión que los diseña, las creencias que compran, los ídolos que erigen.
Pero todas estas supuestas excrecencias que las teorías marxistas identificaban con desdén como meros somníferos para la conciencia de las masas, son, ahora lo sabemos, la cosa real. El granulado de la realidad, aquí y ahora. No hay pantalla. O, en todo caso, una pantalla total compuesta por todos y cada uno de los elementos de la cotidianidad. Eso es lo que enseñó Jean Baudrillard.
Ensayista indispensable
La vorágine de su pensamiento sincopado, mordaz, voluptuoso, cristaliza desarrollando un estilo ácido que, a través del amplio panorama de la crítica coyuntural, construirá un eje fundamental: la civilización occidental no tiene hojas y raíces, ni esencia y accidentes, menos aún estructura y superestructura, sino que es transparente en su superficialidad. Sin embargo, aunque el tejido que la constituye está siempre a flote, a través de sus propios elementos se desdoblará, duplicándose anómalamente por medio de la tecnotrónica galopante que cada vez más nos determina y constriñe. Exoesqueleto cableado y microcircuitado que se encarama en el sistema social redibujándolo para siempre. Surge la voluntad de lo virtual. Caudal autológico en constante evolución y crescendo cuyo punto de quiebre se halla a la vista en el horizonte: volverse endémico en la mente de la humanidad.
En ocasiones, añorante de una modernidad clásica y, por lo mismo, conservador; otras, acertado futurólogo y desencantado comentarista de la cultura postmoderna y de la era postindustrial; de la inminencia de nuestra decadencia posthumanista. Siempre contundente, irónico e intelectualmente solitario. Libre creador de metáforas, analogías y neologismos insospechados, exacerbó a más de uno con el vuelo sin concesiones de sus textos tóxicos.
Indispensable intelectual de nuestros tiempos, su ojo tuvo, como pocos, el don de la vista nouménica: la capacidad de fundar, con base en lo observable, la taxonomía de lo velado: dinámicas subrepticias, conspiraciones, dobles intenciones, mala conciencia. Enseñó que todo eso está ahí, casi en la superficie; que sólo basta y sobra una mente luminosa para efectuar el trasvase. Es una lástima que éstas no abunden, y todavía más que la suya haya cesado de existir.*
*Este texto fue publicado originalmente en Replicante, verano del 2007, con motivo de la muerte de Jean Baudrillard.




1 comentario:

Efraín Trava dijo...

Baudrillard, desde que comencé a leer en serio, se convirtió en un indispensable. Su poética encandila, seduce y lanza a la acción.