viernes, 14 de octubre de 2011

El hiperrealismo de Ron Mueck



El arte hiperrealista vive en la paradoja. Es decir, conviven en él dos realidades contrapuestas. Como su nombre indica, es una manera de trabajar la plástica bajo el principio rector de reproducir hasta el mínimo detalle de lo real. Plasmar por medios estéticos los recovecos de las cosas, las personas, los paisajes y los animales. Es hacer que el artista posea las competencias miméticas necesarias para trasladar al espacio del lienzo o del volumen el universo del detalle milimétrico que la naturaleza, los hombres y las máquinas han puesto en el mundo. Pero al mismo tiempo, es la muestra fehaciente de que el arte es mucho más que eso. Como prístinamente dijo el teórico alemán Niklas Luhmann en torno al arte hiperrealista: en su perfección copista señala justo que no es aquello que imita con precisión extrema. Al hacerlo, a diferencia de las cosas del mundo, dice “esto es arte y no otra cosa”.
Spooning Couple
En principio, el hiperrealismo parecería ser uno de los múltiples esfuerzos artísticos para plasmar con alarde de técnica y prolijidad lo que la realidad pone ante los ojos del realizador. Esto ha sido una constante en el arte occidental desde las esculturas figurativas de la Grecia clásica hasta los paisajistas del siglo XIX, como José María Velasco, pasando por la eminente Escuela Holandesa en el siglo XVII, cuyo representante más afamado es Paul Rubens.
Sin embargo, en el medio siglo que tiene de vida, el hiperrealismo se ha diferenciado de sus antecesores tradicionales por las siguientes cualidades: 1) no duda en utilizar los medios industriales propios de nuestra época para la elaboración de sus productos artísticos, como han sido el pincel de aire (artefacto íntimamente vinculado a esta corriente artística) y materiales como el plástico, la fibra de vidrio y el silicón, justamente como las esculturas de Ron Mueck; 2) practica un encarnizamiento absoluto con el detalle que hace que la cognición del artista y, por extensión, del público espectador, adquiera cualidades tecnológicas; es decir, tal acercamiento a lo real en múltiples ocasiones sólo es posible por medio de un aparataje determinado: un microscopio, una lupa o una cámara fotográfica (como sucede, precisamente, con el fotorrealismo: el pintor no copia una parte de la realidad, sino una imagen fotográfica de ésta); y 3) produce una dislocación de la recreación estándar de la realidad por el exceso de precisión representacional que el género comporta; esto es, la extrema fidelidad a lo real, anclada en la profusión del detalle, va más allá de las cualidades perceptivas de las personas. No porque muchos de esos detalles no puedan ser observados a simple vista, sino porque en la percepción cotidiana son irrelevantes. La atención interpersonal se centra en una multiplicidad de cualidades físicas y de personalidad que varían de acuerdo con el entorno, el interés, el tipo de relación y la circunstancia de vida, y muy pocas veces se concentran en la minucia del acabado del cuerpo, del rostro, de la piel (o de las texturas, los colores y las formas en el caso de los objetos). Por ello, el hiperrealismo excede la mera representación fiel al original, aunque esta sea su sello indeleble.
Still Life
Tomemos una de las obras que más impacto han causado en la breve antología de nueve piezas del escultor australiano Ron Mueck en San Ildefonso, la titulada Máscara II: la cara quieta de un varón en sueños. Salta a la vista la precisión de los detalles. El gesto caído de un hombre dormido, la profusión de vellos de una barba de medio día, lo mismo que la disposición de las arrugas de la frente y en torno a los ojos, incluso puede observarse una espinilla en el pómulo derecho. Pero la cara en cuestión es inmensa, sería propia de una persona de unos cuatro metros de estatura. Algo similar, pero en sentido inverso, ocurre con la pieza Baby, en la que se observa el detalle de un bebé casi feto, recién salido del vientre materno, sólo que el tamaño es diminuto, aproximadamente la mitad de lo que es un bebé normal al nacer. Aunque allí también presenciamos la minuciosidad de los pliegues de una piel aún por asentarse, los ojos desenfocados rodeados de párpados hinchados, la desproporción típica de los recién nacidos entre el tamaño de la cabeza, el torso y las extremidades.
En el mencionado sentido del gigantismo escultórico se encuentran las piezas In Bed, que es una mujer en la pereza después del sueño, y Still Life, que es un pollo de mercado en exhibición para la venta. En el sentido de la pequeñez, destacan Drift, deslumbrante recreación de un hombre sobre un flotador tomando el sol en una piscina, y Spooning Couple, pareja abrazada en la cama que produce la perturbadora sensación de estar viendo a un par de liliputienses a punto de cobrar vida en la sala de exhibición. Este vaivén entre lo inmenso y lo diminuto, determinado por la profusión del detalle realista, desemboca en lo conceptual y lo alegórico, piedra de toque del arte moderno occidental. Ese es el punto donde la obra abre el mundo del sentido de lo que es a lo que quiere decir, de lo que representa a lo que significa. En el caso de la breve exposición retrospectiva de Ron Mueck en la Ciudad de México (estuvo ya, también, en el estupendo MARCO de Monterrey), la dimensión inferida del sentido de las obras adquiere su punto máximo en la pieza Man in a Boat. La obra, en la que se observa a un hombre desnudo en una barca vieja, con el gesto angustiado y en posición de tener mucho frío, evoca la soledad, la desventura, la desproporción entre la inmensidad del mundo (simbolizada por la barca a la deriva, que alude a la enormidad oceánica) y la fragilidad humana. Es un verdadero monumento a la angustia en clave hiperrealista. El impulso hacia lo simbólico en la obra de Mueck queda de manifiesto en esta obra, la cual, además, puntualiza lo ya afirmado: que, paradójicamente, el hiperrealismo muestra en la pulcritud de su impronta mimética el carácter extra realista del arte: la consecución virtuosa del sentido sedimentado en los componentes del mundo (personas, lugares, objetos), elevándolos más allá de su apariencia y utilidad pedestres.
Esta reseña fue publicada en Milenio Semanal, 09 de octubre del 2011: http://www.msemanal.com/node/4747

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