sábado, 8 de octubre de 2011

Rogelio Villarreal y la cultura alternativa

Considerado un arte post-vanguardista, post-humanista y, en consecuencia, post-modernista, el variopinto conjunto de manifestaciones de la cultura alternativa ha funcionado como Némesis del arte institucionalizado, al que sus paladines llaman “arte culto”. En este sentido, el arte alternativo opera bajo los mismos esquemas estéticos estandarizados, pero subvirtiéndolos en desarrollo e intencionalidad. De esta manera, dicho tipo de arte se halla en medio de una paradoja. Por una parte, jalona la expresión estética por caminos insospechados de temática, materiales y ejecución; y, por otra, tiene que preservar parte del encuadre estético institucionalizado, a riesgo de no hacerlo y diluirse en cualquiera otra cosa excepto arte —artesanía, publicidad, sentimentalismo—.

Con todo, se ha consolidado como un mundillo lúcido y vigoroso; pleno de experimentación y libertad creativa, ha visto nacer algunas de las manifestaciones culturales más dignas y propositivas de los últimos cincuenta años. De los beatniks y el dirty realism a los cómics cyberpunk; del acid rock y el dark wave al thrash metal; de los performances y el arte objeto al hiperrealismo escatológico, y una larga lista adicional.

Dentro de la diversidad y disimilitudes que todas estas manifestaciones poseen, tienen sin embargo algo en común: por regla general, son execradas por el mainstream cultural. Se las considera chocarreras, excéntricas, dudosas o de mal gusto. Se les antepone el gesto adusto de la crítica convencional con sus dicotomías preestablecidas entre lo culto y lo popular, lo exquisito y lo vulgar, lo digno y lo despreciable. En consecuencia, carecen de difusión masiva y son escasos sus portavoces; sus críticos serios son minoría, y quienes tienen el arrojo de erigir medios en los que estas manifestaciones tengan cabida son, prácticamente, héroes o locos.  

Rogelio Villarreal
Uno de ellos es Rogelio Villarreal. Pilar indiscutido de los escasísimos medios alternativos de este país, se ha mantenido vigente como editor de propuestas innovadoras, frescas, contestatarias y sin duda incómodas durante más de un cuarto de siglo. El eje intelectual que liga las revistas La regla rota, La Pus Moderna, Replicante y Replicante Digital (estas últimas en excelente mancuerna editorial con Roberta Garza) ha mantenido ese conjunto de constantes, si bien entre cada una ha habido un notable desarrollo y evolución de la propuesta alternativa de Villarreal. Crítico, narrador y ensayista, explica así la intención de sus propuestas históricas en materia editorial:
La Pus retomó el carácter lúdico de su predecesora [La regla rota] para pitorrearse de la cultura “culta”. Más que de la cultura culta, de sus ampulosos oficiantes, de su vacuo despliegue de erudición, del pedantísimo sistema de valores, prebendas y cacicazgos que han construido en torno suyo y del opulento andamiaje burocrático que exige cada día varios millones de pesos para reproducirse y promover actividades culturales asépticas y pasteurizadas, de puro oropel. En un plano infinitamente más modesto, La Pus se sustenta en el trabajo de los creadores que cuestionan y cimbran los cimientos de la moralidad y, por ende, de la hipocresía; del poder y del nacionalismo —embriones de nuestro fascismo corriente— y de la ideología —cáncer terrible del espíritu humano—, así como de la ramplonería y las formas caducas y mojigatas del arte y la literatura.
Sin asomo de dudas, la trayectoria editorial de esta guisa que el autor de la estupenda colección de relatos sucios 40 y 20 (México, Moho, 2000) ha puesto en marcha desde hace más de dos décadas, ha solidificado como una entidad colectiva, plural y polifónica que ha contrastado de manera irreprochable con el anquilosamiento cultural nacional y su enquistada élite de cabecillas que no han hecho sino pasarse la estafeta del mundo artístico y crítico nacional desde la asonada exitosa que sus predecesores dieron en los tiempos posrevolucionarios para erigirse como jueces y partes de lo que en materia estética ocurre en esta nación.

Escultura Cyberpunk
En el trabajo editorial de Rogelio Villarreal, existe una interconstrucción entre el tratamiento hermenéutico que se da a las expresiones artísticas de cuño contestatario y la dinámica de tales expresiones. Es decir, hay una simbiosis entre la confección y la difusión, la intencionalidad estética y el análisis crítico; una dinámica de retroalimentación que comparten creadores, analistas y difusores de la cara oculta de la realidad cultural de una entidad regional, nacional o internacional.

Villarreal ha manifestado el cariz compartido entre las publicaciones por él dirigidas y los objetos de análisis de las mismas, sean estos tangibles o intangibles, de coyuntura o tradicionales: una concepción del medio y del mensaje “áspera y agresiva en más de un sentido”, con una manera de hacer crítica “directa y burlona”, con numerosas “licencias antiacadémicas”. En este sentido, los hacedores artísticos y sus hermeneutas se hermanan en la forma y en el fondo de sus respectivos quehaceres, y han encontrado en las revistas editadas por Rogelio el marco idóneo para presentar los productos de su trabajo así imbricado.

Sin embargo, el oriundo de Torreón siempre ha tenido el cuidado de no erigirse en paladín de un movimiento alternativo monolítico o en portavoz de una supuesta tendencia contracultural que operaría en bloque, al estilo de las camarillas exquisitas de los consabidos santones de la cultura institucionalizada. Por lo contrario, ha enfatizado el carácter mixto, diverso, universal e incluso contrapuesto de los diversos componentes de eso que tradicionalmente se ha llamado contracultura y que a mí entender mejor es nombrar como ‘cultura alternativa’:

La contracultura no es un movimiento cohesionado, coordinado, articulado. Son cientos de manifestaciones, más o menos independientes, a veces antagónicas, que se dan en función de la oposición o marginalidad en relación con el Estado, como en el caso de los pintores marginados o los gays, las travestis, los movimientos feministas, los escritores que no pueden publicar en revistas prestigiadas, los chavos banda, los grafiteros, los skatos. Son brotes simultáneos, son hongos que se contraponen a ciertas formas de la cultura oficial, a los cánones de la cultura tradicional mexicana. La contracultura no es una sola, no es un movimiento...

La descentración del liderazgo que sin duda alguna posee Villarreal como el impulsor número uno de estas manifestaciones en un acoplado editorial permanente como han sido las publicaciones periódicas que, contra viento y marea, él ha puesto en el candelero de la opinión pública alternativa nacional, es el núcleo de la fuerza de su incansable labor crítica y editorial. Existe un isomorfismo entre el modo policromático de ser del conjunto de fenómenos contraculturales y el medio de difusión que les da cabida con acento juicioso y mirada abierta. Del torbellino de la multipolaridad doxática emerge el entramado de un orden cultural alterno que ha apuntalado buena parte de la todavía endeble progresión cívica, contestataria y crítica de este vapuleado país, “un país en ruinas”, como acertadamente lo ha llamado Rogelio.
Este texto es un extracto ligeramente modificado de la reseña sobre el libro Sensacional de contracultura de Rogelio Villarreal, esta puede verse completa en mi página de SCRIBD: http://es.scribd.com/doc/67997146/Politica-y-cultura-alternativa

1 comentario:

Efraín Trava dijo...

De acuerdo, Manuel. Rogelio Villarreal es un tipazo, mentor de varios (me incluyo) y un pilar de la difusión cultural -así, sin prefijos- mexicana.