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Revista Replicante

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viernes, 6 de abril de 2012

La política como el reino de la funcionalidad


Durante siglos, el arte de gobernar fue comprendido como el centro no sólo de la vida comunitaria, sino también como el de la vida ética de un conglomerado de personas en torno a un territorio compartido. Aristóteles fue el pensador que dio la forma más acabada a esta pretensión con su idea de que el Estado era la extensión de la familia y de que ambos eran indisociables del buen vivir. Los ciudadanos y los políticos compartirían un marco moral común que se traduciría en instituciones éticas de beneficio compartido. Eso fue sin duda cierto y muy seguramente operativo en la antigua Grecia, con ciudades de unos pocos miles de ciudadanos, democracia elitista a mano alzada y la reunión de linajes, sabios y advenedizos avezados en el arte de gobernar a unos cuantos que se podían ver cara a cara en la plaza pública, en el gimnasio, en el mercado.
Con el paso del tiempo, la tradición de vincular la ética con la política se convirtió en un tópico teórico en Occidente. Con el agregado de la virtud del gobernante, debido a la inteligencia política renacentista, cuyo representante más conocido fue Nicolás Maquiavelo, se pensó que podía existir un recetario ético juicioso sobre el comportamiento de aquellos que ejercían el poder en nombre de muchos. El modelo para ello fueron los manuales de caballería que circularon con cierta abundancia durante el tardo medievo, como señaló con puntualidad el sociólogo alemán Niklas Luhmann en su insigne ensayo de 1996, “Sobre políticos, honestidad y la alta amoralidad de la política”, publicado en México por la revista Nexos (disponible en línea en la dirección: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=448187). En ese mismo texto, Luhmann determinó que las condiciones de la política moderna no pueden ya apegarse a un ideario moral ni a un recetario ético. El modo de ser del sistema social contemporáneo, ordenado en enclaves funcionales bajo la lógica de sistema/entorno, obliga a un cambio de paradigma en el actuar político. Dicha modificación, en breve, lleva de la ética a la pragmática.


¿Significa esto, entonces, que el sistema político debe ser dejado a su libre arbitrio? ¿Qué hay con aquellos ejecutantes de la política profesional que en número creciente cometen acciones poco éticas? ¿Qué pasa con los llamados para moralizar la política? En breve, podemos afirmar que todas estas preguntas están desencaminadas. La política no debe ser moralizable, puesto que en las condiciones de las democracias representativas modernas, la lógica que la rige es la de la competencia entre partidos. Por lo tanto, implica un estado de cosas mucho más cercano a las justas deportivas que a las diatribas desde el púlpito. Es decir, los competidores, en principio, pueden ganar o perder de acuerdo con las reglas del juego y ni lo uno ni lo otro los vuelve más “malos” o más “buenos”, en sentido moral. Por supuesto, al igual que en el deporte, debe existir un sólido conjunto de árbitros y analistas que especifiquen, determinen y, en su caso, juzguen si la contienda se ha llevado a efecto de acuerdo con las reglas del juego o si, por lo contrario, se ha hecho trampa aquí y allá, para actuar de manera punitiva en consecuencia.
La columna vertebral de esta postura es la funcionalidad del sistema político. En principio, existe un conjunto bien delimitado de estipulaciones de lo que debe realizarse desde el sistema político, cuáles son los vínculos que tiene con otros sistemas funcionales como el económico, el educativo, el científico, etc., y cuáles son los deberes y los límites de su actuar. En esta medida, los llamados moralizantes están de más. Cuando, por ejemplo, un político utiliza su cargo, relaciones profesionales y recursos públicos encomendados para fines personales, como pueden ser la seducción de una mujer o el enviciar a su favor un juicio de custodia de infantes, que son aspectos estrictamente personales, simplemente debe ser removido de su cargo, determinar cuáles son las faltas administrativas o penales que cometió y ser castigado en consecuencia, puesto que con sus actos está impidiendo la correcta funcionalidad del sistema político. Si en el foro, en las revistas del corazón o en el altar es calificado de “malo”, eso es un asunto que no interesa al sistema político. Debe ser calificado de incompetencia, abuso de poder, abandono del cargo (por ejemplo, cuando un funcionario pasa el tiempo de sus horas laborales en comidas románticas en restaurantes de lujo) y demás, en términos estrictamente formales. Esto, claro está, engloba la vigilancia de la corrupción en todos los niveles, puesto que es una de las maneras más contundentes de atrofiar el buen funcionamiento de la política. Por ello, no en vano, los actos de corrupción están perfectamente tipificados tanto por el sistema de control interno de la política como por el sistema jurídico de una nación, y no debería quedar uno solo en la impunidad.
En México, la diferenciación funcional de la política y del resto de sistemas que constituyen el engranaje de las complejas sociedades contemporáneas recién se está llevando a cabo. Por eso tienen cabida y aceptación pública lo mismo los discursos morales en torno a la política que la indulgencia para el uso del poder con fines frívolos. Sin embargo, es tiempo de ir generando la consciencia que uno de los pilares por construir y solidificar es justo el punto de vista funcional de la política. Ésta es un subsistema social que está ahí para servir a la gente, para generar acciones que beneficien a las mayorías, para crear espacios de sana convivencia entre las personas, para vincular necesidades populares con rendimientos prácticos y para generar identidades ideológicas en torno al bien común, y nada más que eso debería exigírsele; nada más, pero nada menos, por supuesto.
El presente texto apareció originalmente en mi columna para Raztudiomedia; puede verse en el siguiente link:  http://raztudio.com/columna-politik-la-politica-como-el-reino-de-la-funcionalidad-2/

viernes, 9 de marzo de 2012

A dinosaur on the shore

There are some persistent collective ideas in the history of humankind. Many of them are built-in with different myths; whose, in turn, are shaped by a variety of archetypes that according with his most prominent analyst, Carl Gustav Jung, are the imprints of human's ancient formation of mind. One, stubborn, die-hard and pervasive is the God hypothesis. Of course, ancient ages shaped to posterity the key elements of God's myth with a battery of elements such as his metaphysical character, his necessity and his will; the affirmation of a willingness universal power. Modernity changes this perspective and either denied or modified the conception of God. There is either no God at all, or there is a special form of him, radically diverse from the ancient one. The last alternative begins with an important shift: from “he” to “it”. Clearly, speaking of God is not speaking of some person. On the contrary, is to speak of something essentially different from an individual person. Nowadays, under the sciences’' influence there is a widespread comprehension of God as a universal principle of order, a fluctuation between order and chaos, the essence of the Nature’s framework through time.
In these terms emerges the Theory of Evolution with its several ramifications. Such theory tells the epic of the natural world into ages with its unthinkable extended time, its paradoxical biological formations that swings between the hazard and the necessity of the existence of each being alive in the world’s history. As The Theory of Evolution establishes that “Evolution rhymes, patterns recur”, (as Richard Dawkins, says in his work The Ancestor’s Tale, no matter how carefully he takes this assertion), it informs a mythical history of Being. Let’s be clear: evolution is a myth because it’s a way to shape the world and our experience of it in terms of full sense, as polish philosopher Leszek Kolakowski established in his classic essay The Presence of Myth, and this involves a set of assumptions that are beyond empirical scope and verification, spawning in consequence a form of metaphysics that shapes the entire universe of the theory. Of course, in this time we don’t have a better way to explain the cosmic and natural development of our planet and its creatures. Even more: that is the only way to explain it.

Terrence Malick's The Tree of Life

That’s why it’s not rare that in a brilliant contemporary theogony such as Terrence Malick’s The Tree of Life, there is an affirmation of this modern conception of God. In the bombastic and beautiful sequence of Genesis, among the formation of Milky Way, the start of the Sun and the birth of Earth itself, we see the powerful image of a wounded dinosaur on the shore of a primitive beach. With its hyperrealistic craftsmanship, Malick’s dinosaur makes clear the film's point of view on God: the great chain of Being full of life, interactions, dynamics and movement across time and space but without intentional purpose. A pervasive but blind God. Sometimes this vision is called “pantheism”.
On the foundations of the ancient Earth belief, scientific humankind has built a large and prolific system of theories and securities about the meaning of life. And there’s nothing better to face the world as it shows us: as an endless symphony of objects and the relationships between them. It’s proper and fair that we accept all this as a precise description of reality, a matter of fact about us and our planet. But we must have in mind its mythical core in the sense of American philosopher W.V.O. Quine: 

As an empiricist I continue to think of the conceptual scheme of science as a tool, ultimately, for predicting future experience in the light of past experience. Physical objects are conceptually imported into the situation as convenient intermediaries −not by definition in terms of experience, but simply as irreducible posits comparable, epistemologically, to the gods of Homer. Let me interject that for my part I do, qua lay physicist, believe in physical objects and not in Homer's gods; and I consider it a scientific error to believe otherwise. But in point of epistemological footing the physical objects and the gods differ only in degree and not in kind. Both sorts of entities enter our conception only as cultural posits. The myth of physical objects is epistemologically superior to most in that it has proved more efficacious than other myths as a device for working a manageable structure into the flux of experience. (The quote is taken from his essay “Two Dogmas of Empiricism”.)

Dinosaurs, like Homer gods, are the substance of our metaphysics, the way we set up our scientific image of God, no matter how aporetic this may sound. That’s the game of reason across the ages, the way we make a stand for our actions and our way of living in the planet; the way, in sum, that we create our universe, our reality and our gods.

domingo, 4 de marzo de 2012

El espacio vacío de la política contemporánea

La política contemporánea es el arte de  la gestión de la entropía. Es decir, la administración de las estructuras estatales en constante desgaste. El manejo del Estado en medio de una crisis global de sus cimientos. Puestos a  prueba de manera brutal por una serie de factores acuciantes, lo mismo estandarizados que anómalos, los fundamentos del Estado nación contemporáneo viven hoy un periodo de crisis a nivel mundial, debido a tres dinámicas perniciosas principales: 1) pérdida de legitimidad ciudadana ante crecientes incapacidades funcionales (inseguridad, falta de servicios, desempleo, etc.); 2) descapitalización como consecuencia de 1), creando un círculo vicioso; 3) incapacidad administrativa y política para solventar 1) y 2).
En este contexto, el problema más vistoso sin duda es el tercero. En palabras del filósofo alemán Peter Sloterdijk, “...el hecho de que los políticos en activo estén tan raramente a la altura de los nuevos retos −intelectualmente no lo están casi nunca, moralmente a veces, pragmáticamente más mal que bien− produce en parte un descontento masivo, y cada vez más agudizado, con la clase política... Esta impresión ya sería lo suficientemente crítica, pero además ocurre que a los políticos, y cada vez con mayor frecuencia, se les sorprende -en Buenos Aires y en Roma tanto como en Bonn, Múnich o Kiel- en fraude, abuso de poder e imprecisiones” (véase su ensayo En el mismo barco, pp., 70-71).

Frivolidad, corrupción, incapacidad en Roma como en Toluca

Esta cuestión de hecho, que es ya parte del modo de vida de nuestra civilización, en la que los representantes del pueblo forman camarillas cínicas que simulan velar por el bien común, pero que en realidad únicamente persiguen fines personales, la mayoría de las veces mezquinos, como el enriquecimiento ilícito, la posesión de bienes y los líos de faldas, es particularmente grave en los países del Tercer Mundo, puesto que en ellos la vida institucional es débil, la legalidad es incipiente y la rendición de cuentas prácticamente inexistente. Por ello prevalece la amplia sensación pública de que “todos los partidos son iguales” y de que “no hay a cuál irle” cuando se presentan los candidatos de los diversos niveles para ser votados por la ciudadanía.
Esto es básicamente cierto y existe ahí un nudo gordiano social que parece irresoluble. Parece que hay un destino ineludible en la alta ineficiencia de la clase política profesional. Sobre esto se han dilucidado diversas causas endógenas, como las redes de complicidades, los montos millonarios desregulados que maneja el sistema político, la insuficiencia institucional y el deficiente ordenamiento constitucional del ejercicio público. Por no hablar, claro está, de la avasallante presencia de la economía criminal y su poder de penetración y cooptación de los políticos. Todo lo antedicho es una realidad llana y simple cuya resolución no se vislumbra en el horizonte. No obstante, Sloterdijk va más más allá. Afirma: “Probablemente el generalizado menear la cabeza en alusión a las deficiencias del personal político oculta un descontento global que aún no ha tomado forma: apostaría directamente a que se trata de los estados aurorales de una toma de conciencia de alcance mundial sobre insuficiencias antropológicas” (ibíd., pp., 71-72).
Cuando observamos los solazamientos masivos en la impunidad cotidiana, de baja intensidad pero omnipresente, la total carencia de sentido cívico en los adultos y de respeto por los demás en jóvenes y niños, la apatía política, la negligencia social, la incapacidad para preocuparse y ocuparse de la vida en comunidad en todas sus facetas (de las juntas vecinales al resguardo de la vida democrática), aunado a graves lagunas educativas, formativas e informativas en el grueso de la población del Tercer Mundo (y también de otras partes del mundo), queda claro que no tanto se tiene a los políticos que nos merecemos, sino a los que podemos. Entonces, la crisis es estructural y es uno de los retos mayores de nuestra generación. La pregunta queda de esta manera abierta: ¿por dónde comenzar?
Este texto apareció originalmente en mi columna Politik para Raztudio Media:  http://raztudio.com/politik-columna-manuel-guillen/

 

viernes, 2 de marzo de 2012

The new ride of the World Vigilante

In a recent binational meeting in Mexico City, United States’ Secretary of Homeland Security, Janet Napolitano, said that like they did with Osama Bin Laden last year, her country special forces eventually would find Mexico’s ultimate narco, Joaquín “Chapo” Guzmán. “And you know what happened to Osama Bin Laden”, she added. Her asseveration was a real statement about our time's geopolitical trend. With the most prominent army in the world, a worldwide spying net, directed by skilled agencies with long-life experience in the matter, a cutting edge technology both in weaponry and in information gathering and a pervasive set of financial, cultural and political interests in the entire planet, America is a die-hard empire. Since the beginning of the nineties, America has reached its most precious sci-fi dreams in weaponry, as the Army showed worldwide in ‘91 Desert Storm against Saddam Hussein’s Iraq. Nowadays, there is a world of drones, photographer satellites and intelligent rockets operated overseas working day and night on the America’s side.

SEALs in action

In these terms, the operation to bring down Osama Bin Laden was the perfect symbol of the American present times. The entire strategy revealed clearer than ever the new dimension of America’s role in the flat, fast and furious postmodern world: the trend to become a smooth but powerful global vigilante. Not because it had been history’s first time that American special forces make an intervention like that (on the contrary, its known that such practices are common in recent history of US unipolar dominance), but because it settled a crucial turn in their global leadership against the outlaws. We are perceiving a slight but unremitting gliding from straight intervention to surgical extraction or even elimination of the empire enemies. In the near future, major strikes could be done by the use of robotics, and the extensive use of drones in Iraq points in that direction. Meanwhile, key figures of terrorism, organized crime and violent radicals along the world would be retired SEALs’ style. (SEALs, of course, was the unit on charge to erase Bin Laden from the face of Earth.)
In his marvelous report on the hunt and final death of Osama Bin Laden, “Getting Bin Laden”, published in The New Yorker last august, American journalist Nicholas Schmidle, tells in detail the key moments of the military operation to kill public enemy number one. (The text is available at http://www.newyorker.com/reporting/2011/08/08/110808fa_fact_schmidle.) Reading it we get the intelligence to see the kind of efficiency that US Special Forces have in order to survey, find and attack the enemy. There are the prominent results of decades of military leadership in the planet. That is the product of the sum of programs, methods, systems, human training and R&D in war technology to the service of American justice. 

CIA Headquarters

For sure, there’s a number of ethical problems in this kind of justice but for now it’s the best we have in the world. Let’s be clear in this point: United States is an empire and acts like that, period. In consequence, its actions must be seen as the result of its national interests around the world. But at the same time, there’s a righteous sense of pragmatic ethics that the rest of the world (or, at least, the rest of the Western world) can no more than accept with enthusiasm. It’s the realm of the so called community values or national values; that is, the set of presuppositions that we have to assume as essential in order to set up an ethic discourse against alternative ways of thought. American philosopher Richard Rorty worked a lot in this path: in this side of the world, there is no other way to establish right or wrong in national and international affairs than thinking democracy, human rights and free speech as the essentials of our ethical and political practice.
So, this is the actual crossroad of American power: turn itself into a democratic vigilante, no matter how paradoxical this may sound. Maybe that is a good way to move forward its immense fire power and bureaucracy of war. For sure, it would be a right strategy to face its financial decline by cutting the overwhelming expends that traditional wars involve. But at the same time those are good news for the rest of the world: we would have a very efficient crime cleaner on our side.

jueves, 16 de febrero de 2012

Zombilandia

En el episodio de fin de la primera temporada de la estupenda versión televisiva de The Walking Dead (transmitida por Fox Enterteinment para todo el mundo), el grupúsculo de sobrevivientes de la infestación masiva de zombis, encabezados por el policia de pueblo, Rick Grimes (Andrew Lincoln), logra llegar a las instalaciones del CDC en Atlanta, Georgia. En dicho lugar sólo queda un investigador, el doctor Edwin Jenner (Noah Emmerich), no hay comunicaciones y el sitio está a punto de quedarse sin combustible para mover las plantas de energía que hacen funcionar el cableado total del edificio inteligente. Cuando esto ocurra, el sistema de seguridad automatizado, iniciará una “descontaminación completa”, consistente en activar una bomba termobárica que incendiará el aire y generará una explosión masiva.
Justamente al final del episodio, tras una dramática huída del lugar y con el doctor Jenner aceptando su trágico destino como capitán de un barco que se hunde, una explosión total hace estallar al edificio hasta desmoronarlo de la cúpula a los cimientos en medio de una imponente bola de fuego. El grupo de errantes supervivientes observa al cabo que de la monumental estructura hiper tecnologizada del Center of Disease Control de Atlanta sólo quedan una inmensa pila de escombros llameantes y una nube de humo negro dispersándose por el aire caliente y húmedo del verano sureño. La última línea de defensa institucional ante la acometida voraz del mundo zombi se ha reducido al humo y al polvo.
En el mismo capítulo, los protagonistas, quienes conforman una comuna nómada de jirones de humanidad, se dan cuenta de que ya nada queda de la civilización tal y como la conocieron. Al llegar a las instalaciones del CDC y ver que sólo resta el último investigador, sin muestras vivas para analizar (destruidas en una accidente de laboratorio anterior), sin posibilidad de comunicarse con sus pares en el resto del mundo (de los que únicamente sabe él que los franceses fueron los últimos en resistir), conversando en soledad con la computadora parlante del lugar, y atenido a su destino final inexorable (calcinarse junto con el edificio entero), el panorama vital adquiere su verdadero significado: están, en palabras del propio investigador, de frente al “evento de extinción” de la especie humana. Todo lo que fue cierto y seguro en su cotidianidad anterior ha desaparecido para siempre. La epidemia ha sido global y su nivel de destrucción ha sido descomunal.
La llegada al CDC, la breve estancia en éste y el encuentro con el último hombre de la línea de defensa civilizatoria del mundo por ellos conocido, conforman para los supervivientes del evento de extinción zombi un espacio clarividente, una regurgitación histórica propicia para la auto reflexión; caen en la cuenta de la magnitud de su inermidad en un mundo que siempre estuvo sostenido con alfileres, a pesar de que estos se revistieran como portaaviones, misiles inteligentes y aviones supersónicos de combate. Observan, entonces,  la otra cara del mundo tanto tiempo dado por sentado, la futilidad del confort que fue. En ese momento trascendental, llegan a la comprensión de la fragilidad de la vida burguesa; de cómo en un mundo que se transformó ante sus ojos, ya nunca más hubo centro y periferia, puesto que todos al cabo fueron excéntricos en su desdicha.

La explosión del CDC

Así planteado, el mundo de los zombis, la imaginería zombística que ha llegado a su punto de inflexión con la obra de Robert Kirkman, tanto en su serie de novelas gráficas original, como en la adaptación televisiva de la misma, hace emerger un temor profundo de la psique humana: la capacidad innata para hacer del otro el objeto de nuestro irracional desenfreno. «De manera sutil, los zombis representan cierto número de nuestras más profundas inseguridades. El miedo de que, en el fondo, no seamos sino poco más que animales determinados sólo por los apetitos. Los zombis también puede representar la amenaza del colectivismo en contra de la individualidad. La noción de que podamos ser engullidos y olvidados, nuestra particularidad devorada por la multitud» (véase Pegg, Simon, “Afterword” a Kirkman, Robert, The Walking Dead, Vol. 2: “Miles Behind Us”, Image, Montreal, 2004).
En buena parte del mundo periférico contemporáneo, esa multitud feroz es una legión de sujetos desinhibidos, desregulados y nihilistas que no conocen más horizonte de vida que la satisfacción de sus apetitivos más primarios. En el caso particular de México, la mayoría de ellos orbitan en torno al poder dispensado por las inmensas estructuras criminales del país, que han conformado verdaderos imperios corsarios transnacionales en los que el capitalismo ha sido llevado al extremo; a un paso de su reducción al absurdo. Un mundo en el que, como dice Luigi Amara en su ensayo "El apocalipsis tibio" (puede verse en http://revistareplicante.com/literatura/ensayo/el-apocalipsis-tibio/), el dinero tiene más valor que la vida. Al respecto, en sus estupendas obras sobre la actualidad siniestra de México, Charles Bowden y Sergio González Rodríguez erigen la profunda descripción de una realidad pantanosa, atroz, inasible en muchos sentidos. (Me refiero, por supuesto, a los ensayos-crónica-reportajes, Ciudad del crimen (México, Grijalbo, 2009) y El hombre sin cabeza (México, Anagrama, 2009)). En estos, ponen de manifiesto el advenimiento de un proceso deshumanizador encarnizado y poderoso, cuyas raíces tienen décadas, cuando no siglos, de haberse gestado. Un plexo psicosocial estructurado con base en el ejercicio irredento de la crueldad (fundamento último del nihilismo moderno, de acuerdo con André Glucksmann en su obra Dostoievski en Manhattan). La diseminación de fuerzas misantrópicas que estallan imparables a lo largo y ancho de territorio nacional. Dicha energética destructiva tiene como motor incesante la lógica del capitalismo tardío llevado al extremo, pero también se ha dotado de un aura de misticismo retorcido que, como toda inclinación religiosa, intenta dar sentido a lo sin sentido. 

Viñeta de la novela gráfica The Walking Dead

Los actores que llevan al cabo la construcción de este orden social contrasistémico, que día con día crece en fuerza y extensión, han sido los subproductos del orden capitalista global; los engendros dejados en la periferia enchiquerada del sistema cuyas mentes se han formado en el bombardeo imparable de los deseos capitalistas, el consumo de drogas baratas y la aniquilación absoluta de los valores burgueses que cándidamente las sociedades occidentales han cantado alegremente como universales. Son verdaderas hordas salvajes que al tiempo que no tienen una noción abstracta de la persona, tampoco tienen nociones como la del futuro y la prosperidad postergada. Si hay un enclave en el que las exquisitas disquisiciones postmodernistas sobre el fin de la historia adquieren dramática carne y sangre es aquí. En la construcción de estas individualidades y sus respectivas interacciones sociales, el orden lineal de la historia, la idea de una teleología temporal y el acoplamiento institucional respectivo, sencillamente no existen. La vida es la irrupción cotidiana de lo aleatorio, comienza al despertar y termina al dormir, en un maremágnum de violencia sin cortapisas; así cada día, todos los días: “…los cortadores de cabezas son personas primarias. Carecen de inteligencia emotiva, capacidad de abstracción, normas morales, excepto las más básicas… Responden a pulsiones de vida o muerte” (González Rodríguez, p., 58). Justo como los zombis de Kirkman.
Algunos de ellos realizan simulacros de personas, como intentando elevarse por sobre su naturaleza de muertos vivientes. Pero la pantomima se erige sobre lo más primitivo de la mente humana, resabio de órdenes psicoculturales arcaicos, que los esfuerzos ilustrados no pudieron nunca extirpar: el impulso religioso; aunque para estas masas zombificadas adquiere la forma deleznable del culto a su propio salvajismo: la llamada Santa Muerte y su ola de supersticiones, charlatanería y, en último término, auto adoración de la atrocidad como modo de vida. González Rodríguez lo describe en su monumentalidad literal: una estatua de la Santa Muerte de veintidós metros de altura en un templo de dicho culto en algún lugar del Estado de México. Exageración arquitectónica que revela un mundo por el que la Modernidad sólo pasó de manera retorcida, residual, incipiente, pero jamás con su flanco de humanismo, ilustración y bienestar. Un ambiente en el que ser moderno solamente significa economía de mercado y estar a la vanguardia de los pulcros artefactos de destrucción por excelencia: la industria global de las armas.
La dinámica nacional actual, que tiene vínculos preclaros con otras zonas de disolución del Estado nacional y la institucionalidad formal, simbólica y conceptual que le es aneja, como han sido el África meridional y Centroamérica, remite a la prístina simbolización lograda en el episodio mencionado de The Walking Dead: la pérdida del CDC como la desintegración del último reducto del pensamiento científico, racionalista y constructor de mundo posibilitado por la dinámica civilizatoria occidental por excelencia, la Modernidad de corte paneuropeo. Tras ella, el acecho del exterminio del ser humano es una posibilidad latente. No porque de manera eurocéntrica se afirme que la naturaleza humana es indistinguible del modo de ser occidental en su encarnación moderna tricentenaria; sino porque, simple y llanamente, dicho orden conceptual, político y cultural ha sido el único capaz de atenazar con una malla de humanismo y cientificismo (si bien paradójico y nunca completo, como desde Nietzsche sabemos), las pulsiones más mortíferas, irrefrenables y voraces de dicha naturaleza antropogénica. Al desintegrarse en el aire, únicamente queda un conjunto de sobrevivientes asustados, mal preparados y con jirones de esperanza, huyendo como pueden de las turbas de zombis que acechan sin fin en un mundo que, para siempre, dejó de ser la casa que fue.

Este ensayo también ha sido publicado en Replicante: http://revistareplicante.com/literatura/ensayo/zombilandia/

domingo, 12 de febrero de 2012

The Challenge of Education in a Dark Era

Despite some people see values as an old fashioned concept, they’re still a matter of life and death in the social life. The social interaction owns its strength to the force of ethical values. Let's take a pressing example: Since its inception as an independent nation, Mexico has always had a problem with the standardization of values. Our society is living nowadays hard times mostly because there are no really internalized values in people’s minds.
This is the situation: families are not doing their job regarding to values. The only possible option to counteract this anomalous tendency is through school. Here, I mean school in the broad sense: education in values both for children and their parents, young people and their family. It is urgent to work in a new educational system that could warranty the birth of good citizens.
This proposal is far beyond mere rhetoric: is about the kind of social system we want for the future. According with thinkers like Immanuel Wallerstein and Peter Sloterdijk, the world-social system as we knew it is coming to an end, due to several problematic trends in world economy, State viability and social disorder worldwide. So, we need to work right now in the construction of the next one. It is absolutely necessary to retake the way of build-in ethics as the framework of our lives.


Social Unrest Worldwide

Both, little children and teenagers are in a period of life of brain-mind re-wiring. This leads to some fundamental social attitudes: the process of socialization and the modulation of violence. With this in mind, formal education has to work over a rich values environment.  Such environment has to be meaningful, long-lasting and charming for both little children and teenagers.
Since the Talcott Parsons’ work, we know that the only way to produce social interaction is through different sets of shared beliefs. Life in society functions primarily as a double way dynamic between common assumptions and personal decisions, which is the space of social common symbols. Our times need to imagine new ones, according to the present and actual challenges, such as the social unrest regarding politics, the caducity of the traditional family order and global economy perversions that push micro economy to the limit.
If I may use the expression, the tactic is kind of a “brain wash” to our new generations in order to create a new social basis. Three are the fundamental principles to work on: respect for human life and human dignity, respect for the environment and respect for themselves. Such must be a pervasive program, apart from politic interests and power group manipulation. Necessarily, the educational system is part of the State, in consequence the bid is to make its structures work beyond shortsighted partisan programs and mere electoral motivations.


The end of Elinghtment's Politics

Briefly, the previous outline is a proposal for a rational State interventionism. But State would not be alone in this crusade; the participation of the whole society is necessary to transform itself. Civil society, mass media and regular people must be involved in this process. So, it is mandatory to establish a large information campaign, public actions and remarks on the benefits that such change will produce in the way we are. Otherwise, our society would be doomed to implode into a savage community like some contemporary Failed-States nations. And, of course, that is a destiny that would seal forever the possibilities of our society.

jueves, 9 de febrero de 2012

Mayhem en directo

Mayhen es el rito del heavy metal underground por excelencia. Rito que, dada su contundencia, elimina toda rebaba de frivolidad y desatención a la pura ejecución estética. Justo como en su última presentación exclusiva en México, hace ya más de dos años, donde no existieron las pantomimas clásicas de los fanáticos del metal crudo, como son el slam, el lanzarse al aire sobre el resto del público por parte de algún ebrio saltimbanqui con problemas de ego, los cervezasos y los proyectiles de orines lanzados a cualquier parte, los desfiguros de la borrachera y los estupefacientes por parte de los asistentes; nada de eso hubo, porque, literalmente, los presentes apenas si podíamos mantener la quijada en su lugar ante lo impresionante y casi surreal de lo que estábamos presenciando; la agrupación misma era el estupefaciente: más que ello, el hechizo profano de un arte que resplandece indómito en un oscuro rincón del quehacer musical de la era posmoderna.

Attila Csihar en acción

Haciendo un repaso de buena parte de sus discografía, remontándose a los años embrionarios del Deathcrush de 1987, pasando por el favorito del público, De Miisterys Dom Sathanas de 1993, obra póstuma del polémico frontman de principios de los noventa, el malogrado Euronymous, hasta llegar a la pureza de su arte con el Chimera del 2004, sin pasar por alto el experimental Grand Declaration of War del 2000 y el actual retorno de Attila Csihar (quien cantara en el De Miisterys…) con la pieza Ordo ad Chao del 2007, Mayhem puso en claro la esencia radical, contestataria y exorbitante de lo que tocan. Pocas veces en la historia del rock hemos podido presenciar las circunvoluciones de la evolución de un género que, en manos de estos ejecutantes feroces, gana en estructura, se dinamiza y vuelve sobrecargado sobre sí mismo para emerger crisalídeo como algo nuevo y desconocido.
Pero todo lo que se pueda decir en abstracto sobre las virtudes estéticas y creativas de la banda es limitado ante el huracán sónico que Mayhem despliega en vivo. Todas y cada una de las piezas tocadas quedaron reconstruidas en el despliegue directo de la ejecución. Una pared de ruido lógico, desesperado, altísimo; sin mácula, en el vórtice de un nuevo tipo de música, agresiva, maquinizada, punzante. Sin cadencia, nemotecnia o remansos armónicos. Attila no canta, grita (y, por cierto, en su madurez debe mucho al inigualable trabajo de Maniac); Hellhamer no lleva el ritmo, lleva la metralla; Morpheus, Silmaeth y Necrobutcher lanzan una tormenta de navajas a los tímpanos. Había que estar ahí para comprender el rito, el pulso imparable de un nuevo tipo de vida sonora. El impacto brutal de la que probablemente es la mejor banda de heavy metal subterráneo de todos los tiempos.

El show en México

Los decibeles casi nos revientan los tímpanos. La madurez de Mayhem los ha puesto en el lindero de la música rock, al punto donde comienza a mutar en algo indescifrable, ajeno a las raíces negras del gran género de la música popular del siglo XX. Defenestrando cualquier clase de estribillo, hook, armonía convencional y demás usanzas conocidas de la música de masas, Mayhem maquiniza la música con la excelencia técnica de las guitarras (los jóvenes Morfeus y Silmaeth que sustituyeron en su momento a Blasphemer), el bajeo penetrante, ríspido, sin concesiones, de Necrobutcher, y Hellhammer en el pozo incandescente de la batería con su patentado blastbeat a 150 pegadas por minuto, el perfomance de Attila-Sadek (este último, el artista marroquí que diseñó las máscaras y el escenario para esta gira) y una violencia inusitada del ruido articulado, preciso, impecable, que los bafles lanzan al aire con velocidades endemoniadas.
Desafortunadamente, es sólo un rito para iniciados, pero quién no celebraría ver la mutación en vivo de una especie, en este caso el rock como se ha conocido hasta hace muy poco. Ninguna otra banda (quizá con la excepción de Sunn 0 en la que también participa Attila Csihar) ha llegado a esa frontera. Observar, finalmente, en vivo a la agrupación de legendarios escandinavos sólo confirma lo que ya sabíamos: hay un mundo oculto y trastocado de la música popular que reivindica su razón de ser, más allá de lo convencional, acrítico y desechable que de manera instrumental, cosificada e ideológica los inmensos canales de difusión masiva de la música comercial hacen pasar por arte y esplendor. El esplendor es este, a un riff de hacer sangrar los oídos. Larga vida a Mayhem, salve hacedores de espacios demenciales.
Aquí se puede ver un ejemplo de la banda en vivo: http://youtu.be/ZXw2dyaKcvw

jueves, 2 de febrero de 2012

On human misery and the mind drifting away

The theme of alcohol and drug addiction has been treated in several ways in contemporary cinema. We can cite films such as Figgi’s Leaving Las Vegas or Aronofsky’s Requiem for a Dream and, of course, the classic nineties’ dirty realistic epic on the matter, Boyle’s Trainspotting. But maybe there is nothing like the powerful, bare, outrageous and impressionist version of drug addiction and its consequences as Terry Gilliam’s Tideland.
Faithful to his dramatic, fabulist and daylight dreaming style, that has rendered amazing films such as Brazil, The Fisher King and 12 Monkeys; in his 2005 drama he manages to face the spectator with mind’s drifting away as a consequence of a life shaped entirely by drugs. Whose mind? Certainly the addicted one, but moreover the mind of his beloved ones. In this case Jeliza-Rose (Jodelle Ferland), the ten year old daughter of a couple of heroin addicts whose way of life ends in their premature death by overdose.
We can interpret the strange and in a certain way funny girl’s mental life as a child’s thing; a way to escape to an unbearable situation, to handle the shock of having lost her parents in question of months by their selfish actions. But it’s more than that. We are no longer in front of a matter of decision, a determination of a free life election made by a young woman. On the contrary, we confront a living prison situation.  Jeliza-Rose is a prisoner of destiny. Her intense mental life, fulfilled with imaginary girlfriends made by her own fingers and old doll’s heads, her relationship and infatuation with a handicapped boy and her living with his father’s mummified corpse, turns her into a mental disabled person.

Tideland's Jeliza-Rose

One of the most disturbing things in Gilliam’s film is precisely the overlapping realities in the kid’s thought: the blurring transition between child’s play and schizophrenic episodes of insane fantasy. There’s a point where one is equal to the other. Perhaps in contemporary movies only David Lynch’s Lost Highway surpasses Gilliam’s precision to set in cinematographic language the mental insanity of a person.
So, she’s the one who carries the weight of her family sins (in this sense her encounter with a kind of witch neighbor, an ex-girlfriend of her father, is a representation of the demons from the past). Cornerstone of conservatism, but certainly an unavoidable starting point of socialization, family is the boiling point of mind's construction. When the natural imperfections of this psychobiological work are so much, it turns into a zone of deconstruction of human features that yields alienated individuals, living in misery inwards of their damaged mental life.
Jeliza-Rose’s character hits a deep nerve in the viewer's sensibility because she’s a very young person living a current tragedy only equipped with a common mental fire-exit: leaving the mind drifting away in the immense ocean of insanity, turning it into an outcast of our social diseases and our obstinate self-destructive spirit.
Contrary to the director’s pretention in the strange prologue to the film, this is not a story of a girl’s dreams and her desire to live, this is a powerful picture on some of the roots of our social dismal construction. In this way, American sociologist and thinker Immanuel Wallerstein has set up that drug addiction is a symptom of something deeper and much more urgent than a simple matter of law, police or personal disease; it is a kind of self-isolation from a reality so overwhelming that is better to get out from it. It’s a rebellion against the social system; a false one, alas, but the one that millions and millions of persons around the world have in hand despite a global structure that allows production, distribution, offering, acquisition and complicity of States, governments and institutions worldwide. 
As Peter Sloterdijk has established in his Magnus opera, Spheres, there is a major problem in the fourth sphere or fourth vital cover of infants; that is, in their socialization process since the birth's fact. We're receiving our children in a paradoxical world that is entirely efficient in pragmatic comfortability (medical technology, scientific survey of human body, and so on), but fails miserably to conform immune minds to neurosis, insecurity and fear. That's the echo of the actual world that sounds aloud in Tideland's fantasy, that's the electric shock that its terrible fantasy unchains in the viewer, no other than the dread of our times' possibilities.