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Revista Replicante

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domingo, 16 de mayo de 2021

El cyberpunk y el cine

 

En el destacado estudio Planeta de ciudades miseria, el investigador independiente Mike Davis elabora un repaso panorámico global de uno de los problemas más alarmantes de nuestra civilización: el advenimiento de los asentamientos humanos post urbanos. Es decir, lugares de habitación masiva que carecen de la infraestructura básica que, tradicionalmente, configuró a las ciudades modernas. Espacios tomados por numerosos grupos de personas que únicamente cuentan con lo mínimo para subsistir. En muchos casos, solamente con un techo y algún tipo de delimitación precaria frente al medio ambiente circundante. Son las villas miseria, ciudades perdidas o arrabales del mundo entero. Ubicadas en una relación parasitaria con las grandes metrópolis, son el espejo negro de éstas. Dice Davis en su estudio:

 

El modelo clásico del campo poseedor de una gran mano de obra y de la ciudad como fuente de capital, se invierte en muchos lugares del Tercer Mundo, donde encontramos ciudades desindustrializadas poseedoras de una gran mano de obra, y regiones rurales con gran afluencia de capital. Dicho en otras palabras, el motor de esta «urbanización generalizada» se encuentra en la reproducción de la pobreza y no en la reproducción del empleo… Kinshasa, Luanda, Jartum, Dar-es-Salaam, Guayaquil y Lima crecen de manera prodigiosa pese a la ruina de sus industrias de sustitución de importaciones, de la reducción de sus sectores públicos y de la caída de las clases medias… Como resultado, el veloz crecimiento urbano en un contexto de ajuste estructural, devaluación de la moneda y recorte del gasto público, ha resultado una receta infalible para la producción en masa de áreas urbanas hiperdegradadas. Un investigador de la Organización Internacional del Trabajo calcula que en el Tercer Mundo, el mercado formal de la vivienda rara vez cubre más del 20 por 100 de las necesidades, por lo que la gente se construye sus propios chamizos, se refugia en alquileres informales y divisiones pirata del espacio, o simplemente se instala en las aceras.

 

Es un panorama preocupante que parece no tener punto de resolución en el futuro próximo o a mediano plazo. Obedece a una dinámica sistémica global, inter generacional y de largo alcance en sus consecuencias. Marca, asimismo, un momento de inflexión histórica: el verdadero tránsito de la Modernidad a la Postmodernidad, ya no como fenómeno exclusivamente cultural y filosófico, sino contundentemente cotidiano. Un poco más adelante en su obra, Davis afirma:

 

Así pues, las ciudades del futuro se encuentran lejos del cristal y del acero con que las imaginaban generaciones anteriores de urbanistas: la realidad nos presenta un panorama de ladrillo sin cocer, paja, plástico reutilizado, bloques de cemento y tablones de madera. En lugar de ciudades de luz elevándose hacia el cielo, la mayor parte del mundo urbano del siglo XXI se mueve en la miseria, rodeado de contaminación desechos y podredumbre. De hecho, los 1.000 millones de habitantes que ocupan las áreas urbanas hiperdegradadas, podrían mirar con envidia las ruinas de las sólidas viviendas de barro de Çatal Hüyük levantadas en Antolia en el alba de la vida urbana hace nueve mil años.

 

De hecho, sí que existen las ciudades del futuro (es decir, vigentes en la actualidad y de durabilidad futura altamente previsible), “de cristal y acero” y “de luz elevándose hacia el cielo”. Los distritos centrales de lugares como Atlanta, Nueva York y Dallas. Ciudades satélite integradas al espacio urbano añejo, como Santa Fe en la Ciudad de México. Amplias extensiones comerciales, financieras y de vivienda como Hong Kong, Kuala Lumpur y Shangai. Ciudades completas con ese cariz como Dubai, Frankfurt y Doha. Es decir, junto con la realidad del crecimiento de la hiperdegradación urbana, se verifica al unísono su contraparte, el desarrollo del urbanismo monetarizado, eficiente, confortable.

 

 

Bordo de Xochiaca, periferia de la Ciudad de México

 

Así, el texto de Davis remite al artificio de la ciberpunkización de la sociedad, presente en numerosas obras literarias y cinematográficas postmodernistas. De la fundacional versión cinematográfica de la novela Do Androids Dream with Electric Sheep? (1968) de Philip K. Dick, BladeRunner de Ridley Scott de 1982, en la que se presenta una ciudad de Los Ángeles futura atestada de gente, hipertecnologizada, plagada de tribus urbanas, animales artificiales, ingeniería genética de tianguis, policías desenfrenados y androides humanizados en rebeldía, a la cinta Elysium (2013) de Neill Blomkamp, en la que el realizador no imaginó a la Los Ángeles del futuro como una sucursal hiperpoblada y desregulada del Tokio actual, como hiciera Scott hace una generación, sino que la vislumbró como una de las peores ciudades miseria de Latinoamérica: el Bordo de Xochiaca en la periferia paupérrima de la Ciudad de México (y fiel a su estilo hiperrealista, que mostró espectacularmente desde su ópera prima del 2009, District 9, fue justo en ese sitio donde la cinta fue filmada). Un universo de masas humanas que viven en la perdición del desempleo crónico, la insalubridad, el crimen, el hambre y la degradación irremisible del medio ambiente que los rodea. Controlados por robots policías y mercenarios-soldados a las órdenes del gobierno de los millonarios, poderosos y exquisitos que viven aislados no ya de estas comunidades, sino del planeta mismo en una estación espacial, sucursal sideral de Beverly Hills, conocida como Elysium. 

 

 

Robots redundantes mal atienden a la población depauperada en Elysium

 

El cyberpunk, ha afirmado Fredric Jameson, en tanto que género artístico especialmente desarrollado en la literatura y el cine postmodernos, es ante todo el planteamiento de una disutopía, en la doble acepción del término. Por una parte, es lo opuesto a las utopías clásicas que poseían un halo redentor de armonía, concordia y superación de las contradicciones sistémicas de un mundo problemático. Por otra parte, es la negación de dicho género literario-filosófico, ya que éste, por definición, propone un futuro deseable pero improbable, cuando no imposible de llevarse a efecto.

El cyberpunk, en cambio, plantea un porvenir atroz cuya materialización cuenta con todas las probabilidades a favor. Es el paso siguiente en la desaforada lógica del desarrollo de nuestra civilización. Jameson ha identificado en dicho subgénero de la ciencia-ficción una característica fundamental: su construcción como prognosis de la inminente desaparición de la sociedad burguesa, que durante tanto tiempo ha sido llamada, eufemísticamente, ‘sociedad civil’; desaparición de la sociedad civil, pero no del capitalismo como modo de producción y como motor generador de la sociabilidad humana.

De esta guisa, la estética cyberpunk recoge y proyecta en un cúmulo de obras, una abigarrada imaginería crepuscular en la que se mezclan los más inquietantes avances de la cibernética, la ingeniería genética y la física nuclear, con el montaraz resurgimiento de atavismos tribales, místicos y oscurantistas —la neobarbarie—, en medio de ciudades hacinadas, polucionadas y decadentes, constituyendo así la propuesta estética más viable para sondear, criticar y prospectar el devenir del actual sistema-mundo.

En muchos sentidos, el cyberpunk retrotrae a la civilización a un punto de no retorno. Al mismo tiempo, lugar de desolación que nacimiento de un nuevo porvenir. Pero lo más interesante es que el producto de dicho parto no es ni redentor ni luminoso. En dicho género se preserva el pathos de la decadencia sistémica, pero sin resolución emancipatoria. El sistema-mundo capitalista entra en un impasse posthumanista (ya efectivo en el presente en muchos lugares del mundo), pero nunca postproductivo. Los ejes de su dinámica vital, fabricación y mercantilización; venta y consumo, siguen intactos. Ha cambiado la sociedad que lo sostiene, pero no su vigencia económica. 

 

 

La pirámide inteligente de la Corporación Tyrell en Blade Runner

 

Es más, el cariz de la sociedad gira en torno a su realidad corporativa, como en los ejemplos emblemáticos señalados de Blade Runner y Elysium. De esta manera, el giro cyberpunk presenta la construcción del presente como pasado de un futuro inminente. Grado extremo de la dialéctica de lo nuevo y lo viejo desarrollada por diversos teóricos posmodernistas: ya no sólo el pasado se construye desde el presente, sino el propio presente in progress, se vuelve pasado del porvenir imaginado como debacle de su ser.

 

 

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Nota sobre La silla del águila

El asunto de la imposibilidad civilizatoria nacional (eco de la imposibilidad civilizatoria moderna occidental) es retomado con acidez quince años después de Cristóbal Nonato (1987) en La silla del águila (2002). Escrita de manera convencional, al estilo de las novelas epistolares del siglo XIX, accedemos en ella a un estado de cosas donde el subsistema político se ha mimetizado con el sistema social mismo. Todo aquello que conforma la vasta realidad de la nación, es subsumido al trajín de la mecánica perversa del poder político. Ésta integra a la patria a su imagen y semejanza y llega a un punto de saturación en el que su existencia es la existencia misma del país. Un país «cíclicamente devastado por una confabulación de excesos y de carencias: miserias y corrupción, igualmente arraigadas…».[1]

Carlos Fuentes

En La silla del águila, el talante cyberpunkiano es latente en el futurismo catastrófico que envuelve la realidad nacional. Funciona como el atisbo de un futuro desesperanzador a la vista en el horizonte de tormentas de la realidad socio-política mexicana. La nación entera ha sido retrotraída al siglo XIX por una de tantas balandronadas populistas y egocéntricas de los “reyes de México”, los presidentes y su inagotable cantera de dislates:


El Presidente decidió, quizá como regalo de Año Nuevo 2020 a una población ansiosa, más que de buenas noticias, de satisfacciones morales, que pediría en su Mensaje al Congreso el abandono de Colombia por las fuerzas de ocupación norteamericanas y, de pilón, prohibir la exportación de petróleo mexicano a los Estados Unidos, a menos que Washington nos pague el precio demandado por la OPEP. Para colmo, anunciamos estas decisiones en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU. La respuesta, ya lo viste, no se hizo esperar. Amanecimos el 2 de enero con nuestro petróleo, nuestro gas, nuestros principios, pero incomunicados del mundo. Los Estados Unidos, alegando una falla del satélite de comunicaciones que amablemente nos conceden, nos han dejado sin fax, sin e-mail, sin red y hasta sin teléfonos. Estamos reducidos al mensaje oral o al género epistolar…[2]

La elección del carteo como fundamento estructural de la novela, resalta el carácter retroactivo de la circunstancia nacional para el inicio del año 2020. La vuelta a las usanzas de épocas pretéritas en un mundo futuro interconstruido por el sistema tecnocientífico de impronta estadounidense, pone de relieve la fragilidad del pretendido progreso mexicano, puesto que sus cimientos son endebles, ajenos y provisionales. La implosión tecnológico-comunicacional nacional opera en la trama como una muestra y un vistazo dentro de la realidad viciada del país, ya que sólo dura unos cuantos meses, siendo al final restituida la normalidad tecnológica al momento en que un nuevo gobierno cede a los requerimientos de Washington.
La ojeada al futuro desolador determinado por el quebranto comunicativo a gran escala, saca a flote la degenerada construcción del sentido social en su totalidad por parte del poder político. En un país exiliado del mundo al haber sido bajado el switch intercomunicacional de conexiones globales, lo que se preserva con inusitada virulencia son los modos, las intenciones y las acciones deleznables de la política á la mexicana.
El intenso carteo entre los más destacados operadores políticos del país, nos sumerge en las cavernas de la hechura de ese universo de cinismo, ambición desmedida y total desprecio por la civilidad, la dignidad humana y los valores abstractos, racionales e iluministas, de la sana convivencia en sociedad, por parte de una pandilla de rufianes exquisitos que desde siempre se han hecho del mando de los designios de México. Tono apocalíptico sin reservas: cuando el mundo ha sido despojado de sus adelantos tecnológicos, lo que emerge es la vuelta al tribalismo, a la lógica de la horda y de la selva, a la sobrevivencia del más fuerte, del más salvaje, del que se siente en casa con el regreso de la barbarie.*
*Este fragmento pertenece a mi ensayo "El arco literario crepuscular de Carlos Fuentes". Lo pueden ver aquí mismo en la barra de la derecha o en su edición original en Replicante: http://revistareplicante.com/literatura/ensayo/la-sobrevivencia-literaria/



[1] Cfr., Fuentes, Carlos, La silla del águila, México, Alfaguara, 2002, p. 360.
[2] Ídem, p. 26, capítulo 2, (carta de) “Xavier Zaragoza “Séneca” a María del Romero Galván”.


Visiones sobre la mutación del capitalismo tardío


En su novela ciberpunk de 1987, Cuando falla la gravedad, el finado escritor estadounidense George Alec Effiger plasmó un mundo postmoderno subvertido. En éste, el sistema social ha implotado y presenta una configuración paradójica: mientras los vectores tecnológicos han seguido su curso hacia adelante, plenos de eficacia y sofisticación, con productos como los dispositivos intracraneales para la modificación de la personalidad  (artilugio imaginario que, por cierto, James Cameron retomó sin dar crédito en su guión del ‘95 para Strange Days de Kathryn Bigelow), el orden socio-político ha retrotraído a la época medieval, con un centro de poder voluntarioso, de corte feudal, en el que un mandamás despótico –Friedlander Bay, conocido como “Papa”− dispensa un orden con fundamento criminal a un variopinto conjunto de habitantes que, por lo demás, coexisten de manera desinhibida en un enclave literalmente amurallado: “El Budayén era un lugar peligroso y todo el mundo lo sabía. Por eso, una muralla rodeaba tres de sus lados. A los viajeros se les advertía que no se acercasen al Budayén…”.  
Fuera de esas murallas, existe un mundo tribal desenfrenado, donde habitan seres alienados, deshumanizados y bajo el caos de la supervivencia extrema, dispersos en un vasto territorio desértico, real y moral. De manera que la seguridad proporcionada por el barón criminal de la ciudad, con fundamento en una lógica mafiosa, salpicada con cháchara religiosa postislámica, es lo mejor que los habitantes pueden tener para lograr un mínimo de convivencia normalizada. El jefe criminal y su estructura de poder hacen las veces del Estado.
Paisaje cyberpunk

No es descabellado pensar, entonces, que una de las rutas posibles del periodo postcivilatrio que ha comenzado ya a gestarse en el actual sistema-mundo capitalista, desemboque justo en eso: en un orden social postestatal, neofeudal y tecnologizado. Las dinámicas sociales contemporáneas, de corte criminal, en diversas regiones del Tercer Mundo, hablan de ello. De la mímesis de gobierno y mafia en Kosovo y Afganistán a la erección de enclaves fortificados, plenos de armamento y tecnología de punta, con fuerte arraigo social y protección gubernamental garantizada, como en su momento lo hizo Pablo Escobar en Medellín, Colombia, y en la actualidad lo hace Joaquín Guzmán en el "Triángulo dorado", al norte de México. Como dice Immanuel Wallerstein, en este tipo de Estados (o Estados-fallidos, para utilizar la cruda descripción que usa la política exterior estadounidense):

Los políticos y los burócratas de estados débiles (e incluso de los fuertes), que se están debilitando aún más y están perdiendo su legitimación popular (y por lo tanto cierto control popular), han tendido en muchos casos a fusionar sus intereses con los de las mafias externas al Estado. En algunos casos quizá no valga la pena tratar de distinguir entre los dos grupos.[1]-[2]

Esto ha sido un proceso sostenido y acelerado que ha coincidido con una dinámica de ajustes civilizatorios mayores. En la medida que el mundo opera como un sistema, la interconexión de sus nodos vitales está determinada por las cualidades de estos en su relación recíproca: “Un sistema histórico debe representar una red integrada de procesos económicos, políticos y culturales cuya totalidad mantiene unido al sistema. Por consiguiente, si cambian los parámetros de cualquier proceso particular, los otros procesos de alguna manera deben adaptarse”.[3] Uno de los ajustes que se han verificado de manera rotunda, junto con el descentramiento de la lectura en favor de los mass media y la interconexión tecnologizada mundial, es el de la lógica del capitalismo en sí mismo.
Debido a que la nuestra es una civilización con fundamento en una economía-mundo universal, el sistema social debe sus mayores rendimientos materiales a lo que en ella sucede. Contrario a lo que pudiera pensarse, la evolución de la dinámica capitalista no ha ocurrido de manera recalcitrante en las esferas productivas de vanguardia tecnológica, administrativa y financiera; sin duda estas han sido cardinales en la expansión del capitalismo mundial y le han dado un rostro inédito al que tenía hace incluso una generación, pero la mutación más dramática de dicho modo de producción ha provenido del submundo del crimen organizado globalizado.
Su lógica es la misma que la del sistema de producción capitalista, puesto que es un engendro del mismo, sólo que llevado al extremo. En el capitalismo de corte criminal, existe una especie de literalización de la metafórica de la administración de empresas. “Limpiar mercados”, “eliminar la competencia”, “conducirse con ferocidad”, “reducir a cenizas el negocio ajeno”, etcétera, son llevadas a la realidad en aras de conseguir la máxima cantidad de plusvalor posible. El crimen organizado realiza puntualmente lo que, sotto voce, quisieran hacer numerosas empresas capitalistas a lo largo y ancho del mundo: eluden las barreras fiscales impositivas, quiebran la autoridad de los Estados y regulan de manera casuística el trabajo de sus empleados. Realizan todo lo que sea necesario para obtener el mayor volumen de utilidades y defolian sin miramientos los arbustos competitivos que obstruyen la alta jerarquía de sus productos. No gastan un centavo en publicidad y aun así mantienen una inmensa comunidad de consumidores por vía de la adictividad de sus mercancías. 
Cargamento de mariguana

Como en el tardo medievo la creencia religiosa llegó al extremo con las persecuciones despiadadas de la Santa Inquisición, difuminando para siempre la programática caritativa del cristianismo arcaico, de la misma manera el capitalismo corsario está llevando a confines insospechados a la economía de mercado tal y como la hemos conocido en los últimos 500 años. De esta manera lo han comprendido algunos de los portavoces y los analistas de la administración de empresas, piedra de toque de la estructura funcional de las empresas capitalistas. Así, por ejemplo, Marc Goodman en el ensayo “What Business Can Learn from Organized Crime” (publicado en Harvard Business Review, noviembre del 2011, pp., 27-30), establece que hay una serie de elementos que se pueden importar del modus operandi de las mafias internacionales a los negocios legales; entre estos:

Criminal organizations pay well, both to compensate for the legal risks involved and because their high profit margins allow them to. But they realize that team members usually aren’t in it just for the money. Most enjoy the thrill of breaking the law. Many, particularly hackers, are also motivated by the challenges of sophisticated security systems and the bragging rights they gain when they foil them. Although criminal organizations still employ a fair share of thugs, they’re increasingly attracting highly educated people who seek autonomy and intellectual stimulation—not unlike the people who are drawn to the risky, demanding work environment of a start-up.

Independientemente de lo acertado de su análisis (personalmente, me parece que lo es, si bien se centra casi exclusivamente en las actividades criminales finales, es decir, en el nivel de la logística y la inventiva para romper la ley), la importancia del ensayo radica en que desde la esfera del análisis académico de la dinámica del capitalismo, se ha comenzado a dar cierta legitimación al modo de ejercer negocios desde la lógica extrema de la mafia. Pareciera que ha comenzado a ser atractivo el empuje desregulado y salvaje hacia adelante que dicha esfera de acción ha dado a la economía-mundo al uso. A pesar de que el autor intenta mantener una clara distancia con relación a su objeto de estudio, no deja de haber en él la aceptación de un halo de seducción inevitable:

Comparing the practices of criminal and terrorist organizations with those of corporations is by definition an imperfect exercise. Despite their sophistication and managerial prowess, crime groups are unconcerned with the human and social costs of their acts; they will remain ruthless no matter how many computer scientists they employ. But it’s also true that as organized crime has come to rely more on technology for competitive advantage, its craft has developed a greater resemblance to the activities of law-abiding businesses. In some cases, criminal enterprises are now the ones pushing the frontiers of knowledge and innovation. Given the high profitability of global cybercrime networks and the limited threat they face from legal authorities, legitimate businesses will undoubtedly become targets more frequently. Managers need to pay close attention to the tactics being used against them—and perhaps even learn to profit from some of the global gangsters’ insights.

El aserto “En ciertos casos, las empresas criminales son ahora las que empujan las fronteras del conocimiento y la innovación” es revelador. La impronta del desarrollo del capitalismo de desenfreno parece que marca la ruta para que el sistema encuentre vías de salida a sus constantes crisis y explorar, así, maneras de incrementar su productividad sin cortapisas. El analista destaca la falta de compromiso social de las empresas criminales, pero es justo eso lo que marca un límite mínimo a la acumulación desmedida de capital por medio de la reintegración de un determinado porcentaje para la retribución social, principalmente en la forma de pago de impuestos y prestaciones a los trabajadores. Pero nada obsta para que estos logros sean revocables y se vuelva a un estado de cosas en el que sean inexistentes; después de todo, otros modos de producción históricos florecieron sin ellos y el propio capitalismo, tanto en su fase inicial europea como en su fase actual tercermundista, ha vivido con ellos en su mínima expresión. Una retrotracción en este sentido no sería imposible y sí, en cambio, puede vislumbrarse, como en la ciencia-ficción umbrosa de Alec Effinger, una regresión sui generis que mezclara elementos medievales con high tech postmodernista.
En este estado de cosas, en el que se ha ralentizado el papel del Estado, de por sí mermado desde hace medio siglo por la globalización absoluta del sistema económico, éste se halla ante fuertes presiones que en los casos más problemáticos tenderán a su final implosión. “El futuro del estado-nación no es, ni mucho menos, seguro. Si los Estados Unidos y otros gobiernos se muestran cada vez menos dispuestos (o incapaces) a continuar cumpliendo los principios del compromiso del estado de bienestar entre capitalistas y trabajadores, ¿cómo reaccionará ‘el pueblo’?”[4] Si esta pregunta es apremiante en el Primer Mundo, por lo que respecta al Tercer Mundo, todo indica que en él se viven grandes experimentos sociales en materia de órdenes de interacción claramente distanciados de los presupuestos liberales, democráticos y republicanos que marcaron la modernidad.[5]
Ello, por supuesto, no ocurre de manera aislada, sino que es parte del sistema interestatal de relaciones de producción. Las presiones de la nueva manera de hacer empresas, de corte ilegal, son tan grandes para la mayoría de los Estados, en el nivel internacional, que la estrategia principal de las naciones con mayores recursos e influencia global consta de tres partes fundamentales: 1) absorber los inmensos capitales de las actividades ilícitas dentro de un sistema financiero fuerte, que los pueda reciclar en beneficio propio; 2) desplazar los hechos de sangre, como son las luchas por rutas, territorios e insumos logísticos, del centro a la periferia del sistema, y 3) realizar una agresiva política de intervención operativa en las naciones débiles para conformar una frontera de facto a la penetración de la desinhibición conductual de las grandes mafias (manteniendo abierta la compuerta para sus productos y sus ganancias). En este sentido puede leerse el puntual aserto de algunos ex agentes de la DEA, citados por el New York Times en su edición del 4 de diciembre del presente año (en el artículo “U.S. Drug Agents Launder Profits of Mexican Cartels” de  Ginger Thompson):

The officials said that while the D.E.A. conducted such operations in other countries, it began doing so in Mexico only in the past few years. The high-risk activities raise delicate questions about the agency's effectiveness in bringing down drug kingpins, underscore diplomatic concerns about Mexican sovereignty, and blur the line between surveillance and facilitating crime. As it launders drug money, the agency often allows cartels to continue their operations over months or even years before making seizures or arrests.

La descripción de los saldos del trabajo de la DEA en países tercermundistas, México como ejemplo central, pone de manifiesto la disonancia actual de las nociones que ordenaron estructuras estatales ya concluidas. La cuestión de la soberanía es sobrepasada por un mundo interconectado, con fronteras porosas e inmensos desplazamientos poblacionales, materiales e ideológicos de la periferia al centro del sistema.[6] La ayuda logística a las operaciones de la mafia, con fines pretendidamente estratégicos, pero con rendimientos  pragmáticos tangibles, revela la fuerza de atracción que el capitalismo de desinhibición produce en la economía-mundo tradicional. El “apoyo al crimen” debe ser visto como los primeros lazos oficiales que una economía al mismo tiempo poderosa y endeudada como la estadounidense ha realizado para una posterior mimetización entre una economía de especulación financiera y una economía de producción corsaria. Una vez más, se vislumbra ahí el paso siguiente de la dinámica capitalista en el tiempo por venir.
Las modificaciones estructurales de los sistemas complejos son siempre ambiguas. Pueden tener un núcleo de variables cognoscible que asegura un cierto nivel de predictibilidad, pero al mismo tiempo engloban también un conjunto considerable de factores que resultan invisibles para el análisis en un tiempo determinado. De acuerdo con el estado de cosas actual, un mundo sombrío como el que han relatado de diversas maneras los géneros apocalípticos de la ciencia-ficción parece ser una posibilidad real. Después de todo, la historia enseña que las épocas de esplendor civilizatorio relativo han tenido que encadenarse con períodos de decadencia, oscuros y problemáticos. Cosa que no obsta para que otras posibilidades, de luminoso renacimiento social, puedan verificarse, si bien con menor probabilidad, en el futuro inminente. La gran cuestión que queda abierta, núcleo de un debate perenne en la filosofía política y en las ciencias sociales, es: hasta qué punto el sistema social sigue dinámicas impersonales ciegas que rebasan a los individuos y hasta qué punto existe un espacio voluntarioso para cambiar reflexivamente su devenir inexorable.*
*Este texto se publica en paralelo con Replicante:  http://revistareplicante.com/politica-y-sociedad/visiones-sobre-la-mutacion-del-capitalismo-tardio/



[1] Véase, Immanuel Wallerstein, Utopística o las opciones históricas del siglo XXI, México, Siglo XXI Editores-UNAM-CIICH, 2003, pp., 49-50.
[2] Dentro de los múltiples ejemplos que existen al respecto, uno particularmente revelador puede verse en el reportaje “Una mafia estatalmente amparada” de Patricia Dávila, en Proceso nº 1830, 27 de noviembre del 2011, pp., 36-38, donde se narra cómo un grupo de secuestradores duranguenses son miembros activos de diferentes dependencias del gobierno de dicho estado y, seguros de su impunidad, se identificaron con nombre y apellidos.
[3] Véase, Immanuel Wallerstein, Impensar las ciencias sociales, México, Siglo XXI Editores-UNAM-CIICH, 1998, p. 250.
[4] Véase, Susan Buck-Morss, Mundo soñado y catástrofe, Madrid, Antonio Machado Libros, 2004, p., 53.
[5] Todo parece indicar que la modificación de la dinámica social que ha ocurrido desde hace una generación en Ciudad Juárez es un caso índice de esto. La parte más visible ha sido, por supuesto, la que se halla vinculada con el narcotráfico, pero existe ya un proceso generalizado de subversión de los diques humanistas modernos con eje central en la persona humana que han encaminado al tejido social juarense hacia un plexo de interacción cuyo fundamento es la violencia, el valor del dinero por sobre la vida y la desinhibición de los impulsos primarios. Al respecto, véanse los relatos de investigación social periodística Huesos en el desierto de Sergio González Rodríguez (México, Anagrama, 2002) y Ciudad del Crimen de Charles Bowden (México, Grijalbo, 2010).
[6] Entre estos intercambios permanentes, uno muy importantes es el de los estilos de vida. Si durante mucho tiempo el modo de vida aburguesado de las sociedades ricas permeó con fuerza en el resto del mundo, como guía e ideal, en la actualidad ha habido una creciente penetración de los modos de vida con base criminal que han florecido de manera exuberante en el Tercer Mundo. El caso mexicano y la relación que guarda con Estados Unidos es sintomático. Una de las cosas que poco se ha dicho en el nivel analítico y que sistemáticamente se elude en el nivel oficial, es que la socio-economía del narcotráfico y actividades criminales afines cubre espacios sociales cada vez más amplios en México. Existen cientos de miles de personas vinculadas de diversas maneras a la fuerza de trabajo del crimen organizado, conformando una sólida red social de apoyo a éste. Un ejemplo preclaro de esto salió a la luz con la matanza de 26 personas en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, el 24 de noviembre del 2011. En las primeras investigaciones no quedaba claro cuál era el vínculo de los fallecidos con el narcotráfico; muchos alzaron la voz diciendo que habían sido “levantadas” y asesinadas personas “inocentes” (se puede ver un detallado recuento de esto en el artículo “Jóvenes y pobres, los 26 muertos de Guadalajara” de Felipe Cobián y Alberto Osorio en Proceso nº 1831 del 4 de diciembre del 2011, pp., 22-24). Esto no se descarta necesariamente, y nadie en su sano juicio eliminaría la posibilidad de que en el frenesí anti social de la mafia, puedan darse asesinatos sin motivo, pero la historia de la economía corsaria muestra la tendencia contraria: en ella, el asesinato tiene causas y dividendos pragmáticos. Así que, independientemente del devenir del caso, lo que pocos quisieron ver y pocos se atrevieron a especular, es lo opuesto: que existe un creciente número de personas comunes que de diversas maneras trabajan para la desmedida industria del crimen en México. No necesitan ser matones, ex presidiarios o mercenarios. Basta con vigilar la colonia, dar recados, guardar bultos comprometedores, etcétera, a cambio de una determinada paga que casi nunca es cuantiosa, pero que saca a flote a un espectro de la sociedad que se encuentra en el lindero de la pobreza extrema.

jueves, 20 de octubre de 2011

Fuentes, el imprescindible


Con carlos Fuentes estamos en tiempo real. Avanzamos en marcha forzada al ritmo de su imparable capacidad creativa, al tiempo que, a querer o no, estamos a la expectativa de su ineludible desenlace físico. Nada que debiera escandalizar: a los 82 años, casi 83, es natural que el cierre del periplo vital se acorte en el horizonte. Pero él sigue y sigue impasible en la hechura de un universo narrativo que, sencillamente, no tiene igual en la historia de la literatura mexicana. Escatimar esa importancia es cometer una miseria intelectual. 
Sin embargo, pese a que no ha habido año en el que el escritor por antonomasia no haya ofrecido algún texto al público (desde largas novelas a ensayos periodísticos), mucha de la crítica seria, mesurada, propositiva, en torno a él se ha estancado en otros tiempos, en otros temas, en otros cartabones para comprenderlo. Sin pretender hacer descubrimientos deslumbrantes ni punzantes observaciones, ofrezco aquí el fragmento de un ensayo de reciente publicación en el que exploro uno de los flancos poco explorados de su escritura: el apocalipticismo de las últimas tres décadas.
(El ensayo completo puede leerse en el hiper vínculo de ISSU aquí mismo en la barra lateral, o bien en su versión original en Replicante digital del mes de julio en: http://revistareplicante.com/literatura/ensayo/la-sobrevivencia-literaria/). Espero que les guste:

Carlos Fuentes en la actualidad

Contrario a lo que sus reiterativos críticos han querido hacer creer, la literatura de Carlos Fuentes sobrevivirá a su muerte, puesto que ha mantenido la difícil tensión entre la progresión temática, la espesura ideológica, la identidad autoral y la variación estilística.[1] En contradicción con cierta crítica literaria, añorante de sus obras de juventud, que lo cataloga como un espectro literario[2], el porvenir de la escritura de Fuentes se ha consolidado en la última etapa de su carrera, cuyo inicio podemos ubicar a finales de los años ochenta del siglo pasado. De manera cierta, en la actualidad su papel como intelectual activo[3] se ha reducido prácticamente a las cenizas de lo que fue, pero no así la vitalidad de sus creaciones textuales, tanto ficticias como de opinión.
La clave para la sobrevivencia literaria de Carlos Fuentes ha sido que, contrario a lo que sus jubilosos exegetas han afirmado durante décadas, la ruta de su literatura ha sido un esfuerzo constante por alejarse de su ópera prima, La región más transparente.[4] Deslumbrante como fue, en el entorno socio-cultural de un México que ya no existe, la novela de juventud de Fuentes ha quedado vinculada a su tiempo de manera inconmovible. No es casual, entonces, que muchos de sus críticos y apologetas, por igual, se hayan quedado estancados para siempre en las obras de mediados del siglo XX. Entre ellas y la actualidad media el quiebre de los setenta y el futurismo oscuro de los últimos veinte años. Pensar que uno de los escritores mexicanos más importantes de todos los tiempos sea ajeno a la transformación discursiva es, sencillamente, un dislate mayúsculo...



[1] Entre los principales detractores tenemos a José Joaquín Blanco con “Carlos Fuentes: de la pasión por los mitos al polyforum de las mitologías” en La paja en el ojo, Puebla, BUAP, 1980; Adolfo Castañón con “Carlos Fuentes: constancias” en Arbitrario de literatura mexicana, México, Vuelta, 1993; Christopher Domínguez Michael en su Antología de la literatura mexicana del siglo XX, México, FCE, 1996, volumen II; Armando González Torres con su ensayo “Carlos Fuentes: elogio de la desmesura” en Letras Libres 119, noviembre del 2008, pp. 72-76; y, por supuesto, Enrique Krauze con “La comedia mexicana de Carlos Fuentes”, contenido en su colección de escritos Textos heréticos, México, Grijalbo, 1992.
[2] Así, por ejemplo, Fabienne Bradu en la reseña de Valiente mundo nuevo, en Vuelta 173, abril de 1991, pp. 41-42; Rafael Lemus en el comentario sobre Todas las familias felices, en Letras Libres 95, noviembre del 2006, pp. 68-70, Heriberto Yépez en “Carta a un viejo novelista” en Replicante nº 17, invierno del 2008-2009, pp. 102-108; y Fernando García Ramírez en la reseña de Adán en Edén, en Letras Libres 137, mayo del 2010, pp. 86-87.
[3] Un certero análisis sobre el rol social de Fuentes como intelectual lo encontramos en el texto “Fuentes: el intelectual y la frontera de cristal”, del investigador alemán Friedhelm Schmidt-Welle, ponencia presentada en el congreso “La región más transparente 50 años después”, el 12 de noviembre del 2008 en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, donde afirmó: «Carlos Fuentes es sin duda uno de los intelectuales más completos de América Latina… un intelectual que lleva a cuestas el peso de un inmenso capital cultural, como diría Pierre Bourdieu, capital cultural adquirido tanto por su herencia como por su formación. Un escritor de la llamada littérature engagée y un intelectual de corte universalista, pero regionalista a la vez por su afán permanente de definir o más bien construir la identidad nacional y cultural mexicanas».
[4] Entre los más destacados de sus estudiosos propositivos tenemos a Georgina García-Gutiérrez con su obra Los disfraces: la obra mestiza de Carlos Fuentes, México, El Colegio de México, 2000, lo mismo que el ensayo introductorio a su edición de La región más transparente, Madrid, Cátedra, 1999, pp. 9-83; así como buena parte de los ensayos contenidos en los libros colectivos Carlos Fuentes desde la crítica, compilado por Georgina García-Gutiérrez, México, Taurus-UNAM, 2000, y Carlos Fuentes: perspectivas críticas, compilado por Pol Popovic Karic, México, Siglo XXI Editores-Tec de Monterrey, 2003.

martes, 12 de julio de 2011

Fuentes, siempre Fuentes





Con Carlos Fuentes, la medida del ataque es proporcional a la medida de la figura. Como pocos intelectuales mexicanos, Fuentes ha sido criticado, denostado, descalificado, vilipendiado por una serie de actores de diversa ralea. Desde funcionarios públicos hasta críticos literarios, pasando por otros escritores e intelectuales y un par de Premios Nobel. Pocos de ellos han hecho análisis puntuales de su obra y más se han dedicado a concentrarse en su figura pública y aún en su persona (y, como es bien sabido, quizá el más farragoso argumento ad hominen del mundo intelectual nacional contemporáneo sea el artículo "La comedia mexicana de Carlos Fuentes" de Enrique Krauze).
Pero muchos de esos detractores sólo se dedican a hacer una lectura sesgada de lo que produce, a realizar juicios de valor de corte moral y no verdaderos análisis literarios atenidos a la letra. Porque lo que le ha garantizado la posteridad al escritor es su obra. Plena, rica, abigarrada, transgenérica. Lleno de matices y experimentaciones, al tiempo que plagado de recurrencias temáticas y estilísticas, el universo literario de Carlos Fuentes ha excedido el ser y la tradición literaria de la nación que lo vio nacer como escritor; hace ya mucho tiempo que su literatura tiene la marca de la universalidad.
Se le ha llamado "santón", escritor orgánico y figura de cera del panteón intelectual nacional. Nada más alejado de la realidad. Categórico afirmo que quien eso dice o no lo ha leído o lo ha leído mal, y retaría a cualquiera a que demostrara que no hay una progresión estilística, temática y formal entre, digamos, La muerte de Artemio Cruz (1962), Terra Nostra (1975), Cristóbal Nonato (1987) y Adán en Edén (2009). Es fácil decir algo de una personalidad expuesta constantemente a los reflectores; a eso se dedican los paparazzi y las revistas de baja estofa dedicadas a inmiscuirse en las sábanas de los famosillos del cine y la TV. A eso se rebajan algunos de los supuestos críticos de Carlos Fuentes: a la chismología profesional. Mucho más difícil es leer las cientos de páginas de obras cardinales suyas como La voluntad y la fortuna (2008) y las ya mencionadas Terra Nostra y Cristóbal Nonato. Pero qué más podría esperarse de una sociedad en la que la revista que más vende (con la friolera de un millón de ejemplares semanales) es TV Notas.
La recepción justa de Carlos Fuentes se ha dado principalmente en la academia. Hay en México excelentes estudiosos de su obra, encabezados por la doctora Georgina García-Gutiérrez del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM. Pero la mayoría de ellos se halla en el extranjero, especialmente en los Estados Unidos, centro vital en materia de estudios literarios y humanísticos a nivel mundial. Allá lo ven como deberíamos verlo nosotros: como un escritor cosmopolita que ha pasado ya al universo selecto de lo mejor de las letras mundiales. En un país como el nuestro en el que los triunfos dudosos y las victorias efímeras (básicamente en lo deportivo), escasas como lo que más, son elevadas al signo de la gloria por políticos y comunicadores de dudosa valía, si de algo deberíamos estar orgullosos es de un escritor como Carlos Fuentes. Símbolo de ejemplaridad creativa, es asimismo la encarnación de un México posible, pero aún inmaterializado: atrevido, propositivo, internacional, y enjundiosamente iluminista.
Hoy ofrezco a ustedes mi ensayo sobre uno de los arcos literarios más atractivos del último Carlos Fuentes: el signo proto cyberpunk de su literatura. Lo pueden ver en la siguiente liga de Replicante digital:
http://revistareplicante.com/literatura/ensayo/la-sobrevivencia-literaria/