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Revista Replicante

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lunes, 25 de julio de 2011

Meridiano de sangre


Ya comentada en este mismo espacio, en su versión original: Blood Meridian, nunca será demasiado insistir sobre la cardinalidad de esta novela, odisea gore postmodernista, por excelencia:


Meridiano de sangre de Cormac McCarthy


Ubicada a mediados del siglo XIX, la novela narra las correrías del ejército de mercenarios de Jonhn Joel Glanton a lo largo de la frontera México-estadounidense. A través de un ejercicio de escritura que por momentos parece un largo poema en prosa gracias a su radicalidad inter textual, McCarthy genera una trama despiadadamente realista cuyo eje gira en torno a una pregunta que por siglos ha apabullado lo mismo a la teología que a la sociología y a la psicología: ¿cuál es el origen del mal en el hombre?

Lingüísticamente exuberante, epopéyica y descarnada, la obra desgaja dicha pregunta a través de sendas filosóficas, a un tiempo inquietantes y seductoras, gracias a las cuales, como en un espejo fragmentado, paulatinamente vemos el rostro de nuestra humanidad profunda: más semejante a una bestia que a una musa.
Ultraviolenta, teológica, poética y trepidante, la esmeralda de McCarthy es, sin más, una de las mejores novelas escritas durante el siglo XX. Gore metafísico impresicindible para todos aquellos que deseen acceder a las más altas letras que se hayan logrado en nuestros tiempos, exige sólo un par de cosas: un estómago a prueba de fuego y absoluta temeridad ante un uso tan erudito y exquisito de la lengua inglesa, perfectamente rsguardado por la adaptación castellana de Luis Murillo Fort.

*Cormac McCarthy, Meridiano de sangre, Debate, Madrid, 2001 (hay reedición 2009), 405 pp.

martes, 12 de julio de 2011

Fuentes, siempre Fuentes





Con Carlos Fuentes, la medida del ataque es proporcional a la medida de la figura. Como pocos intelectuales mexicanos, Fuentes ha sido criticado, denostado, descalificado, vilipendiado por una serie de actores de diversa ralea. Desde funcionarios públicos hasta críticos literarios, pasando por otros escritores e intelectuales y un par de Premios Nobel. Pocos de ellos han hecho análisis puntuales de su obra y más se han dedicado a concentrarse en su figura pública y aún en su persona (y, como es bien sabido, quizá el más farragoso argumento ad hominen del mundo intelectual nacional contemporáneo sea el artículo "La comedia mexicana de Carlos Fuentes" de Enrique Krauze).
Pero muchos de esos detractores sólo se dedican a hacer una lectura sesgada de lo que produce, a realizar juicios de valor de corte moral y no verdaderos análisis literarios atenidos a la letra. Porque lo que le ha garantizado la posteridad al escritor es su obra. Plena, rica, abigarrada, transgenérica. Lleno de matices y experimentaciones, al tiempo que plagado de recurrencias temáticas y estilísticas, el universo literario de Carlos Fuentes ha excedido el ser y la tradición literaria de la nación que lo vio nacer como escritor; hace ya mucho tiempo que su literatura tiene la marca de la universalidad.
Se le ha llamado "santón", escritor orgánico y figura de cera del panteón intelectual nacional. Nada más alejado de la realidad. Categórico afirmo que quien eso dice o no lo ha leído o lo ha leído mal, y retaría a cualquiera a que demostrara que no hay una progresión estilística, temática y formal entre, digamos, La muerte de Artemio Cruz (1962), Terra Nostra (1975), Cristóbal Nonato (1987) y Adán en Edén (2009). Es fácil decir algo de una personalidad expuesta constantemente a los reflectores; a eso se dedican los paparazzi y las revistas de baja estofa dedicadas a inmiscuirse en las sábanas de los famosillos del cine y la TV. A eso se rebajan algunos de los supuestos críticos de Carlos Fuentes: a la chismología profesional. Mucho más difícil es leer las cientos de páginas de obras cardinales suyas como La voluntad y la fortuna (2008) y las ya mencionadas Terra Nostra y Cristóbal Nonato. Pero qué más podría esperarse de una sociedad en la que la revista que más vende (con la friolera de un millón de ejemplares semanales) es TV Notas.
La recepción justa de Carlos Fuentes se ha dado principalmente en la academia. Hay en México excelentes estudiosos de su obra, encabezados por la doctora Georgina García-Gutiérrez del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM. Pero la mayoría de ellos se halla en el extranjero, especialmente en los Estados Unidos, centro vital en materia de estudios literarios y humanísticos a nivel mundial. Allá lo ven como deberíamos verlo nosotros: como un escritor cosmopolita que ha pasado ya al universo selecto de lo mejor de las letras mundiales. En un país como el nuestro en el que los triunfos dudosos y las victorias efímeras (básicamente en lo deportivo), escasas como lo que más, son elevadas al signo de la gloria por políticos y comunicadores de dudosa valía, si de algo deberíamos estar orgullosos es de un escritor como Carlos Fuentes. Símbolo de ejemplaridad creativa, es asimismo la encarnación de un México posible, pero aún inmaterializado: atrevido, propositivo, internacional, y enjundiosamente iluminista.
Hoy ofrezco a ustedes mi ensayo sobre uno de los arcos literarios más atractivos del último Carlos Fuentes: el signo proto cyberpunk de su literatura. Lo pueden ver en la siguiente liga de Replicante digital:
http://revistareplicante.com/literatura/ensayo/la-sobrevivencia-literaria/