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Revista Replicante

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sábado, 14 de abril de 2012

Las mujeres de Peña Nieto de Alberto Tavira

En un ensayo fundamental de la teoría política contemporánea, “Sobre políticos, honestidad y la alta amoralidad de la política” (en México publicado por la revista Nexos en marzo de 1996), Niklas Luhmann afirmó que los asuntos personales de los políticos, como los líos de faldas, las disputas familiares o sus gustos, preferencias e inclinaciones cotidianas, no deberían tener rol alguno ni en su desempeño público ni en la manera de evaluar el mismo. Acotó en aquella ocasión Luhmann:

En circunstancias en las que los medios masivos sirven como los guardianes de la moralidad, lo relativo al control moral de los sistemas funcionales toma la forma de escándalos… Esto no establece por adelantado qué conducta llevará a un escándalo. Que los asuntos amorosos perseguidos en cuartos de hotel deban ser parte de esto, probablemente sea sólo una peculiaridad de la cultura estadunidense.

La aseveración del eminente sociólogo alemán tenía como trasfondo impulsar la comprensión de la política como un sistema funcional plenamente diferenciado, con el énfasis puesto en los aspectos pragmáticos de su ejercicio en tanto que red de decisiones institucionales y no como el espacio voluntarioso de individuos pretendidamente carismáticos. La teoría de los sistemas funcionales de Luhmann siempre tuvo como punto de referencia los desarrollos societales de las naciones del Primer Mundo y él mismo lo reconoció en diversos lugares de su obra: en el Tercer Mundo dicha diferenciación funcional es todavía un proceso en marcha, es decir, inmaduro e inacabado.
En consecuencia, en nuestras naciones la vida privada de los políticos incide en su vida pública y, más todavía, refleja los lugares de sombra, los goznes débiles de su personalidad que, en definitiva, pueden afectar su desempeño público. En México y en muchos otros países en desarrollo, la personalidad de los políticos profesionales queda al descubierto al observar su comportamiento en la intimidad. Aún más: muchos de ellos explícitamente utilizan el poder para fines personales; del consuetudinario enriquecimiento ilícito a las disputas por la repartición de bienes conyugales o la custodia de los hijos, a lo largo y ancho de la república los políticos se sirven de las instituciones del Estado para solventar fines personales.
Alberto Tavira
Por ello no es baladí el testimonial de primera mano que el periodista de política y espectáculos Alberto Tavira presenta sobre Enrique Peña Nieto, el actual candidato presidencial del Partido Revolucionario Institucional (que estuviera en el poder durante setenta años manteniendo un régimen autoritario y semi democrático en el país). Escrito con un estilo sencillo y directo, lleno de anécdotas cotidianas, amorosas y familiares, con una direccionalidad narrativa propia de las revistas de sociales y apta para el gran público, puede dar la apariencia de ser justamente un texto que no sale de dicho cartabón. Pero sería un gran error catalogarlo sólo en este sentido, puesto que el periodista se esmeró con éxito en inocularlo con un ácido componente denunciatorio que opera como testarudo subtexto entretejido en la historia biográficamente acotada que narra. De este componente periodísticamente corrosivo, son particularmente inquietantes los siguientes datos:

1.       Era diciembre de 2005. Yessica hacía realidad uno de los más grandes sueños de casi toda mujer: convertirse en madre. Sin embargo, debido a que su pequeño era fruto de la relación con un hombre casado, que tenía tres hijos y, por si fuera poco, estaba sentado en la silla de gobernador del Estado de México, ella había asumido que se convertiría también en padre para el bebé (p., 24).

2.      —Soy un hijo de la fregada —le dijo Peña a [Rebecca] Solano durante una comida que tuvieron el 21 de junio de 2007 los dos solos en un privado del restaurante Sir Winston Churchill’s, en Polanco. Habían llegado a las 3 de la tarde y salieron a las 2 de la mañana—… (p., 95).


3.      Enrique Peña Nieto tenía programada del 3 al 14 de noviembre de 2007 una gira de trabajo por varias ciudades de Japón, Corea del Sur y China con el fin de atraer inversión económica para el Estado de México. No quería ir sin su novia, así que invitó a Rebecca para que lo acompañara […] Enrique y Rebecca conocieron juntos la Muralla China y el Palacio Imperial. Fueron sin escoltas, sin asistentes, sin presiones de agenda. Caminaban tomados de la mano, en libertad (pp., 101-106).

4.      El parentesco entre Montiel y Peña Nieto viene por el lado del abuelo materno de Enrique… Pero más allá de los lazos de sangre, estos dos hombres están unidos por algo que en política se vuelve alianza casi indisoluble: un pacto de lealtad, un sistema de trato que incluye agradecimientos, admiración, oportunidades, incentivos, favores, discreción. Entre ahijado y padrino impera una tradición de respeto y cuidado mutuos; es un tema de pertenencia a una misma estirpe, de posiciones históricas, de entendimiento de jerarquías en el poder (p., 57).

Estas anécdotas, recogidas de viva voz de quienes las vivieron junto o en torno a Peña Nieto, revelan a un hombre desleal (engañó varias veces a su primera esposa teniendo incluso hijos fuera del matrimonio), irresponsable (el hijo bebé de él y Yessica, Luis Enrique, murió al cabo de cáncer con muy poco apoyo moral por parte de su padre) y machista (la mencionada relación con Solano terminó al cabo porque “era rebasado” por la cantidad de mujeres que “se le ofrecían”, entre ellas Angélica Rivera[1]), pero por sobre todo evidencian a un funcionario público que se sirve del Estado para fines frívolos: aprovechar un viaje oficial para disfrutar con una amante es algo que solamente una sociedad con un analfabetismo político tan pronunciado como la nuestra puede pasar por alto. Las fotografías del mencionado viaje ofrecidas por Tavira en el libro son espeluznantes: observamos en ellas a una pareja en luna de miel y no a un servidor de la nación en viaje de negocios. En el mismo sentido va la anécdota de la cita romántica en el restaurante Sir Winston Churchill’s: a cualquier gerente (ya no digamos directivo) de una empresa importante le produciría escalofríos ausentarse medio día laboral para irse a ligar toda la tarde (el referido día 21 de junio del 2007 fue jueves). Pero tal parece que Peña Nieto no pensaba que una gubernatura como la del Estado de México era una empresa importante.
¿Qué decir al cabo de su estrecha relación con el oscuro ex gobernador Arturo Montiel? Acusado de enriquecimiento ilícito desde el fin de su mandato en el 2005 (señalamiento que lo obligó a dejar la precandidatura presidencial del PRI con miras al 2006), con la certeza de numerosas y costosas propiedades a nombre de sus hijos, operador determinante en el ascenso al poder gubernamental de Enrique Peña Nieto, su más reciente fechoría explica claramente la truculenta ruta de afinidades con el hoy candidato a la Presidencia de la República por el Partido Revolucionario Institucional: la utilización del Poder Judicial del Estado de México para la comisión del delito de secuestro (de sus propios hijos) en agravio de su exesposa, la ciudadana francesa Maude Versini.[2] Ambos personajes entretejidos por una forma de hacer política para el usufructo personal y de camarilla; para la preservación de un sistema de corruptelas, desvirtuación de la ley y de actuar unilateral en beneficio de unos cuantos, que no se corresponde en lo absoluto con las altas demandas de funcionalidad política que el mundo globalizado contemporáneo requiere. Emisarios al fin de un pasado que en nuestro medio se niega a morir por más que en el resto del mundo haya sido superado tiempo atrás.
El PRI, un monolito del pasado

El libro de Tavira pone de manifiesto asimismo el arribo vertiginoso, en la figura de Enrique Peña Nieto, de la chabacanería nacional sin cortapisas; kitsch clasemediero al que él mismo pertenece (su programa infantil favorito era el Chavo, recibió una educación católica recalcitrante, tuvo todos los automóviles de moda en los ochenta, es afecto al pop nacional, etcétera), por más que, a juzgar por sus propiedades y estilo de vida, también comentados en el texto, posea una considerable fortuna personal.
La foto de la boda con la actriz de Televisa, Angélica Rivera (p., 130), es elocuente al respecto: una pareja reciclando el cliché del largo de blanco y el frac, con la mole imponente del recinto católico catedralicio como trasfondo, revestidos por la impecabilidad de quien se asume como “gente bien”, en concordancia con los mandatos del tradicionalismo mexicano, aburguesado, hipócrita, superficial. La puesta en escena de la boda en segundas nupcias de Enrique Peña Nieto se halla en perfecta concordancia con la última estratagema del Partido Revolucionario Institucional para intentar el regreso al Poder Federal. Porque el PRI, con su enorme aparato heredado del pasado no ha actualizado ninguno de sus presupuestos de fondo, ha mantenido una dinámica de alineación de sus cuadros fundamentales, de hegemonía práctica, conceptual y de imagen, así como un desempeño político basado en “el incumplimiento selectivo de la ley”, como dice Roger Bartra, pero ha encontrado un pivote para ajustarse a los tiempos actuales de la política de marketing: se ha convertido en el recolector de la cursilería nacional, en el generador de la fuerza centrípeta del kitsch mexicano.
Allí convergen las necesidades reales de progreso económico y confort social de una sociedad en desarrollo con un variopinto conjunto de vicios conductuales e ideológicos históricos: el catolicismo light, el amor romántico estereotipado, la idea de la familia tradicional hipostasiada, la visión esencialista de los roles de género con su concomitante aceptación del machismo, la creencia ideologizada de que “como México no hay dos”, es decir, que toda anomalía comportamental social es validada por nuestra pretendida condición excéntrica en el mundo, esto con el anejo dispensamiento de la corrupción, los abusos de poder y la perpetuación de una ciudadanía enana y apática.
Así, con la imagen pública, pero sobre todo privada de su candidato presidencial para este 2012, el Revolucionario Institucional ha realizado la juntura explosiva entre la política autoritaria a la antigua y las más recalcitrantes aspiraciones de buena parte de la sociedad mexicana, tanto las legitimas como las pueriles; lo que muchos críticos han observado es cierto: la actual imagen de dicho partido ha pasado de la demagogia al teledrama. De esta manera, Peña Nieto y su entorno social y familiar se convierten en un talismán para los sueños aspiracionales de miles de mexicanos. Cosa que movería más a la compasión que a la indignación, de no ser por el tétrico trasfondo de ello: en verdad las clases medias nacionales saben que al cabo de varias generaciones no habrá movilidad para ellas en el escalafón social, que existe una condena de clase y carencias para todas ellas, puesto que ni el sistema económico ni el sistema educativo, tradicionalmente vistos como los medios de la movilidad social, pueden siquiera ofrecer un mínimo de esperanza en este sentido. En consecuencia, esas masas sensibles al manejo de imágenes hueras, ven en Peña Nieto y sus desplantes cursis magnificados mediáticamente un reflejo de sus anhelos, la consagración de lo que quisieran ser si la vida fuera otra.
El libro de Alberto Tavira es un documento valioso y valiente sobre la personalidad de quien aspira a ser Presidente de México. Lo publica a sabiendas del poder que pueden poseer personajes oscuros como los herederos del famoso Grupo Atlacomulco del Revolucionario Institucional. Hasta la fecha, nadie lo ha desmentido y sí, en cambio, han salido a la luz pública personas, especialmente mujeres agraviadas, que han denunciado a Peña Nieto en el mismo sentido que las entrevistadas por el periodista. Y hay un dato curioso que él resalta y que vale la pena mencionar para finalizar: el candidato presidencial del PRI no nació en Atlacomulco sino en la Ciudad de México:

Cuenta la leyenda que, en los años cuarenta, una vidente de nombre Francisca Castro Montiel hizo la siguiente revelación a los notables de Atlacomulco: “Seis gobernadores saldrán de este pueblo. Y de este grupo compacto, uno llegará a la presidencia de la República”. Francisco Cruz y Jorge Toribio Montiel, en su libro Negocios de familia, explican que Peña es el sexto gobernador que proviene del Grupo Atlacomulco y por tanto en él descansan las esperanzas de varios de los miembros del clan. Pero hay un ligero detalle en la predicción, del que pocos se han percatado: “Sólo uno de ellos ha de alcanzar el anhelado sueño presidencial y ése ha de ser nacido en Atlacomulco…”, continúa Francisca, y da la casualidad que Peña Nieto nació en el Distrito Federal. Bueno, eso me lo dijo su propia madre (pp., 38-39).

Una ciudadanía sólida, informada, activa y con plena asunción de sus poderes políticos no dejaría al azar esotérico que personajes con serias debilidades personales, dudosos en su formación profesional y ligados a muchos de los elementos más perniciosos para la correcta funcionalidad del sistema político, llegaran o no al poder. Ejercería su fuerza de voto a favor del beneficio colectivo y en contra del beneficio de camarillas y de individuos astutos y aviesos. Por desgracia, como Luhmann supo ver en su momento, eso sigue siendo un privilegio de otros países, en otras circunstancias y en otros mundos.
*Alberto Tavira, Las mujeres de Peña Nieto, México, Océano, 2012, 148 pp.
Esta reseña ha sido originalmente publicada en Replicante:  http://revistareplicante.com/de-la-demagogia-al-teledrama/




[1] En los momentos finales de su romance, Solano y Peña Nieto sostuvieron la siguiente conversación (el primero que habla es Peña Nieto):
—Pues los niños se fueron con su tía Claudia (Petrelini), entonces invité a Angélica a comer el domingo.
—¿Qué Angélica?
—Pues Angélica Rivera.
—¿Cómo por qué, Enrique?
—Pues porque está haciendo la campaña y la invité a que conociera Ixtapan.
—Tú te estás dando cuenta de que estás haciendo cosas que no debes, ¿verdad?
—Pues tú para qué te vas.
—¿Qué hiciste?
—Nada. No me preguntes nada. No quieres saber nada.
—¡Dime! ¿Sí o no?
—No me preguntes.
—No te soporto. Me das asco… (pp., 110-111).
[2] Al respecto, véase la investigación del semanario Proceso en los artículos de Anne Marie Merguier, “Maude Versini: ‘Voy a dar la batalla…’” en el número 1839 (29 de enero del 2012) y “Las múltiples trampas de Montiel” en el número 1841 (12 de febrero del 2012), al igual que el texto “Un regalo para Calderón” de Homero Campa en el referido número 1839.

miércoles, 11 de abril de 2012

Democracy afterwards

Pursuing his own purposes, nineteen century Mexican dictator, Porfirio Díaz, declared once that Mexico wasn’t ready for democracy; in consequence, he must rule the country until the right moment for the time of the transition. At the end of his dictatorship amid several social rebellions and general disorder along the country, the old general told to the American journalist James Creelman, in an interview for The Pearson's Magazine, that the country was ready for democracy. Of course, Díaz was just bragging because the country was about to burn in a set of revolutionary explosions north and south, east and west. It was the beginning of Mexican revolution. After that, the country gained everything but democracy. Instead, Mexican citizens obtained the perfect dictatorship (Nobel Prize Mario Vargas Llosa dixit) of the Partido Revolucionario Institucional (Revolutionary Institutional Party) or PRI by his Spanish acronym.  There were seventy years of an authoritarian regime, full of corruption, inefficiency and disdain for the citizens.
A century later, Díaz's asseveration unfortunately has proven to be right: there are not enough conditions to such a system to be fruitful in Mexican soil. Let me make my point. It is not because there aren’t formal institutions like political parties, a federal office in charge of elections, a central management of secret ballot, a national deputy office to survey, investigate and punish irregularities along elections time, and so on. The problem is much more deep and disturbing: there is no majority of citizens to the level of the quest. Because democracy is much more than regular voting, long and expensive campaigns and a mass media blast of spots, news and comments. Mainly, it is a state of mind. It’s a belief-to-action process which central concept is commonwealth. In the age of globalization, citizenship means solidarity with the other unknown. In other words, the capacity to imagine personal situations far beyond our own ones: thinking about extreme poverty, indignity, human exploitation, discrimination; environmental damage, senseless waste of natural resources, urban degradation, and so on. In a word, democracy requires a well informed and sensitive citizenship.
PRI legacy: '68 students massacre.

And Mexico lacks of such a citizenship. Certainly there are some places where people with high labels of education or political consciousness, or both, tries to be aware of the actual state of the nation, promote civil actions to defend their rights and uses different media to influence peacefully other persons in matters like avoiding corruption acts, follow the law and exercise the civil rights everywhere, anytime. One of those places is Mexico City and its urban class. By that, it’s not rare that a liberal party has ruled the town since late nineties, winning three elections in a row by a clear majority of votes. Regarding to this, in a recent poll, Mexican prestigious newspaper, Reforma, found that 55% of the City’s citizens would vote for PRD for Mayoralty and 45% would chose the same Party for Presidency (considerig that there are another three political options). This numbers reveals an inclination for a historically different option in the political life of the country. PRD (Spanish acronym for Democratic Revolution Party), has achieved remarkable political goals in Mexico City laws such as gay marriage legalization, abortion as a legal election for women (restricted to the first twelve weeks of gestation) and an effective separation of governmental affairs from the powerful Mexican Catholic Church intervention.
No matter what, two and a half months before the Federal elections to vote for President, there is a pervasive movement in the country wishing a restoration period with the return of the old authoritarian party that emerged from the Mexican revolution eighty years ago. This party, as the prominent Mexican analyst Roger Bartra has said (his essay on the matter “La hidra Mexicana”, could be seen in Spanish in the next link: http://www.letraslibres.com/revista/convivio/la-hidra-mexicana), haven’t changed its modus operandi. After losing two Federal elections in a row against the rightist PAN (Spanish acronym for National Action Party), the way its politicians are, and its authoritarian and currently corrupted socio-political practices are the same than two or three generations ago. “It is not –says Bartra- that the PRI is turning to the past, it is the past. They cannot return to the past because they never left the past”.

PRI legacy: former President José López Portillo (1976-1982) and one of the worst national bankruptcies.

Bartra’s thesis is that there is a certain orphanage syndrome in a lot of Mexican people and now is exploding in the form of a restoration will. Surely this is true. But there’s another essential factor in the formation of the shocking desire of millions of Mexicans for the return of PRI to drive the nation’s destiny. There is a pervasive ignorance in the majority of Mexican citizens. From humble workers to successful entrepreneurs, entire sectors of society haven’t read a scholar or novelistic book in their entire life. Basically, Mexican people are "educated" through television soap operas, low class funny shows, pro-governmental and biased newscasts and a battery of catholic clichés concerning the form of family, restricted sexuality and traditional genre roles. This TV-directed pseudo education operates like a reinforce of uncritical conservative thinking; that is, the Mexican kitsch that covers most of the national interactions.
Within this framework lies an intellectual blindness that blurs actual reality shapes. Millions of persons in Mexico simple cannot see the real configuration of a political party like PRI. They are blind to the essence of its failure, then and now: that it’s a socio-political formation that is anchored to the past; its way of work, to manipulate people, to spare corruption, to be a one thought organization, to enjoy itself in the national kitsch and a voluminous etcetera, are perceived as good qualities, according to a supposed Mexican reality, exceptional in world history.

PRI legacy: former President Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) and 2012 presidential candidate Enrique Peña Nieto: old and new forms of corruption.

But the truth is far different. The kind of formations that the Institutional Revolutionary Party represents are common to the most questioned political parties around the world, named Communist Party of North Korea or Cuban Communist Party. The time of this kind of organizations is over by now. The social system worldwide has mutated into a complex, fast and multi-dimensional entity that cannot be apprehended with monolithical decisions, vertical structures and unipolar thinking. Hence, PRI is an evolutional anomaly. Its form could not fit the present form of the world.
Sadly, the majority of electorate is not to up to level of this reality. In the eternal dispute between conservative and progressive forces, the first ones are winning the battle. It will take an entire generation, maybe two, to invert this situation. Meanwhile, in the short time, there will come a dark period of restoration with the disgraces that come with a major failure in the wrong match between an absurd relic of history and the high requirements of our perplexing world system.

viernes, 6 de abril de 2012

La política como el reino de la funcionalidad


Durante siglos, el arte de gobernar fue comprendido como el centro no sólo de la vida comunitaria, sino también como el de la vida ética de un conglomerado de personas en torno a un territorio compartido. Aristóteles fue el pensador que dio la forma más acabada a esta pretensión con su idea de que el Estado era la extensión de la familia y de que ambos eran indisociables del buen vivir. Los ciudadanos y los políticos compartirían un marco moral común que se traduciría en instituciones éticas de beneficio compartido. Eso fue sin duda cierto y muy seguramente operativo en la antigua Grecia, con ciudades de unos pocos miles de ciudadanos, democracia elitista a mano alzada y la reunión de linajes, sabios y advenedizos avezados en el arte de gobernar a unos cuantos que se podían ver cara a cara en la plaza pública, en el gimnasio, en el mercado.
Con el paso del tiempo, la tradición de vincular la ética con la política se convirtió en un tópico teórico en Occidente. Con el agregado de la virtud del gobernante, debido a la inteligencia política renacentista, cuyo representante más conocido fue Nicolás Maquiavelo, se pensó que podía existir un recetario ético juicioso sobre el comportamiento de aquellos que ejercían el poder en nombre de muchos. El modelo para ello fueron los manuales de caballería que circularon con cierta abundancia durante el tardo medievo, como señaló con puntualidad el sociólogo alemán Niklas Luhmann en su insigne ensayo de 1996, “Sobre políticos, honestidad y la alta amoralidad de la política”, publicado en México por la revista Nexos (disponible en línea en la dirección: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=448187). En ese mismo texto, Luhmann determinó que las condiciones de la política moderna no pueden ya apegarse a un ideario moral ni a un recetario ético. El modo de ser del sistema social contemporáneo, ordenado en enclaves funcionales bajo la lógica de sistema/entorno, obliga a un cambio de paradigma en el actuar político. Dicha modificación, en breve, lleva de la ética a la pragmática.


¿Significa esto, entonces, que el sistema político debe ser dejado a su libre arbitrio? ¿Qué hay con aquellos ejecutantes de la política profesional que en número creciente cometen acciones poco éticas? ¿Qué pasa con los llamados para moralizar la política? En breve, podemos afirmar que todas estas preguntas están desencaminadas. La política no debe ser moralizable, puesto que en las condiciones de las democracias representativas modernas, la lógica que la rige es la de la competencia entre partidos. Por lo tanto, implica un estado de cosas mucho más cercano a las justas deportivas que a las diatribas desde el púlpito. Es decir, los competidores, en principio, pueden ganar o perder de acuerdo con las reglas del juego y ni lo uno ni lo otro los vuelve más “malos” o más “buenos”, en sentido moral. Por supuesto, al igual que en el deporte, debe existir un sólido conjunto de árbitros y analistas que especifiquen, determinen y, en su caso, juzguen si la contienda se ha llevado a efecto de acuerdo con las reglas del juego o si, por lo contrario, se ha hecho trampa aquí y allá, para actuar de manera punitiva en consecuencia.
La columna vertebral de esta postura es la funcionalidad del sistema político. En principio, existe un conjunto bien delimitado de estipulaciones de lo que debe realizarse desde el sistema político, cuáles son los vínculos que tiene con otros sistemas funcionales como el económico, el educativo, el científico, etc., y cuáles son los deberes y los límites de su actuar. En esta medida, los llamados moralizantes están de más. Cuando, por ejemplo, un político utiliza su cargo, relaciones profesionales y recursos públicos encomendados para fines personales, como pueden ser la seducción de una mujer o el enviciar a su favor un juicio de custodia de infantes, que son aspectos estrictamente personales, simplemente debe ser removido de su cargo, determinar cuáles son las faltas administrativas o penales que cometió y ser castigado en consecuencia, puesto que con sus actos está impidiendo la correcta funcionalidad del sistema político. Si en el foro, en las revistas del corazón o en el altar es calificado de “malo”, eso es un asunto que no interesa al sistema político. Debe ser calificado de incompetencia, abuso de poder, abandono del cargo (por ejemplo, cuando un funcionario pasa el tiempo de sus horas laborales en comidas románticas en restaurantes de lujo) y demás, en términos estrictamente formales. Esto, claro está, engloba la vigilancia de la corrupción en todos los niveles, puesto que es una de las maneras más contundentes de atrofiar el buen funcionamiento de la política. Por ello, no en vano, los actos de corrupción están perfectamente tipificados tanto por el sistema de control interno de la política como por el sistema jurídico de una nación, y no debería quedar uno solo en la impunidad.
En México, la diferenciación funcional de la política y del resto de sistemas que constituyen el engranaje de las complejas sociedades contemporáneas recién se está llevando a cabo. Por eso tienen cabida y aceptación pública lo mismo los discursos morales en torno a la política que la indulgencia para el uso del poder con fines frívolos. Sin embargo, es tiempo de ir generando la consciencia que uno de los pilares por construir y solidificar es justo el punto de vista funcional de la política. Ésta es un subsistema social que está ahí para servir a la gente, para generar acciones que beneficien a las mayorías, para crear espacios de sana convivencia entre las personas, para vincular necesidades populares con rendimientos prácticos y para generar identidades ideológicas en torno al bien común, y nada más que eso debería exigírsele; nada más, pero nada menos, por supuesto.
El presente texto apareció originalmente en mi columna para Raztudiomedia; puede verse en el siguiente link:  http://raztudio.com/columna-politik-la-politica-como-el-reino-de-la-funcionalidad-2/

viernes, 9 de marzo de 2012

A dinosaur on the shore

There are some persistent collective ideas in the history of humankind. Many of them are built-in with different myths; whose, in turn, are shaped by a variety of archetypes that according with his most prominent analyst, Carl Gustav Jung, are the imprints of human's ancient formation of mind. One, stubborn, die-hard and pervasive is the God hypothesis. Of course, ancient ages shaped to posterity the key elements of God's myth with a battery of elements such as his metaphysical character, his necessity and his will; the affirmation of a willingness universal power. Modernity changes this perspective and either denied or modified the conception of God. There is either no God at all, or there is a special form of him, radically diverse from the ancient one. The last alternative begins with an important shift: from “he” to “it”. Clearly, speaking of God is not speaking of some person. On the contrary, is to speak of something essentially different from an individual person. Nowadays, under the sciences’' influence there is a widespread comprehension of God as a universal principle of order, a fluctuation between order and chaos, the essence of the Nature’s framework through time.
In these terms emerges the Theory of Evolution with its several ramifications. Such theory tells the epic of the natural world into ages with its unthinkable extended time, its paradoxical biological formations that swings between the hazard and the necessity of the existence of each being alive in the world’s history. As The Theory of Evolution establishes that “Evolution rhymes, patterns recur”, (as Richard Dawkins, says in his work The Ancestor’s Tale, no matter how carefully he takes this assertion), it informs a mythical history of Being. Let’s be clear: evolution is a myth because it’s a way to shape the world and our experience of it in terms of full sense, as polish philosopher Leszek Kolakowski established in his classic essay The Presence of Myth, and this involves a set of assumptions that are beyond empirical scope and verification, spawning in consequence a form of metaphysics that shapes the entire universe of the theory. Of course, in this time we don’t have a better way to explain the cosmic and natural development of our planet and its creatures. Even more: that is the only way to explain it.

Terrence Malick's The Tree of Life

That’s why it’s not rare that in a brilliant contemporary theogony such as Terrence Malick’s The Tree of Life, there is an affirmation of this modern conception of God. In the bombastic and beautiful sequence of Genesis, among the formation of Milky Way, the start of the Sun and the birth of Earth itself, we see the powerful image of a wounded dinosaur on the shore of a primitive beach. With its hyperrealistic craftsmanship, Malick’s dinosaur makes clear the film's point of view on God: the great chain of Being full of life, interactions, dynamics and movement across time and space but without intentional purpose. A pervasive but blind God. Sometimes this vision is called “pantheism”.
On the foundations of the ancient Earth belief, scientific humankind has built a large and prolific system of theories and securities about the meaning of life. And there’s nothing better to face the world as it shows us: as an endless symphony of objects and the relationships between them. It’s proper and fair that we accept all this as a precise description of reality, a matter of fact about us and our planet. But we must have in mind its mythical core in the sense of American philosopher W.V.O. Quine: 

As an empiricist I continue to think of the conceptual scheme of science as a tool, ultimately, for predicting future experience in the light of past experience. Physical objects are conceptually imported into the situation as convenient intermediaries −not by definition in terms of experience, but simply as irreducible posits comparable, epistemologically, to the gods of Homer. Let me interject that for my part I do, qua lay physicist, believe in physical objects and not in Homer's gods; and I consider it a scientific error to believe otherwise. But in point of epistemological footing the physical objects and the gods differ only in degree and not in kind. Both sorts of entities enter our conception only as cultural posits. The myth of physical objects is epistemologically superior to most in that it has proved more efficacious than other myths as a device for working a manageable structure into the flux of experience. (The quote is taken from his essay “Two Dogmas of Empiricism”.)

Dinosaurs, like Homer gods, are the substance of our metaphysics, the way we set up our scientific image of God, no matter how aporetic this may sound. That’s the game of reason across the ages, the way we make a stand for our actions and our way of living in the planet; the way, in sum, that we create our universe, our reality and our gods.

domingo, 4 de marzo de 2012

El espacio vacío de la política contemporánea

La política contemporánea es el arte de  la gestión de la entropía. Es decir, la administración de las estructuras estatales en constante desgaste. El manejo del Estado en medio de una crisis global de sus cimientos. Puestos a  prueba de manera brutal por una serie de factores acuciantes, lo mismo estandarizados que anómalos, los fundamentos del Estado nación contemporáneo viven hoy un periodo de crisis a nivel mundial, debido a tres dinámicas perniciosas principales: 1) pérdida de legitimidad ciudadana ante crecientes incapacidades funcionales (inseguridad, falta de servicios, desempleo, etc.); 2) descapitalización como consecuencia de 1), creando un círculo vicioso; 3) incapacidad administrativa y política para solventar 1) y 2).
En este contexto, el problema más vistoso sin duda es el tercero. En palabras del filósofo alemán Peter Sloterdijk, “...el hecho de que los políticos en activo estén tan raramente a la altura de los nuevos retos −intelectualmente no lo están casi nunca, moralmente a veces, pragmáticamente más mal que bien− produce en parte un descontento masivo, y cada vez más agudizado, con la clase política... Esta impresión ya sería lo suficientemente crítica, pero además ocurre que a los políticos, y cada vez con mayor frecuencia, se les sorprende -en Buenos Aires y en Roma tanto como en Bonn, Múnich o Kiel- en fraude, abuso de poder e imprecisiones” (véase su ensayo En el mismo barco, pp., 70-71).

Frivolidad, corrupción, incapacidad en Roma como en Toluca

Esta cuestión de hecho, que es ya parte del modo de vida de nuestra civilización, en la que los representantes del pueblo forman camarillas cínicas que simulan velar por el bien común, pero que en realidad únicamente persiguen fines personales, la mayoría de las veces mezquinos, como el enriquecimiento ilícito, la posesión de bienes y los líos de faldas, es particularmente grave en los países del Tercer Mundo, puesto que en ellos la vida institucional es débil, la legalidad es incipiente y la rendición de cuentas prácticamente inexistente. Por ello prevalece la amplia sensación pública de que “todos los partidos son iguales” y de que “no hay a cuál irle” cuando se presentan los candidatos de los diversos niveles para ser votados por la ciudadanía.
Esto es básicamente cierto y existe ahí un nudo gordiano social que parece irresoluble. Parece que hay un destino ineludible en la alta ineficiencia de la clase política profesional. Sobre esto se han dilucidado diversas causas endógenas, como las redes de complicidades, los montos millonarios desregulados que maneja el sistema político, la insuficiencia institucional y el deficiente ordenamiento constitucional del ejercicio público. Por no hablar, claro está, de la avasallante presencia de la economía criminal y su poder de penetración y cooptación de los políticos. Todo lo antedicho es una realidad llana y simple cuya resolución no se vislumbra en el horizonte. No obstante, Sloterdijk va más más allá. Afirma: “Probablemente el generalizado menear la cabeza en alusión a las deficiencias del personal político oculta un descontento global que aún no ha tomado forma: apostaría directamente a que se trata de los estados aurorales de una toma de conciencia de alcance mundial sobre insuficiencias antropológicas” (ibíd., pp., 71-72).
Cuando observamos los solazamientos masivos en la impunidad cotidiana, de baja intensidad pero omnipresente, la total carencia de sentido cívico en los adultos y de respeto por los demás en jóvenes y niños, la apatía política, la negligencia social, la incapacidad para preocuparse y ocuparse de la vida en comunidad en todas sus facetas (de las juntas vecinales al resguardo de la vida democrática), aunado a graves lagunas educativas, formativas e informativas en el grueso de la población del Tercer Mundo (y también de otras partes del mundo), queda claro que no tanto se tiene a los políticos que nos merecemos, sino a los que podemos. Entonces, la crisis es estructural y es uno de los retos mayores de nuestra generación. La pregunta queda de esta manera abierta: ¿por dónde comenzar?
Este texto apareció originalmente en mi columna Politik para Raztudio Media:  http://raztudio.com/politik-columna-manuel-guillen/

 

viernes, 2 de marzo de 2012

The new ride of the World Vigilante

In a recent binational meeting in Mexico City, United States’ Secretary of Homeland Security, Janet Napolitano, said that like they did with Osama Bin Laden last year, her country special forces eventually would find Mexico’s ultimate narco, Joaquín “Chapo” Guzmán. “And you know what happened to Osama Bin Laden”, she added. Her asseveration was a real statement about our time's geopolitical trend. With the most prominent army in the world, a worldwide spying net, directed by skilled agencies with long-life experience in the matter, a cutting edge technology both in weaponry and in information gathering and a pervasive set of financial, cultural and political interests in the entire planet, America is a die-hard empire. Since the beginning of the nineties, America has reached its most precious sci-fi dreams in weaponry, as the Army showed worldwide in ‘91 Desert Storm against Saddam Hussein’s Iraq. Nowadays, there is a world of drones, photographer satellites and intelligent rockets operated overseas working day and night on the America’s side.

SEALs in action

In these terms, the operation to bring down Osama Bin Laden was the perfect symbol of the American present times. The entire strategy revealed clearer than ever the new dimension of America’s role in the flat, fast and furious postmodern world: the trend to become a smooth but powerful global vigilante. Not because it had been history’s first time that American special forces make an intervention like that (on the contrary, its known that such practices are common in recent history of US unipolar dominance), but because it settled a crucial turn in their global leadership against the outlaws. We are perceiving a slight but unremitting gliding from straight intervention to surgical extraction or even elimination of the empire enemies. In the near future, major strikes could be done by the use of robotics, and the extensive use of drones in Iraq points in that direction. Meanwhile, key figures of terrorism, organized crime and violent radicals along the world would be retired SEALs’ style. (SEALs, of course, was the unit on charge to erase Bin Laden from the face of Earth.)
In his marvelous report on the hunt and final death of Osama Bin Laden, “Getting Bin Laden”, published in The New Yorker last august, American journalist Nicholas Schmidle, tells in detail the key moments of the military operation to kill public enemy number one. (The text is available at http://www.newyorker.com/reporting/2011/08/08/110808fa_fact_schmidle.) Reading it we get the intelligence to see the kind of efficiency that US Special Forces have in order to survey, find and attack the enemy. There are the prominent results of decades of military leadership in the planet. That is the product of the sum of programs, methods, systems, human training and R&D in war technology to the service of American justice. 

CIA Headquarters

For sure, there’s a number of ethical problems in this kind of justice but for now it’s the best we have in the world. Let’s be clear in this point: United States is an empire and acts like that, period. In consequence, its actions must be seen as the result of its national interests around the world. But at the same time, there’s a righteous sense of pragmatic ethics that the rest of the world (or, at least, the rest of the Western world) can no more than accept with enthusiasm. It’s the realm of the so called community values or national values; that is, the set of presuppositions that we have to assume as essential in order to set up an ethic discourse against alternative ways of thought. American philosopher Richard Rorty worked a lot in this path: in this side of the world, there is no other way to establish right or wrong in national and international affairs than thinking democracy, human rights and free speech as the essentials of our ethical and political practice.
So, this is the actual crossroad of American power: turn itself into a democratic vigilante, no matter how paradoxical this may sound. Maybe that is a good way to move forward its immense fire power and bureaucracy of war. For sure, it would be a right strategy to face its financial decline by cutting the overwhelming expends that traditional wars involve. But at the same time those are good news for the rest of the world: we would have a very efficient crime cleaner on our side.