miércoles, 27 de julio de 2011

La omnipresencia de la balada


Considerada por los puristas, los exquisitos y los recalcitrantes como un género espurio de la cultura popular, la balada romántica ha sido generalmente excluida de las consideraciones teóricas, analíticas y conceptuales de la mayoría de los que se dedican al estudio de la estética o de los fenómenos culturales contemporáneos. Retenida para la prensa de espectáculos y para uno que otro musicólogo (en México creo que sólo un par más aparte de Jaime Almeida lo ha hecho) que le ha dedicado el espacio que merece, la balada es vista como una especie de música de masas alienante, barata y desechable.
No pretenderé afirmar que, por contra, es un tipo de música que pasará a la posteridad o que genera piezas exquisitas e imbricadas. Pero sí afirmo que hay un espacio cultural y cognitivo digno de ser tomado en cuenta en lo que al desarrollo de la baladística se refiere. En mi artículo con motivo de las listas musicales propuestas por Replicante hace un par de meses (disponible en la liga: http://revistareplicante.com/mes/mayo-2011/diez-discos-de-baladistas-masculinos-en-espanol/), afirmé que el género puede no gustar en lo personal, pero que hay ahí un rico territorio por explorar en materia de estética: la relación entre la cadencia, la semántica y las emociones del escucha.
Reservado de manera pertinaz para los momentos de desamor de la gran mayoría de las personas, el conjunto de las baladas (mi texto se circunscribía a las ejecutadas en español por cantantes masculinos, pero, por supuesto, el espectro en género e idioma es mucho más amplio) pone de relieve un acontecimiento social de enormes dimensiones: la construcción del código del amor romántico con base en una semántica redundante que genera una clase específica de emociones. Algo que Niklas Luhmann estudió con prestancia en su maravillosa obra El amor como pasión.
De esta manera, el encuadre musical/cognitivo/semántico de las baladas, actualiza dicho código y provoca una andanada emocional en el escucha, puesto que ha sido entrenado toda su vida para responder adecuadamente a ello. En breve, nos engañamos cuando creemos que eso que llamamos amor (con su consabido ciclo de enamoramiento/estabilidad/desamor) es algo más que la reavivación de un código semántico específico. De ahí la universalidad de las baladas.
Sin embargo, una vez aceptado esto, sí que podemos dar rienda suelta, en nuestra individualidad, a las emociones provocadas. Por eso hay cualidades en los intérpretes. Hay diversas calidades y matices y los más renombrados son lo que mejor han sabido transmitir, por medios que podemos llamar de implicación conversacional (tomando prestado el término de Paul Grice sobre las cualidades del lenguaje hablado), los vaivenes de las emociones amorosas; es decir, más allá del código, estos cantantes impactan de manera sui generis a la sensibilidad peculiar de cada uno de los escuchas.
La balada romántica es, en suma, un fenómeno ineludible de nuestros tiempos. Y, como también afirmé en el artículo antedicho: quien nunca haya escuchado una balada en una noche de copas y desamor, que tire la primera piedra.

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