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Revista Replicante

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lunes, 16 de junio de 2014

El teatro del mundo. Exposición colectiva


De todas las formas del arte, la arquitectura es donde convergen de manera irrecusable la funcionalidad y la estética; la inventiva individual y la necesidad colectiva; lo público y lo privado; el capital de Estado y el capital corporativo. Incluso algunos críticos han visto en ella el signo preclaro de la actual época histórica, como fue el caso del filósofo de la cultura estadounidense, Fredric Jameson, quien vio en el desarrollo de la arquitectura contemporánea, el signo paradigmático de nuestros tiempos, llamados postmodernos: la irreversible colonización del mundo del arte por el capital financiero global.
En este contexto, se presenta la exposición colectiva El teatro del mundo en el Museo Rufino Tamayo de la Ciudad de México. Compuesta por 25 obras de 21 artistas internacionales, es una colección ecléctica que muestra una diversidad de técnicas, materiales e intencionalidades para revelar por medio de la expresión plástica y visual la mencionada complejidad social en torno al fenómeno arquitectónico. A decir de la curadora, Andrea Torreblanca, “Hay una relación muy estrecha entre la arquitectura y la teatralidad. Tenemos a la arquitectura como pabellón, como monumento, como utopía y como ornamento. Esto es parte de lo que los artistas han querido exponer con sus trabajos”.





De esta manera, tenemos una variedad de propuestas que evocan de manera precisa diferentes aspectos de la arquitectura en su tránsito imaginativo, cultural, social y político. Así, por resaltar algunos ejemplos entre la multiplicidad de trabajos de la exhibición, el artista austriaco, Andreas Fogarasi, plasma en una serie de cuadros minimalistas con sólo el rótulo nominal en ellos, una muestra ficticia del marketing general de las ciudades, encarnado en aquellos nombres estereotípicos que las urbes adquieren con el paso del tiempo (“The first city”, “The silver city”, “The copper city”, etc.), ya sea por espontaneidad social, discursividad política o interés económico y que terminan siendo la referencia nemotécnica ineludible al pensar la ciudad en cuestión.






Por su parte, el artista venezolano, Alexander Apóstol, con la serie de fotografías Skeleton City, muestra, dese lo particular, una problemática generaliza en diversas partes del mundo, pero muy especialmente en el llamado Tercer Mundo: los dislates administrativos en el manejo de los recursos públicos y privados, plagados de corrupción, trampas y fraudes en despoblado. Por medio de una serie de fotografías del inacabado desarrollo arquitectónico, habitacional y turístico, de Isla Margarita en Venezuela, que fue promovido estatalmente hace un cuarto de siglo como una muestra de la bonanza petrolera de aquella nación sudamericana, y que terminó como una ciudad fantasma de dimensiones colosales, expuesta al deterioro medioambiental y al olvido social. La serie es un reflejo fiel de la circunstancia de la arquitectura en las latitudes del subdesarrollo mundial: el dispendio festivo, desparpajado, engañoso, y la larga resaca de penurias sociales que le siguen, los saldos de la depauperación económica generalizada a expensas de las fantasías ideológicas de la demagogia tropical.




En tanto que el artista griego Kostis Velonis, mediante una escultura hecha de cerámica, madera y acrílico, erige una poderosa evocación del quebranto de las culturas y las civilizaciones, que se produce de manera inevitable a través del tiempo histórico, y cuya historia de gloria, decadencia y final dispersión en el tiempo es narrada de manera inequívoca por los restos arquitectónicos que logran sobrevivir al devenir de la sociedad. Así, la pieza, intitulada Life without Tragedy, representa un foro de la época griega clásica, pero ya calcinado y en ruinas. Elocuente y penetrante, su visualidad revela el estado presente de una herencia cultural que yo no posee vitalidad social, sino solamente interés arqueológico. Destino ineludible de toda grandeza temporal: la precariedad de la gloria presente y la apuesta por un futuro rescate generacional de su significado, así sea como memoria histórica compartida.




Algo similar refleja la serie de fotografías intervenidas del mexicano José Dávila, si bien en clave postmodernista; Dávila seleccionó fotos antiguas de algunas edificaciones emblemáticas del arquitecto hispano-mexicano, Félix Candela, para después deconstruirlas simbólicamente mediante recortes en el papel fotográfico. Candela fue un representante paradigmático del boom del modernismo arquitectónico mexicano, vinculado con la bonanza económica del medio siglo XX, en lo que internacionalmente se conoció como el “milagro mexicano”, o la inclusión del país a una esfera relevante del sistema de producción industrializada mundial, que tuvo su cierre simbólico con la represión gubernamental de las protestas sociales del ’68. Dicho “milagro” se reveló ficticio y pésimamente administrado en las décadas subsecuentes, hasta llegar a las grandes quiebras financieras y estatales de los años ’82, ’87 y ’94-‘95. En consecuencia, si la arquitectónica de una sociedad revela su bienestar general, aquello que representó el trabajo de Candela, desapareció a través del tiempo nacional en las décadas de los setenta, ochenta y noventa, desintegrándose entre las tumultuosas crisis económicas y sociopolíticas del México contemporáneo. De esta forma, el trabajo de Dávila transmite de manera rotunda una crítica de aquello que pudo ser y ya no lo fue más. La nostalgia de un mundo posible que se materializó, pero no se consolidó a través del tiempo. Fantasmas de arquitectura que siguen acechándonos en nuestros ensueños de bonanza y redención social; espectros de un pasado que, hoy lo sabemos, pertenece más al mundo de la ficción que al de la realidad concreta y cotidiana.







*Esta nota apareció originalmente en Milenio.com, disponible en:

domingo, 1 de junio de 2014

#Todos somos Timoteo de Rodrigo de la Sierra


El camino, sin duda, lo pavimentó Warhol hace ya medio siglo: la fusión inseparable ya entre arte y mercado, la puesta en cuestión del paradigma del arte reservado, enclaustrado, platónico, cara al academicismo y al purismo estético; al cabo, las lecciones prácticas de Warhol sobre arte y mercado, y sobre el arte como mercado, fueron lo preponderante en la estética occidental. Hoy, ya nadie con seriedad podría realizar una crítica moral de dicho paradigma estético. Que el arte sea comercial, y siga siendo arte, es parte de la axiomática cultural de nuestra era postmoderna. Lo único que sí no ha cambiado al cabo del tiempo, es la medición de la calidad de las obras de arte. Forma, pericia técnica, densidad significativa, hoy como ayer, representan el carácter valorativo básico de la creación artística.



Escalera eléctrica, 2012.


 
Justo bajo este parámetro se evalúa la obra escultórica del artista mexicano Rodrigo de la Sierra. Con base en el personaje central de Timoteo, lograda caricatura de las actitudes humanas que, en palabras del artista, “se vuelve un espejo de quien lo mira” y que “tiene como base la dinámica de la acción”, ha generado un universo plástico que combina con precisión el gancho estético comercial con la lograda ironía crítica, común al arte de valía cultural.




Instalación conceptual: Éxodo, 2012.



En conversación con Milenio.com, de la Sierra expresó que “todo comenzó como una auto crítica; Timoteo en su inicio fue mi alter ego, que se transformó en un personaje universal que sirve para realizar una ironización de la sociedad actual; con él he intentado reflejar la levedad del Ser”. Arquitecto de profesión, tras más de una década de dedicarse a dicha actividad estético-pragmática, decidió hinchar las velas por el camino exclusivamente escultórico. En dicha empresa, ha sabido mezclar el sentido administrativo con el creativo; una acertada noción de lo comercial, sin perder la intencionalidad estética tradicional; al respecto, el escultor afirmó: “no me parecen que lo comercial y lo, llamémoslo cultural, estén contrapuestos. Mi experiencia en el ámbito arquitectónico me ha dado la posibilidad de establecer un adecuado esquema de negocios, sin perder el sentido de lo que quiero decir con la escultura. Bienales y galerías; casas de cultura y exposiciones comerciales, no se contraponen”.
De esta manera, accedemos a la serie de 20 esculturas y una instalación con 7 más, todas con el personaje central de Timoteo, ser humano caricaturizado que transmite la épica absurda de nuestro tiempo (por cierto, el artista avanzó en la charla con Milenio.com que posiblemente lo pueda expandir al mundo de la ilustración, la animación y la pintura). 






Happiness, 2012.


Así, a través de un justificado didactismo, el autor trabaja en sus esculturas (todas ellas de bronce, aunque con una pátina especial que les da una visibilidad marmolea) una narrativa cercana a la historieta conceptual. Ejemplos de ello son las obras Happiness, en la que un grupo de Timoteos hacen fila, ven la hora, cuentan sus monedas y finalmente pasan frente a una máquina que levanta un espejo para prodigarse una sonrisa en el reflejo; acabado el momento, regresan a la grisura de lo cotidiano. O en Memento mori: un pelotón que se dirige entusiasmado al campo de batalla con la muerte impasible cuidando la retaguardia. Y, quizá la más contundente de todas: Escaleras eléctricas, en la que un grupo de hombres giran en banda potencialmente al infinito. Dependencia inexorable del ser humano y su máquinas, sin sentido de la vida moderna; o, por mejor decir, sentido interno sin resolución, ensimismado e imparable. 





Memento mori, 2012.




*Esta nota apareció originalmente en Milenio.com; disponible en:

jueves, 29 de mayo de 2014

Glorieta Vaqueritos de Héctor Villarreal: la carcajada de la desolación



En su panorámica investigación sobre el estado y la tendencia actual de numerosas ciudades súper pobladas del Tercer Mundo, Planeta de ciudades miseria, el investigador estadounidense Mike Davis, afirma que el devenir de las megalópolis del Sur tiende a la consolidación de un mundo posturbano: desregulado, tumultuoso, hacinado, carente de servicios generales y proclive a las autorregulaciones privadas, sean solidarias o criminales. Esto es lo que en otro lugar he llamado el creciente proceso de cyberpunkización de las metrópolis modernas: la pérdida de la civilidad sancionada y de la bonanza regulada, en medio de un mundo tecnologizado, con la concomitante expansión del deseo insatisfecho de vida plena a través de las mercancías.
La Ciudad de México, entonces, se inscribe en esta dinámica de la caotización urbana, tendiente a su previsible desintegración futura. Una dinámica vital de esta magnitud, necesariamente requiere aprehensiones literarias a la altura de las circunstancias y es aquí donde se inscribe la obra híbrida de Héctor Villarreal. Una de las mentes críticas más brillantes y agudas de la generación nacida en los setenta del siglo pasado, el narrador, analista político y doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM, confeccionó una serie de micro crónicas citadinas con morfología poética, que también pueden ser leídas como una poética analítico-descriptiva de la sociedad. Trabajo formal y semántico contundente que, partiendo del rescate sarcástico de la cotidianidad del sureste citadino, con su chocarrera y chabacana convivencia, genera un espacio significante de la desolación urbana tercermundista en general. Así, la breve colección de textos gozosamente híbridos, abre mediante un contundente díptico las puertas del infiernillo citadino cotidiano:

Glorieta Vaqueritos

Una glorieta,
debajo de un paso a desnivel,
partida a la mitad,
donde nadie da vuelta,
con una fuente sin agua,
tiene un nombre que ha sido borrado.

Al Sur

Más al Sur,
donde la vida es gris.
Más al sur, donde la gente se confunde con los muros sin pintura y las banquetas quebradas.
Más al sur,
hasta donde sólo hay norte.

Diversos motivos destacan en estas crónicas poéticas de apertura de la colección: el abandono urbano como espectro premonitorio del porvenir, cuando las estructuras, edificaciones y trazos metropolitanos hayan perdido su razón de ser, cayendo en la espiral de la sinrazón posturbana, como ya ocurre a manera de biopsia de un cáncer venidero en la referida glorieta coapeña, al igual que la pérdida del significado de lo que fue y para qué fue con el nombre que ha desaparecido de su razón de ser. Asimismo, en la parte complementaria del díptico, el juego doble del significado del sur: sur de la ciudad, en efecto, pero también el Sur en la distribución de los centros de poder de la producción mundial en la dicotomía financiera, política y bélica Norte-Sur. Sur geográfico y sur geoestratégico, la irreparabilidad del Tercer Mundo en suma. Asimismo, ese sur inevitable, en decadencia y anómalo avanza inexorable hacia el norte; en el caso de la Ciudad de México, se hermana en la precariedad de su estatus periférico con los territorios depauperados de la zona norte conurbada: territorios sin ley en proceso de acelerada descomposición social y urbana. En la remisión que excede pero posibilita la existencia de una ciudad como el Distrito Federal, es decir, en la evocación del sistema-mundo al uso (Wallerstein), la corrosión del Sur acecha al Norte, contagiándolo con su anomalía de enclaves desregulados en crecimiento sostenido en medio de los grandes centros metropolitanos del Primer Mundo.


Portada del libro


La obra entera, escueta pero potente, revela el ojo avezado de un flâneur postmoderno a la caza textual de lo que oye y ve en la baja ralea de los sureños barrios decadentes de la Ciudad de México, que alguna vez soñaron con afianzarse en la clase media hasta que descubrieron que desde hace una generación dicha categoría social no existe más. Y así lo elabora puntual Villarreal:

Vales de despensa

Pinche miseria:
caguamas en fondas
vivienda popular
trabajos eventuales
televisión gratuita
bailes de cumbia
rateros en la calle
asaltos en los micro
calumniadoras de acoso
policías de mierda
calles miadas, pestilentes
papel del que raspa
calzones desgastados
futbol mexicano
con bacachá dorado
damas despechadas
bailan pasito duranguense
paisajes deprimentes
destinos decadentes
otro día sin vales de despensa.

Amplios conjuntos poblacionales, retratados con crudeza en el libro, que han sido exiliados para siempre de las ventajas (por mínimas que sean) de las estructuras de bienestar del Estado, de por sí sometidas a un embate incesante desde hace un cuarto de siglo; no entendiéndolas como dádivas gubernamentales, sino simple y llanamente como un mínimo principio de promoción estatal de la movilidad social, hoy inexiste. O, por mejor decir, inexistente de acuerdo con el paradigma ya envejecido del pasado siglo. Puesto que sigue existiendo una salida en caudal para hacerse con parte de la inmensa plusvalía que la sociedad genera (pero que si bien va el asunto, sólo a cuentagotas llega a las periferias urbanas por medios tradicionales): la criminalidad en sus diversas formas, pero principalmente como crimen organizado en torno al negocio de los narcóticos ilegales. “Por aquí no han pasado los narcos ─dice una contundente voz (semi) ficcional en Narcorrevolución─, los estamos esperando… Los estamos esperando como a un ejército de liberación”. 

El autor, momentos antes de la presentación del libro en el CCM.


En su momento, cuando el libro fue presentado al público, en el destacado Centro de Cultura Multimedia, debajo de la Estela de Luz, los asistentes reían con muchas de las enunciaciones de la obra. Hubo incluso francas carcajadas. De manera cierta, hay rasgos humorísticos, irónicos y lingüísticamente festivos en la mini crónicas poéticas de Glorieta Vaqueritos. No obstante, la clave de las mismas es eminentemente tragicómica; la generación de un horizonte semántico (es decir, textual y descriptivo) que abre el espacio de visión hacia un ominoso porvenir, a un tiempo desolado e inevitable.


El marco citadino de la presentación de Glorieta Vaqueritos.


De esta manera lo subrayó un breve video de autoría propia que Héctor Villarreal presentó allí como parte de algunos complementos multimedia a su obra. Titulado "100 metros de Coapa" (disponible en YouTube: http://youtu.be/_EvWzaOV8-k), lleva, desde el punto de vista del  peatón que mira al suelo en su andar, por una décima de kilómetro prístina en su rotundez: calles con montones de basura, charcos de agua infecta, sonidos de pájaros y motonetas, fragmentos de conversaciones con acento barriobajero; el delineado de los puestos ambulantes; aceras viejas, rotas, asimétricas. El espacio depauperado de la desolación cotidiana, aquella que quizá una esporádica carcajada (en la borrachera, en el sexo, en la fiesta y en la droga) nos haga olvidar por un momento que dura lo que una exhalación que, irremediablemente, la luz al final del túnel de nuestra megalópolis es un tren que corre a toda velocidad en contra nuestra.


Anti arte que remeda a Damien Hirst; complementos multi mediáticos el día de la presentación.


*Héctor Villarreal, Glorieta Vaqueritos, Mono Ediciones, 2013.