jueves, 18 de agosto de 2011

La permeabilidad de la cárcel

Michael Massee como Isaiah Haden en Revelations

En la serie de fantasía religiosa, Revelations, transmitida por la NBC en el 2005, el personaje que representa al demonio en la Tierra, Isaiah Haden (Michael Massee), es enviado a prisión por el asesinato ritual de una niña (evento alrededor del cual gira la intriga de la historia). En la cárcel, comienza su prédica oscura que culmina con un sangriento motín. En una de las mejores escenas de la mini serie, Haden se encuentra en una especie de trono improvisado protegido por esbirros reclutados de entre los más peligrosos reos. Él en una posición elevada orando al mal; ellos un poco más abajo listos para pelear. En el resto del edificio federal, hay una carnicería desatada con incendios diversos. La secuencia del motín manifiesta su clara significación: la prisión es una parte del infierno. Es el infierno en la Tierra.
EnlaceEn mi ensayo “El descontrol estatal de la violencia”, aparecido en Milenio Semanal (disponible completo en: http://www.msemanal.com/node/4492), afirmo:
Entre los enclaves que revelan la capacidad de control de la violencia por parte de un Estado, está el sistema penitenciario. Cuando éste queda fuera de la égida estatal, puede hablarse con certeza de un Estado fallido o de la inminencia de éste. La razón es clara: al momento de perder autoridad sobre el sistema carcelario de una nación, lo que esencialmente se evapora es la inminencia invisible del poder del Estado, su capacidad de hacerse presente sin estarlo; su omnipresencia virtual, fundamentada en la capacidad de respuesta jurídica, científica y policiaca, queda en entredicho. Esto en el nivel del poder intangible de su autoridad. En el nivel de lo tangible, un sistema penitenciario que ha escapado al control del Estado, se convierte en su némesis. Se vuelve un espacio de protección criminal y de reproducción perpetua de la conducta antisocial y, en consecuencia, anti estatal.


En efecto, en un Estado en crisis, a un paso de ser un Estado fallido como el México contemporáneo, el poder de la cárcel es descomunal. Se convierte en un verdadero invernadero venenoso. Allí brotan, crecen y se multiplican los más acabados comportamientos de la desinhibición decadentista de nuestra época de transición cultural, social, económica y política (que, a falta de un término mejor, hemos llamado “postmodernidad”). En ella, se trastoca el orden valorativo de la civilidad moderna (fundamentado en el principio consensuado de la dignidad humana desde el Renacimiento) por la liberación de los impulsos asesinos de la especie. Ninguna consideración es más poderosa que el dinero, y el deseo de venganza social es la norma de conducta de los que allí emergen. La cárcel es la institucionalización de la bajeza humana. Desde su centro vital, ejércitos de seres humanos verdaderamente posthumanistas salen a las calles a enseñorearse con lujo de violencia y de impunidad. La prueba más inquietante del poder antisocial, anti estatal y anti humanista de la prisión es su imparable capacidad para corroer el tejido social que la circunda, convirtiéndose en el eje de vida no sólo del delincuente, sino de las personas a él vinculadas, ya sea por parentesco o afinidad. La cárcel genera un contra sistema social férreo y vigoroso. Basta y sobra con ver las escenas histéricas de los familiares de los presos ante un amotinamiento: hay verdadera angustia. Para ellos, el delincuente sigue siendo el proveedor y el jefe de la casa. Es el sustento de una economía ilegal perfectamente aceptada por el círculo familiar del maleante. Un modus vivendi patológico completamente normalizado. Para ellos, su vida es valiosa no por ser humana, sino por ser pragmática.
A las afueras de un penal amotinado
 
La sociedad que permite este prohijamiento contrasistémico está destinada a una convulsión inevitable. Como ha ocurrido en México, la estrategia ha sido negarlo consuetudinariamente. Pero lo cierto es que cada vez hay más personas que han pisado la cárcel o se han relacionado con personas que allí han estado. Como aquel que se gradúa de la universidad y, a fortiori, tiene una serie de habilidades desarrolladas para ponerlas en práctica cuando la ocasión se lo permita (es decir, cuando encuentre un trabajo afín a su formación), el que ha sido presidiario no mengua ante el castigo sufrido; puesto que, por hipótesis, esa no es la función de la prisión en un Estado en crisis, sino prepararlo con una serie de habilidades delincuenciales que pondrá en práctica en cuanto la ocasión lo amerite. Ejemplos claros en nuestro país, son las bandas de taxistas asaltantes, violadores y secuestradores: todos ellos se enquistaron en la cotidianidad poseyendo antecedentes penales y carcelarios listos para ser utilizados.
Cuando la cárcel cunde y se expande, prolifera y permea zonas cada vez más amplias del entramado social, todas las alarmas deberían sonar en una nación. Con infortunio, no es el caso en nuestra patria (aquí sí la llamo tal y no ante el kitsch teledirigido con "bicentenarios", "selecciones nacionales" y dudosos actos políticos oficiales). El precio que pagaremos será enorme, y si no, al tiempo…


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