Powered By Blogger

Revista Replicante

  • https://revistareplicante.com/
Mostrando entradas con la etiqueta civilización. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta civilización. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de agosto de 2011

La guerra y la adicción


Justamente entre uno de esos dos lados (la guerra y la adicción) del difícil binomio decisorio sobre las drogas ilegales pendula el futuro de un Estado como el mexicano. Péndulo cuya inercia ya no está en manos de nada más que de las fuerzas históricas echadas a andar por la dinámica propia del capitalismo desde su incepción primigenia hace medio milenio. Quizá con exceso de sobre simplificación, pero ciertamente bordando sobre e
l flanco más problemático del asunto, los analistas de Forbes, Robert Hahn y Peter Passell, han afirmado que la guerra en contra de las drogas, en ambos lados de la frontera mexico-estadounidense, está perdida. En efecto, en su artículo “The War on Drugs: Doubling Down on a Bad Bet” (disponible en: http://www.forbes.com/sites/econmatters/2011/08/10/the-war-on-drugs-doubling-down-on-a-bad-bet/2/), afirman que “The war on drugs, now in its fifth decade, was never winnable”; y que “Eliminating the supply of extraordinarily valuable drugs that can be made/grown almost anywhere without modern technology, is nearly impossible”.

Lo sostenido por los analistas estadounidenses no es nuevo y tiene ya tiempo de escucharse con cada vez mayor fuerza en la opinión pública internacional. En este sentido, las voces que se han levantado en favor de la legalización de los estupefacientes que faltan por hacerlo (recordemos que hay una variedad de ellos que circulan de manera controlada y, por supuesto, el máximo narcótico de todos los tiempos: el alcohol) no son pocas y en el medio de opinión en castellano figuran entre ellas Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes (así como el trabajo de la ONG CUPIHD, que hace una intensa labor para ese cometido). Sobre el particular, el más reciente Nobel de Literatura ha dicho:

…es absurdo declarar una guerra que los cárteles de la droga ya ganaron. Que ellos están aquí para quedarse. Que, no importa cuántos capos y forajidos caigan muertos o presos ni cuántos alijos de cocaína se capturen, la situación sólo empeorará. A los narcos caídos los reemplazarán otros, más jóvenes, más poderosos, mejor armados, más numerosos, que mantendrán operativa una industria que no ha hecho más que extenderse por el mundo desde hace décadas, sin que los reveses que recibe la hieran de manera significativa…

El problema no es policial sino económico. Hay un mercado para las drogas que crece de manera imparable, tanto en los países desarrollados como en los subdesarrollados, y la industria del narcotráfico lo alimenta porque le rinde pingües ganancias. Las victorias que la lucha contra las drogas pueden mostrar son insignificantes comparadas con el número de consumidores en los cinco continentes. Y afecta a todas las clases sociales. Los efectos son tan dañinos en la salud como en las instituciones.

(El artículo completo, “El otro Estado”, puede verse en la liga: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Estado/elpepiopi/20100110elpepiopi_11/Tes)

Con su tradicional claridad, Vargas Llosa dice sin ambages lo que los analistas de Forbes dicen de manera más cauta, pero igual de urgente (y que, por cierto, mereció la rápida descalificación del gobierno mexicano): estamos entrando en una nueva fase de la economía global. En términos del análisis filosófico, yo diría que estamos entrando en la etapa ultra capitalista de nuestra civilización, liderada por las bandas de narcotraficantes y la criminalidad organizada en general, que desde hace ya algún tiempo el pensador neoyorquino Immanuel Wallerstein ha llamado “el principio de la mafia”. Justamente el propio Wallerstein ha advertido sobre las insospechadas mutaciones de los sesgos cupulares de la sociedad occidental en los últimos siglos. Ha dicho que nos encontramos en el inicio de una etapa civilizatoria crepuscular y que ésta dará lugar a diferentes convulsiones y dinámicas sociales caóticas en sus diferentes enclaves mundiales, y que de ella saldrá un nuevo orden societal que aún no podemos describir con precisión. Que quienes ahora tienen el poder harán todo lo posible para mantenerlo y que, ya mismo, están pensando en las alternativas que el nuevo orden global les ofrecerá para perpetuarse en la cima. Retóricamente, Wallerstein ha cuestionado “¿Quién se iba a imaginar hace 500 años que los antiguos señores feudales se convertirían en los capitalistas burgueses de la Modernidad?”.

La política, la economía y la convivencia ciudadana tendrán que lidiar con el advenimiento de los poderosos jugadores con poder extremo de nuestra época, a querer o no. Estamos ante el desarrollo final de una nueva manera de acceder al mercado mundializado de las sustancias toxicológicas, cuya fuerza centrípeta subsumirá al resto de negocios a lo largo y ancho del planeta, especialmente por los ingentes volúmenes de riqueza que maneja y desplaza. El factor del aumento de la adictividad en el escenario de una legalización en masa no es un tema menor y tiene que sopesarse en su justa medida. Pero ahora quiero llamar la atención sobre un asunto civilizatorio que se encuentra como trasfondo de las afirmaciones de los columnistas de Forbes: que la nueva era de la economía global, empujada violentamente por los barones del crimen organizado en el planeta entero, tiene ya el espaldarazo teórico. En esto quiero ser muy puntual para no moralizar en manera alguna: en términos del tiempo largo de la sociología, eso no es ni bueno ni malo, sencillamente es (que, para nosotros, hechos con los valores del iluminismo nos parezca abominable, es otra cosa). Cuando esto se verifica, estamos ante uno de los pilares de un cambio civilizatorio mayor. Ocurrió con el empuje del cristianismo (visto por los antiguos romanos como una aberración) hasta llegar a ser la religión imperial en el siglo IV con una intrincada fundamentación teológica, y ocurrió con el capitalismo burgués en el Renacimiento (visto por lo señores feudales y el clero como un ultraje) hasta llegar a dominar todos los ámbitos de la vida y tener a su favor los más finos argumentos de la filosofía política del siglo XVII.

Así que, por lo que se vislumbra, los Estados corsarios se hallan a una nadería de establecerse en buena parte del Tercer Mundo y al parecer serán ellos la vanguardia del porvenir, permeando hasta las naciones que hoy los han mantenido a raya en el centro del sistema mundial (sobre el advenimiento de los Estados corsarios, realizo una breve digresión en mi ensayo "Un abrupto atardecer apocalíptico", publicado en la última Replicante impresa y disponible en mi página de Scribd: http://es.scribd.com/doc/61103521/Un-abrupto-atardecer-apocaliptico). En la nueva lógica del capitalismo por ellos practicado, éste se pone en marcha sin metáforas. O, mejor dicho, sedimentando las metáforas hasta hacerlas descripciones de hechos. Quiero decir: en la última fase de la acumulación del valor cuando dice “posicionarnos a cualquier costo” dice posicionarnos a cualquier costo; cuando dice “eliminar a la competencia” dice eliminar a la competencia, y cuando dice “hacer cenizas el negocio ajeno” dice hacer cenizas el negocio ajeno. Vienen tiempos oscuros y decadentes, y sólo nos queda, para resistir, el dictum de Vasili Grossman (a propósito de la tragedia estalinista en su querida Rusia): “todo pasa”.

miércoles, 27 de julio de 2011

La saturación simbólica de Kris Kuksi

En su artículo sobre el arte de Kris Kuksi (disponible en Replicante digital: http://revistareplicante.com/artes/arte/el-realismo-neobarroco-de-kris-kuksi/), el profesor Efraín Trava afirma que:
"No es casualidad que el pastiche neobarroco se posicione como una tendencia sólida en el ámbito de la creación artística contemporánea. El Barroco es un periodo de cierre, un tiempo en el que se apura la síntesis dentro de un marco en decadencia; son las postrimerías de una cosmovisión (weltanschauung) que está a punto de despedirse y que lo hace, según el signo barroco, de una manera ostentosa".
En este sentido, la desaforada dinámica del capitalismo tardío estaría preludiando su final explosión, víctima de sus propias aporías. Algo que desde Marx se ha estado esperando, pero que, en realidad, nunca ha ocurrido de manera sólida y, a través del perilplo histórico de la Modernidad/Posmodernidad, sólo se ha comprobado la tremenda mutagénesis del sistema para perpetuarse a través de las generaciones.
Sin embargo, hay de manera cierta signos que apuntan en ese sentido. El pensador neoyorquino Immanuel Wallerstein ha alertado sobre algunos de ellos: 1) la desruralización sostenida del mundo y su concomitante pérdida de poblaciones enteras hiper explotables; 2) la creciente competencia de los productores de mercancías a nivel global, con la difícil ecuación entre excedentes de plusvalía y seducción del consumidor por el abaratamiento de los productos; 3) la sobre saturación de los mercados por las exigencias de la moda y el corto tiempo de vida de los productos; 4) la pérdida de legitimidad de los Estados nacionales con el subsecuente debilitamiento de la capacidad recaudatoria; 5) el fortalecimiento internacional del "principio de la mafia", llenando espacios vacíos de gobernabilidad con una lógica capitalista extrema en la que se literaliza la metafórica guerrera de dicho sistema económico; y, muy especialmente, 6) la aceleración del deterioro ecológico por efecto de la industrialización mundial a lo largo y ancho del planeta.

Puede ser, en efecto, que el tiempo crepuscular de nuestra civilización haya llegado sin marcha atrás. En este orden de ideas, siguiendo el texto de Efraín Trava y las imágnes que en él se ofrecen, encuentro en las piezas de Kuksi la encarnación simbólica de este periodo de decadencia. Hay en ellas un encarnizamiento con el desecho, vía la sobre saturación del espacio al mismo tiempo restringido e infinito de la obra de arte, que lo eleva al punto de representación irónica del sistema social contemporáneo: vivimos en medio de un muladar pleno de productos que perpetuamente se encuentran en la zona liminal del uso/desperdicio. Si el resultado del trabajo del artista estadounidense es un kitsch inmaculado, chocarrero, agresivo, que asalta al buen gusto con aires de antigua ranciedad, la razón de ello radica en que es una alegoría fiel de la peculiaridad de nuestros tiempos. El desenfreno de la carrera mercadológico-productiva ha llevado a eso: a convertirnos en una civilización cursi y mimada, pagada de sí misma, regodeándose en las toneladas de basura que cada segundo produce, por más que la publicidad (segunda rama de movimiento masivo de dinero a nivel global, sólo después que el petróleo y antes que las armas) nos diga que todo es en aras de la moda, lo in y lo vanguardista; del sano movimiento económico mundial y de la necesidad de que los engranajes productivos universales no se detengan jamás.
Perder la mirada en las obras de Kuksi es adentrarse asimismo en las circunvoluciones de un tiempo paradójico, que al mismo tiempo ha creado la más densa zona de confort de la historia, que la más siniestra incubación de su auto aniquilación tangible, materializada, quizá ineludible. Es, por igual, la voluntad nihilista de ver en los subproductos de dicho tiempo, la oportunidad de elevarlos al rango de piezas dignas de admiración. Es la contraluz del quebranto de cualquier equilibrio posible; es un alarde de equilibrio formal fastuoso en una era que pasará a la posteridad como el epítome del desequilibrio en todas sus formas (ecológico, social, político, económico, etc.). Es, también, el envés de un arte (el clásico, el moderno) que buscaba lo sublime y sólo encontraba la locura: es retrotraer la locura de nuestra civilización al espacio de la voluntad estética, creadora del arte en todos los tiempos, conformadora del orden en medio del caos.