sábado, 16 de febrero de 2013

El cazador de los siete mares


El capitán Ahab es un dragón de los mares luchando contra su propia sombra. Mejor todavía, contra su propio reflejo; uno distorsionado, agrandado y deforme de sí mismo. Es también la encarnación de la maldad (“Yo te bautizo no en el nombre del Padre, sino en el del Diablo”, dice en latín al forjar con sangre de salvajes impíos el hierro del arpón de su última batalla) que necesita afianzar su espíritu salvaje, indómito y guerrero persiguiendo a un doble perverso al que interpreta como el exotismo puro, el mal en sí mismo: su cacería es su expiación.  

Moby Dick, la mítica e imposible ballena blanca, cachalote feroz que alguna vez arrancara de cuajo uno de sus piernas, obligándolo a valerse del marfil de ballena para sustituirla: prótesis hecha de la esencia y las entrañas de la especie enemiga, lleva a Ahab, impeliéndolo a perseguirla por todas las aguas, hasta los cálidos, briosos y salvajes mares del Sudeste terráqueo en los que culminará su lucha y su delirio.
La fiebre ─literalmente, el capitán padece constantes fiebres que sugieren causas de su locura persecutoria─ de venganza del mandamás del ballenero de Nantucket, Pequod, afianza en la extrapolación de su propia violencia. La mole de inteligencia cuasi humana que es la abominable criatura del océano se convierte en el objetivo válido de la ira y la sinrazón del cazador blanco. Protegido ─evadido y exiliado en sí mismo al fin─ en una burbuja de civilización que le proporciona su condición de humano, occidental y capitán, el enloquecido marinero se halla en condición de (auto) justificar su viaje sin retorno, condenando a una variopinta, polifideísta y multirracial tripulación (el Pequod como reflejo microcósmico del melting plot por excelencia) a la muerte segura ante el desigual combate contra la naturaleza y sus engendros; combate del que sólo sobrevivirá la última palabra, la de aquel que como el viejo marinero de Taylor Coleridge sólo ha sobrevivido para dar constancia de los saldos de la demencia: Ismael, nombre y retórica de resonancias bíblicas, justo como la lucha misma entre el terrible mamífero acuático, el Otro in extremis, y el implacable ballenero, el espíritu justiciero occidental. Ahab es la razón, el portento de la Modernidad, la técnica al servicio de la justicia por más que ésta nazca de la pura y simple venganza; Moby Dick es el salvajismo, la aberración de un mundo anacrónico que es necesario o bien conquistar (la práctica misma de la caza de cetáceos), o bien extinguir, hacer desaparecer de la faz de la Tierra, así vaya la vida en ello. No obstante, ambos comparten y constituyen una sola dinámica guerrera: la lógica de la furiosa turbulencia del espíritu guerrero que se subsume en su propia vorágine sangrienta.


Moby Dick en la ilustración del Leviathan de Mastodon


La historia de Ahab es una interpretación posible de la historia de los Estados Unidos. Nación guerrera por excelencia, a lo largo de su joven historia ha esparcido la guerra y su espíritu a lo largo y ancho del planeta. Pero al mismo tiempo ha necesitado negar el elemento guerrero primigenio consustancial a su acelerada transformación imperial. Provocar y perpetuar la guerra en sí misma y para sí misma, dejándose llevar por su lógica metafísica y primordial, es cosa de pueblos salvajes. Escalpar cabezas es la antítesis de la civilización.
Es así que se ha dado resistencias ideológicas: la Unión Americana, esa sociedad de plástico, acero y microcircuitos, del dispendio obsceno, la vanagloria y la arrogancia, es la civilización. Su espíritu guerrero, entonces, no proviene de la sed de sangre primitiva, sino del afán justiciero de la nación donde la autoconciencia de la Razón hegeliana ─¡el fin de la Historia!─ se ha cumplido en el siglo XX. Por supuesto, la historia desmiente a la ideología. Los cielos calcinados del derrotado Japón en el verano de 1945; la furia desbordada del instinto asesino que encontró su contraparte exacta en el sanguinario Vietcong sobre suelo vietnamita durante los sesenta y setenta del siglo pasado; la serie de micro invasiones, conspiraciones y estrangulamientos militares a lo largo y ancho del planeta durante la totalidad de la pasada centuria. Con todo, ellos se asumen como la maravilla, la divinidad encarnada aquí en la Tierra: “La tecnología es nuestro destino, nuestra verdad. Es aquello a lo que nos referimos cuando nos calificamos como la única superpotencia del planeta. Los materiales y los métodos que ideamos nos permiten reivindicar nuestro futuro. No tenemos necesidad de depender de Dios ni de los profetas ni de otros prodigios. Nosotros somos el prodigio”  [DeLillo, p. 37].

De nuevo, la burbuja protectora de Ahab; sólo que ahora en lugar del hierro forjado, la madera y las velas de navegación son los circuitos integrados, los sistemas funcionales, la energía atómica y las telecomunicaciones que todo lo nombran, lo dicen, lo acechan. Ellos, como dice con acidez DeLillo, son el vértice, el referente primordial por grandioso, ineludible, omniabarcante. En tanto que allá, en los mares milenarios e ignominiosos, vive el mal; lo salvaje irredento, prístino en su blancura de odio ─como la mítica ballena─, vigilante de los movimientos del prodigio de Occidente, que en su patrullaje de las aguas que por derecho divino le corresponden, espera el menor descuido para eliminarlo o, por lo menos, destrozarle una pierna: “El detonante de su furia es Norteamérica. Es el deslumbrante resplandor de nuestra modernidad. Es el embate de nuestra tecnología. Es esa carencia de Dios que transmitimos. Es la capacidad de la cultura norteamericana para traspasar todos los muros y penetrar en cada hogar, cada vida y cada mente” [Ibid, p., 8].

Encontrado entre la espada y la pared [between a rock and a hard place], el extraordinario novelista que es Don DeLillo vacila en este ensayo (originalmente publicado en Harper’s Magazine en diciembre del 2001 y después mañosamente editado como libro por Circe para venderlo a precio de oro en su traducción española) entre su condición de lúcido intelectual que brinda pasajes de pulcra ironía autocrítica como los citados y el ineludible sentimiento nacionalista que opone axiológicamente el perenne choque entre Oriente y Occidente: “Dos fuerzas en el mundo, el pasado y el futuro… Pero ahora existe un estado teocrático global, flotante y desprovisto de fronteras, y es tan obsoleto que ha de depender del fervor suicida para lograr sus objetivos” [Ibid, pp., 53-54]. Por supuesto, es posible ver en esta afirmación algo verdadero. No existen santos en la batalla. Sería infantil interpretar como válidos y justos los métodos del terror y la guerra de raíz islámica. No obstante, el punto esencial aquí es que en la lógica guerrera no cabe la valoración moral. La lucha en sí misma es su propia realidad y objetivo. Si ellos, los otros, han elegido el “fervor suicida” para el aniquilamiento; los Estados Unidos, con el fin de hacer valer su sed de venganza y dar rienda suelta al instinto guerrero, se han decantado por la high tech bélica y la violenta usurpación de cualquier otra consideración legal o moral que pudiese regir en el mundo. Eso es todo lo que no debe olvidarse. 

Neoyorquino como es, DeLillo ha vacilado en este punto. Por momentos, ante la nostalgia y el duelo que nuestro natural sentimiento de compasión disparan, pierde de vista la lógica profunda del ataque a las Torres Gemelas: La maravilla civilizatoria occidental se hermana en la sed de sangre de sus bárbaros atacantes. Justo como el primer timonel del Pequod respecto al cachalote blanco. La lucha entre ellos no es la del bien y el mal; ni siquiera la de la revancha guerrera, aunque se le acerca. Es en cambio, la de la supremacía de la violencia. La aparatosa, enloquecida y extenuante persecución que Ahab realiza por todas las aguas de la Tierra es la búsqueda de sí mismo; el deseo de ver su reflejo diabólico en toda su blonda pureza. El mal, la sustancia de la guerra, persiguiendo su propio llamado; su eco infinito y abismal. El cazador de los siete mares y su abominable cetáceo sólo son dos demonios de un mismo infierno en busca de la supremacía del reino de las llamas; hoguera de la historia y todas sus almas.


El insigne escritor neoyorquino Don DeLillo.


En medio del fragor de la batalla final, de la confrontación total con el Otro que no es sino la más pura manifestación de sí mismo, el barco zozobra y se hunde en un remolino apocalíptico que lo sepultará en las aguas eternas de un paraje exótico: “The ship! The hearse! ─the second hearse! cried Ahab from the boat; “its wood could only be American!” Los Estados Unidos lo saben, lo han conocido por lo menos desde la Guerra de Secesión, haca ciento sesenta años. Lo vivieron con toda su crudeza tras una década de lujuria bélica en Vietnam y siguen negándolo; empecinados en una ceguera histórica irrisoria, pretenden conservar una pureza por principio inexistente: la metafísica de la guerra es un huracán que estruja atacantes y atacados. En efecto, la madera de la carroza fúnebre ha de ser americana. Así ha sido y será mientras esta especie pueble y domine la Tierra. El sino de los imperios es la generación de su propia gloria y su propio ocaso. No hay tierra inmaculada. Carente de pathos guerrero y sentido de la tragedia, el joven y colosal imperio republicano quiere, necesita, anhela, saberse inerme, pulcro, redimido de su ansia bélica No es que sus enemigos sean inexistentes, mucho menos justos o buenos (aquí no encuentra lugar el código moral bueno/malo) es, en cambio, que sólo existen porque ellos son su fiel espejo; prisma y súmmum de sus odios y querencias. Tras la fachada de modernidad, democracia y liberalismo yace un dragón marino que no conoce cansancio ni demora para perpetuar el instinto del combate, la esencia al fin de este cúmulo de primates superiores con fino lenguaje y pulgares prensiles en lugar de garras.
Han sido maestros de ello. Décadas de vanagloria de poseer el armamento más letal que haya conocido este planeta; usurpación de la palabra por el canto de las armas; encumbramiento universal con base en el poder de la más depurada funcionalidad guerrera que la Modernidad tecno-científica haya podido producir; esparcimiento salvaje de una forma de vida sobre el aullido de los caídos en combate, exóticos y propios. Sería prematuro, tremendista y carente de sustento empírico afirmar que el ataque del 11 de septiembre del 2001 fue el cierre del círculo conflagratorio estadounidense, aunque sí hay visos de ello en tal acontecimiento. América, como ellos se autonombran en una mezcla de arrogancia e ignorancia, ha cosechado un fruto más de la lógica que pusieron en marcha el día que su bandera ondeó por primera vez sobre un suelo soberano (el Palacio Nacional de México, ni más ni menos). La historia los ha alcanzado una vez más:


Ahora un grupo de hombres han alterado literalmente la silueta de nuestro firmamento. Hemos retrocedido en el tiempo y en el espacio. Es su tecnología la que gobierna nuestros momentos: los pequeños artefactos letales, los detonadores por control remoto que fabrican sirviéndose de transistores, o esa tecnología más ambiciosa que toman prestada de nosotros, reactores de pasajeros que se convierten en misiles tripulados. Tal vez sea éste el lúgubre mensaje implícito en la empresa que han acometido. Esos hombres ven algo inminentemente destructivo en la naturaleza de la tecnología. La tecnología lleva la muerte a sus costumbres y a sus creencias. Utilicémosla como lo que es: algo que mata [DeLillo, p. 42].


Irremediablemente guerrera, la nación más poderosa del planeta ha cancelado quizá para siempre la distancia reflexiva y el acto de contrición. Como el desquiciado marinero que persiguiera por todos los mares a la ballena blanca, en el momento final, cuando la conflagración es un tobogán en espiral hacia el abismo, sólo han podido y podrán entonar una salmodia de destrucción, orgullo y muerte total; la llama donde fenece y renace su temida y acallada esencia infinita: 



Oh, now I feel my topmost greatness lies in my topmost grief… Towards thee I roll, thou all-destroying but unconquering whale; to the last I grapple with thee; from hell’s heart I stab at thee; for hate’s sake I spit my last breath at thee. Sink all coffins and all hearses to one common pool! and since neither can be mine, let me then tow to pieces, while still clashing thee, though tied to thee, thou dammed whale! Thus, I give up the spear![1]







• Herman Melville, Moby Dick or the whale, Penguin Books, New York, 2001, 624 pp. 150th Anniversary Edition. Introducción de Nathaniel Philbrice.
• Don DeLillo, En las ruinas del futuro, Circe, Barcelona, 2002, 61 pp. Traducción de Gian Castelli.
*Este texto fue originalmente publicado en la revista Casa del Tiempo en octubre del 2002; lo republico aquí con ligeras modificaciones.



[1] O: “Oh, ahora me doy cuenta que mi mayor grandeza es mi mayor pena… Hacia ti me dirijo, ballena todo destructora e inconquistable; hasta el final lucho contigo; desde el centro del infierno, te alanceo; en el nombre del odio te escupo mi último aliento. ¡Hundidos todos los ataúdes y todas las carrozas fúnebres en una fosa común, y ya que ninguno pudo ser el mío, déjame ser remolcado en pedazos, mientras sigo persiguiéndote, aunque me halle atado a ti, ballena maldita! ¡Así, aquí te entrego mi arpón!”.

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