domingo, 6 de mayo de 2012

Un partido reliquia

El único partido político mexicano que no tiene debate ideológico interno, divergencias públicas de opinión en su interior, proclamaciones mediáticas de sus corrientes y, mucho menos, procesos legales de sus propios miembros contra inequidades decisorias del propio partido es el Revolucionario Institucional. Algo que no indica otra cosa que su cariz eminentemente vertical, autoritario y monolítico. Por más que los priistas adornen sus actos públicos centrales con artilugios tecnológicos de moda, como la pared de leds y el teleprompter durante la toma de protesta como candidato a la Presidencia de la República de Enrique Peña Nieto, el pasado 12 de marzo en la ciudad de Dolores, Hidalgo, la estética utilizada mantiene la perennidad de lo que el Partido Revolucionario Institucional fue durante siete décadas: un partido piramidal que dirigió al país con base en un orden de prebendas, corruptelas y favores políticos de corte corporativista. La disposición visual del evento, con base en el prototipo de la pirámide, no es un dato menor, puesto que remite a una concepción arcaica de la sociedad, superada de facto por la evolución social de los últimos cincuenta años; pretender que la sociedad contemporánea puede seguir siendo jerarquizada con fundamento en una cúpula rectora privilegiada sobre una inmensa base obediente por medio de políticas de seducción popular con base en la administración de las prebendas, la excepcionalidad normativa y el mantenimiento de un patriotismo chocarrero, es afirmar una configuración social estructuralmente insostenible cuya añoranza y preservación forzada y ficticia solamente es afirmada por otros partidos anómalos en el mundo entero, la mayoría de ellos unipolares, autoritarios y de raigambre comunista.
De las diversas aproximaciones para determinar la unidad de lo social y afirmar su evolución a través del tiempo, la teoría de sistemas de Niklas Luhmann ofrece la mejor de ellas: «evolución significa, antes que nada, que crece el número de presupuestos sobre los que se apoya cierto orden» (Teoría de la sociedad, p., 196). Con esto en mente, la persistencia del PRI remite a conformaciones políticas, voluntariosas y decisorias caducas, rebasadas y cuestionadas de raíz. Órdenes insuficientes para las estructuras de la presente sociedad global, marcada por requerimientos, preocupaciones, tendencias y desafíos sin precedentes: los intersticios de un mundo policonectado, híper comunicado, moralmente desregulado y en constante mutación ética, signado por la tendencia creciente hacia la plasticidad de las características tradicionales de nuestra especie y sus diversos epifenómenos sociales como el cuerpo, la familia, la educación, la jurisprudencia, el gobierno,  la cultura y la diversión. Un lugar de certezas provisionales, de dinámicas caóticas constantes (sociales y naturales) y de una creciente presión entrópica sobre todos los órdenes que han puesto a girar al sistema-mundo capitalista durante los últimos cinco siglos: el intercambio económico mundial, las estructuras del Estado-nación, la configuración de la sociedad civil, la gestión de la violencia social, etcétera.

El PRI: un partido anclado en un tiempo que ya no existe ha removido el deseo de una restauración kitsch de lo arcaico en la masa funcionalmente analfabeta.

A contracorriente de todo esto, ciertas formaciones socio-políticas, como es el caso del Partido Revolucionario Institucional de México, han subsistido anómalamente en un ambiente global que les es ya ajeno. Cosa que ha ocurrido de manera preponderante porque se ha convertido en el centro de absorción de la chabacanería nacional con la aglutinación de las fuerzas de un conservadurismo ramplón, inculto, aspiracional y teledirigido. En ello, ha habido de por medio una inclinación parcialmente adaptativa en el modo de ser del PRI: se ha insertado plenamente en la configuración actual de las grandes masas de ciudadanos. Esto no es nada nuevo en el desempeño de dicho partido: surgió en un tiempo en el que “la masa como sujeto” (Sloterdijk siguiendo a Caneti) era el centro del quehacer político. Por supuesto, aquella fue una época en la que el desfile, la arenga pública, la liberación de energías nacionalistas en torno a una figura de liderazgo y la conformación de potencias sociales por medio de la demagogia y la ideología amañada eran las características centrales de la administración de los grandes conjuntos poblacionales al interior de una nación. Ahora, aparte de esto, «… se es masa sin ver a los otros. El resultado de todo ello es que las sociedades actuales o, si se prefiere, postmodernas han dejado de orientarse a sí mismas de manera inmediata por experiencias corporales: sólo se perciben a sí mismas a través de símbolos mediáticos de masas, discursos, modas, programas y personalidades famosas» (El desprecio de las masas, p., 17). En esta circunstancia hay algo de inevitable, puesto que tal es la configuración del presente sistema social, pero también hay algo muy pernicioso por superficial, engañoso y endeble y es aquí donde hace su aparición la absorción del kitsch masificado.
En consecuencia, la estrategia priista para sobrevivir como reliquia inesperada, portando la carga jerarquizada, piramidal y de actuación en bloque de un mundo que ya no es, ha consistido en el apertrechamiento en la repetición de lo mismo en materia política con el injerto añadido de la masificación del gusto kitsch. No en vano, Enrique Peña Nieto cumple con los estándares del joven machista mexicano: bien parecido, con una imagen tradicionalista (el pelo engominado, las corbatas a rayas, las camisas impecables), infiel, mujeriego, conquistador, exitoso, emprendedor y con una esposa trofeo en segundas nupcias, quien, además, emergió exitosa de la mayor fábrica de estereotipos de lo femenino a nivel de la cultura popular mexicana: las producciones de teledramas de la compañía Televisa.
Pero la atracción pública vía la consagración kitsch de las excitaciones populares solamente puede ser productiva a costa de la involución ciudadana: carentes de una formación política sólida, plagados de analfabetismo funcional, el grueso de los electores mexicanos no asumen sus responsabilidades ciudadanas con conocimiento de causa, sino sobre estimulados por bombardeos de imágenes, aspiraciones sociales hueras y bajo la estela incuestionada de un supuesto modo de ser inamovible. Por eso, allí donde las congregaciones mediatizadas de postciudadnos convergen con frenesí, pierde terreno la política como el ejercicio de un deber propio y colectivo, como la toma de decisiones razonadas con miras al bien público en un ambiente que debería estar marcado por la exigencia de plena funcionalidad a los políticos profesionales. En la aceptación del vacío de la imagen, en la consagración acrítica de lo tradicional y en la usurpación de los argumentos por una suma de fetiches visuales que sólo refuerza la futilidad de lo inequívoco, se evapora toda apelación al ciudadano en plenitud, consciente de sus necesidades, carencias y obligaciones; las multitudes que vitorean al candidato solamente por ser guapo y a su esposa por ser famosa, y a ambos por dar una imagen “bonita”, han perdido “la conciencia de su potencia política” (Sloterdijk), y con ella, la consciencia misma de lo que significa vivir en complejas mega comunidades cuyas piezas esenciales son los ciudadanos mismos y su propia circunstancia socialmente evolutiva. 
Una versión diferente y más extensa de este artículo fue publicada en Replicante bajo el título "Enrique Peña Nieto y la terquedad del celacanto"; puede verse en la siguiente liga:  http://revistareplicante.com/enrique-pena-nieto-y-la-terquedad-del-celacanto/

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