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Revista Replicante

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domingo, 4 de marzo de 2012

El espacio vacío de la política contemporánea

La política contemporánea es el arte de  la gestión de la entropía. Es decir, la administración de las estructuras estatales en constante desgaste. El manejo del Estado en medio de una crisis global de sus cimientos. Puestos a  prueba de manera brutal por una serie de factores acuciantes, lo mismo estandarizados que anómalos, los fundamentos del Estado nación contemporáneo viven hoy un periodo de crisis a nivel mundial, debido a tres dinámicas perniciosas principales: 1) pérdida de legitimidad ciudadana ante crecientes incapacidades funcionales (inseguridad, falta de servicios, desempleo, etc.); 2) descapitalización como consecuencia de 1), creando un círculo vicioso; 3) incapacidad administrativa y política para solventar 1) y 2).
En este contexto, el problema más vistoso sin duda es el tercero. En palabras del filósofo alemán Peter Sloterdijk, “...el hecho de que los políticos en activo estén tan raramente a la altura de los nuevos retos −intelectualmente no lo están casi nunca, moralmente a veces, pragmáticamente más mal que bien− produce en parte un descontento masivo, y cada vez más agudizado, con la clase política... Esta impresión ya sería lo suficientemente crítica, pero además ocurre que a los políticos, y cada vez con mayor frecuencia, se les sorprende -en Buenos Aires y en Roma tanto como en Bonn, Múnich o Kiel- en fraude, abuso de poder e imprecisiones” (véase su ensayo En el mismo barco, pp., 70-71).

Frivolidad, corrupción, incapacidad en Roma como en Toluca

Esta cuestión de hecho, que es ya parte del modo de vida de nuestra civilización, en la que los representantes del pueblo forman camarillas cínicas que simulan velar por el bien común, pero que en realidad únicamente persiguen fines personales, la mayoría de las veces mezquinos, como el enriquecimiento ilícito, la posesión de bienes y los líos de faldas, es particularmente grave en los países del Tercer Mundo, puesto que en ellos la vida institucional es débil, la legalidad es incipiente y la rendición de cuentas prácticamente inexistente. Por ello prevalece la amplia sensación pública de que “todos los partidos son iguales” y de que “no hay a cuál irle” cuando se presentan los candidatos de los diversos niveles para ser votados por la ciudadanía.
Esto es básicamente cierto y existe ahí un nudo gordiano social que parece irresoluble. Parece que hay un destino ineludible en la alta ineficiencia de la clase política profesional. Sobre esto se han dilucidado diversas causas endógenas, como las redes de complicidades, los montos millonarios desregulados que maneja el sistema político, la insuficiencia institucional y el deficiente ordenamiento constitucional del ejercicio público. Por no hablar, claro está, de la avasallante presencia de la economía criminal y su poder de penetración y cooptación de los políticos. Todo lo antedicho es una realidad llana y simple cuya resolución no se vislumbra en el horizonte. No obstante, Sloterdijk va más más allá. Afirma: “Probablemente el generalizado menear la cabeza en alusión a las deficiencias del personal político oculta un descontento global que aún no ha tomado forma: apostaría directamente a que se trata de los estados aurorales de una toma de conciencia de alcance mundial sobre insuficiencias antropológicas” (ibíd., pp., 71-72).
Cuando observamos los solazamientos masivos en la impunidad cotidiana, de baja intensidad pero omnipresente, la total carencia de sentido cívico en los adultos y de respeto por los demás en jóvenes y niños, la apatía política, la negligencia social, la incapacidad para preocuparse y ocuparse de la vida en comunidad en todas sus facetas (de las juntas vecinales al resguardo de la vida democrática), aunado a graves lagunas educativas, formativas e informativas en el grueso de la población del Tercer Mundo (y también de otras partes del mundo), queda claro que no tanto se tiene a los políticos que nos merecemos, sino a los que podemos. Entonces, la crisis es estructural y es uno de los retos mayores de nuestra generación. La pregunta queda de esta manera abierta: ¿por dónde comenzar?
Este texto apareció originalmente en mi columna Politik para Raztudio Media:  http://raztudio.com/politik-columna-manuel-guillen/

 

viernes, 2 de marzo de 2012

The new ride of the World Vigilante

In a recent binational meeting in Mexico City, United States’ Secretary of Homeland Security, Janet Napolitano, said that like they did with Osama Bin Laden last year, her country special forces eventually would find Mexico’s ultimate narco, Joaquín “Chapo” Guzmán. “And you know what happened to Osama Bin Laden”, she added. Her asseveration was a real statement about our time's geopolitical trend. With the most prominent army in the world, a worldwide spying net, directed by skilled agencies with long-life experience in the matter, a cutting edge technology both in weaponry and in information gathering and a pervasive set of financial, cultural and political interests in the entire planet, America is a die-hard empire. Since the beginning of the nineties, America has reached its most precious sci-fi dreams in weaponry, as the Army showed worldwide in ‘91 Desert Storm against Saddam Hussein’s Iraq. Nowadays, there is a world of drones, photographer satellites and intelligent rockets operated overseas working day and night on the America’s side.

SEALs in action

In these terms, the operation to bring down Osama Bin Laden was the perfect symbol of the American present times. The entire strategy revealed clearer than ever the new dimension of America’s role in the flat, fast and furious postmodern world: the trend to become a smooth but powerful global vigilante. Not because it had been history’s first time that American special forces make an intervention like that (on the contrary, its known that such practices are common in recent history of US unipolar dominance), but because it settled a crucial turn in their global leadership against the outlaws. We are perceiving a slight but unremitting gliding from straight intervention to surgical extraction or even elimination of the empire enemies. In the near future, major strikes could be done by the use of robotics, and the extensive use of drones in Iraq points in that direction. Meanwhile, key figures of terrorism, organized crime and violent radicals along the world would be retired SEALs’ style. (SEALs, of course, was the unit on charge to erase Bin Laden from the face of Earth.)
In his marvelous report on the hunt and final death of Osama Bin Laden, “Getting Bin Laden”, published in The New Yorker last august, American journalist Nicholas Schmidle, tells in detail the key moments of the military operation to kill public enemy number one. (The text is available at http://www.newyorker.com/reporting/2011/08/08/110808fa_fact_schmidle.) Reading it we get the intelligence to see the kind of efficiency that US Special Forces have in order to survey, find and attack the enemy. There are the prominent results of decades of military leadership in the planet. That is the product of the sum of programs, methods, systems, human training and R&D in war technology to the service of American justice. 

CIA Headquarters

For sure, there’s a number of ethical problems in this kind of justice but for now it’s the best we have in the world. Let’s be clear in this point: United States is an empire and acts like that, period. In consequence, its actions must be seen as the result of its national interests around the world. But at the same time, there’s a righteous sense of pragmatic ethics that the rest of the world (or, at least, the rest of the Western world) can no more than accept with enthusiasm. It’s the realm of the so called community values or national values; that is, the set of presuppositions that we have to assume as essential in order to set up an ethic discourse against alternative ways of thought. American philosopher Richard Rorty worked a lot in this path: in this side of the world, there is no other way to establish right or wrong in national and international affairs than thinking democracy, human rights and free speech as the essentials of our ethical and political practice.
So, this is the actual crossroad of American power: turn itself into a democratic vigilante, no matter how paradoxical this may sound. Maybe that is a good way to move forward its immense fire power and bureaucracy of war. For sure, it would be a right strategy to face its financial decline by cutting the overwhelming expends that traditional wars involve. But at the same time those are good news for the rest of the world: we would have a very efficient crime cleaner on our side.

jueves, 16 de febrero de 2012

Zombilandia

En el episodio de fin de la primera temporada de la estupenda versión televisiva de The Walking Dead (transmitida por Fox Enterteinment para todo el mundo), el grupúsculo de sobrevivientes de la infestación masiva de zombis, encabezados por el policia de pueblo, Rick Grimes (Andrew Lincoln), logra llegar a las instalaciones del CDC en Atlanta, Georgia. En dicho lugar sólo queda un investigador, el doctor Edwin Jenner (Noah Emmerich), no hay comunicaciones y el sitio está a punto de quedarse sin combustible para mover las plantas de energía que hacen funcionar el cableado total del edificio inteligente. Cuando esto ocurra, el sistema de seguridad automatizado, iniciará una “descontaminación completa”, consistente en activar una bomba termobárica que incendiará el aire y generará una explosión masiva.
Justamente al final del episodio, tras una dramática huída del lugar y con el doctor Jenner aceptando su trágico destino como capitán de un barco que se hunde, una explosión total hace estallar al edificio hasta desmoronarlo de la cúpula a los cimientos en medio de una imponente bola de fuego. El grupo de errantes supervivientes observa al cabo que de la monumental estructura hiper tecnologizada del Center of Disease Control de Atlanta sólo quedan una inmensa pila de escombros llameantes y una nube de humo negro dispersándose por el aire caliente y húmedo del verano sureño. La última línea de defensa institucional ante la acometida voraz del mundo zombi se ha reducido al humo y al polvo.
En el mismo capítulo, los protagonistas, quienes conforman una comuna nómada de jirones de humanidad, se dan cuenta de que ya nada queda de la civilización tal y como la conocieron. Al llegar a las instalaciones del CDC y ver que sólo resta el último investigador, sin muestras vivas para analizar (destruidas en una accidente de laboratorio anterior), sin posibilidad de comunicarse con sus pares en el resto del mundo (de los que únicamente sabe él que los franceses fueron los últimos en resistir), conversando en soledad con la computadora parlante del lugar, y atenido a su destino final inexorable (calcinarse junto con el edificio entero), el panorama vital adquiere su verdadero significado: están, en palabras del propio investigador, de frente al “evento de extinción” de la especie humana. Todo lo que fue cierto y seguro en su cotidianidad anterior ha desaparecido para siempre. La epidemia ha sido global y su nivel de destrucción ha sido descomunal.
La llegada al CDC, la breve estancia en éste y el encuentro con el último hombre de la línea de defensa civilizatoria del mundo por ellos conocido, conforman para los supervivientes del evento de extinción zombi un espacio clarividente, una regurgitación histórica propicia para la auto reflexión; caen en la cuenta de la magnitud de su inermidad en un mundo que siempre estuvo sostenido con alfileres, a pesar de que estos se revistieran como portaaviones, misiles inteligentes y aviones supersónicos de combate. Observan, entonces,  la otra cara del mundo tanto tiempo dado por sentado, la futilidad del confort que fue. En ese momento trascendental, llegan a la comprensión de la fragilidad de la vida burguesa; de cómo en un mundo que se transformó ante sus ojos, ya nunca más hubo centro y periferia, puesto que todos al cabo fueron excéntricos en su desdicha.

La explosión del CDC

Así planteado, el mundo de los zombis, la imaginería zombística que ha llegado a su punto de inflexión con la obra de Robert Kirkman, tanto en su serie de novelas gráficas original, como en la adaptación televisiva de la misma, hace emerger un temor profundo de la psique humana: la capacidad innata para hacer del otro el objeto de nuestro irracional desenfreno. «De manera sutil, los zombis representan cierto número de nuestras más profundas inseguridades. El miedo de que, en el fondo, no seamos sino poco más que animales determinados sólo por los apetitos. Los zombis también puede representar la amenaza del colectivismo en contra de la individualidad. La noción de que podamos ser engullidos y olvidados, nuestra particularidad devorada por la multitud» (véase Pegg, Simon, “Afterword” a Kirkman, Robert, The Walking Dead, Vol. 2: “Miles Behind Us”, Image, Montreal, 2004).
En buena parte del mundo periférico contemporáneo, esa multitud feroz es una legión de sujetos desinhibidos, desregulados y nihilistas que no conocen más horizonte de vida que la satisfacción de sus apetitivos más primarios. En el caso particular de México, la mayoría de ellos orbitan en torno al poder dispensado por las inmensas estructuras criminales del país, que han conformado verdaderos imperios corsarios transnacionales en los que el capitalismo ha sido llevado al extremo; a un paso de su reducción al absurdo. Un mundo en el que, como dice Luigi Amara en su ensayo "El apocalipsis tibio" (puede verse en http://revistareplicante.com/literatura/ensayo/el-apocalipsis-tibio/), el dinero tiene más valor que la vida. Al respecto, en sus estupendas obras sobre la actualidad siniestra de México, Charles Bowden y Sergio González Rodríguez erigen la profunda descripción de una realidad pantanosa, atroz, inasible en muchos sentidos. (Me refiero, por supuesto, a los ensayos-crónica-reportajes, Ciudad del crimen (México, Grijalbo, 2009) y El hombre sin cabeza (México, Anagrama, 2009)). En estos, ponen de manifiesto el advenimiento de un proceso deshumanizador encarnizado y poderoso, cuyas raíces tienen décadas, cuando no siglos, de haberse gestado. Un plexo psicosocial estructurado con base en el ejercicio irredento de la crueldad (fundamento último del nihilismo moderno, de acuerdo con André Glucksmann en su obra Dostoievski en Manhattan). La diseminación de fuerzas misantrópicas que estallan imparables a lo largo y ancho de territorio nacional. Dicha energética destructiva tiene como motor incesante la lógica del capitalismo tardío llevado al extremo, pero también se ha dotado de un aura de misticismo retorcido que, como toda inclinación religiosa, intenta dar sentido a lo sin sentido. 

Viñeta de la novela gráfica The Walking Dead

Los actores que llevan al cabo la construcción de este orden social contrasistémico, que día con día crece en fuerza y extensión, han sido los subproductos del orden capitalista global; los engendros dejados en la periferia enchiquerada del sistema cuyas mentes se han formado en el bombardeo imparable de los deseos capitalistas, el consumo de drogas baratas y la aniquilación absoluta de los valores burgueses que cándidamente las sociedades occidentales han cantado alegremente como universales. Son verdaderas hordas salvajes que al tiempo que no tienen una noción abstracta de la persona, tampoco tienen nociones como la del futuro y la prosperidad postergada. Si hay un enclave en el que las exquisitas disquisiciones postmodernistas sobre el fin de la historia adquieren dramática carne y sangre es aquí. En la construcción de estas individualidades y sus respectivas interacciones sociales, el orden lineal de la historia, la idea de una teleología temporal y el acoplamiento institucional respectivo, sencillamente no existen. La vida es la irrupción cotidiana de lo aleatorio, comienza al despertar y termina al dormir, en un maremágnum de violencia sin cortapisas; así cada día, todos los días: “…los cortadores de cabezas son personas primarias. Carecen de inteligencia emotiva, capacidad de abstracción, normas morales, excepto las más básicas… Responden a pulsiones de vida o muerte” (González Rodríguez, p., 58). Justo como los zombis de Kirkman.
Algunos de ellos realizan simulacros de personas, como intentando elevarse por sobre su naturaleza de muertos vivientes. Pero la pantomima se erige sobre lo más primitivo de la mente humana, resabio de órdenes psicoculturales arcaicos, que los esfuerzos ilustrados no pudieron nunca extirpar: el impulso religioso; aunque para estas masas zombificadas adquiere la forma deleznable del culto a su propio salvajismo: la llamada Santa Muerte y su ola de supersticiones, charlatanería y, en último término, auto adoración de la atrocidad como modo de vida. González Rodríguez lo describe en su monumentalidad literal: una estatua de la Santa Muerte de veintidós metros de altura en un templo de dicho culto en algún lugar del Estado de México. Exageración arquitectónica que revela un mundo por el que la Modernidad sólo pasó de manera retorcida, residual, incipiente, pero jamás con su flanco de humanismo, ilustración y bienestar. Un ambiente en el que ser moderno solamente significa economía de mercado y estar a la vanguardia de los pulcros artefactos de destrucción por excelencia: la industria global de las armas.
La dinámica nacional actual, que tiene vínculos preclaros con otras zonas de disolución del Estado nacional y la institucionalidad formal, simbólica y conceptual que le es aneja, como han sido el África meridional y Centroamérica, remite a la prístina simbolización lograda en el episodio mencionado de The Walking Dead: la pérdida del CDC como la desintegración del último reducto del pensamiento científico, racionalista y constructor de mundo posibilitado por la dinámica civilizatoria occidental por excelencia, la Modernidad de corte paneuropeo. Tras ella, el acecho del exterminio del ser humano es una posibilidad latente. No porque de manera eurocéntrica se afirme que la naturaleza humana es indistinguible del modo de ser occidental en su encarnación moderna tricentenaria; sino porque, simple y llanamente, dicho orden conceptual, político y cultural ha sido el único capaz de atenazar con una malla de humanismo y cientificismo (si bien paradójico y nunca completo, como desde Nietzsche sabemos), las pulsiones más mortíferas, irrefrenables y voraces de dicha naturaleza antropogénica. Al desintegrarse en el aire, únicamente queda un conjunto de sobrevivientes asustados, mal preparados y con jirones de esperanza, huyendo como pueden de las turbas de zombis que acechan sin fin en un mundo que, para siempre, dejó de ser la casa que fue.

Este ensayo también ha sido publicado en Replicante: http://revistareplicante.com/literatura/ensayo/zombilandia/

domingo, 12 de febrero de 2012

The Challenge of Education in a Dark Era

Despite some people see values as an old fashioned concept, they’re still a matter of life and death in the social life. The social interaction owns its strength to the force of ethical values. Let's take a pressing example: Since its inception as an independent nation, Mexico has always had a problem with the standardization of values. Our society is living nowadays hard times mostly because there are no really internalized values in people’s minds.
This is the situation: families are not doing their job regarding to values. The only possible option to counteract this anomalous tendency is through school. Here, I mean school in the broad sense: education in values both for children and their parents, young people and their family. It is urgent to work in a new educational system that could warranty the birth of good citizens.
This proposal is far beyond mere rhetoric: is about the kind of social system we want for the future. According with thinkers like Immanuel Wallerstein and Peter Sloterdijk, the world-social system as we knew it is coming to an end, due to several problematic trends in world economy, State viability and social disorder worldwide. So, we need to work right now in the construction of the next one. It is absolutely necessary to retake the way of build-in ethics as the framework of our lives.


Social Unrest Worldwide

Both, little children and teenagers are in a period of life of brain-mind re-wiring. This leads to some fundamental social attitudes: the process of socialization and the modulation of violence. With this in mind, formal education has to work over a rich values environment.  Such environment has to be meaningful, long-lasting and charming for both little children and teenagers.
Since the Talcott Parsons’ work, we know that the only way to produce social interaction is through different sets of shared beliefs. Life in society functions primarily as a double way dynamic between common assumptions and personal decisions, which is the space of social common symbols. Our times need to imagine new ones, according to the present and actual challenges, such as the social unrest regarding politics, the caducity of the traditional family order and global economy perversions that push micro economy to the limit.
If I may use the expression, the tactic is kind of a “brain wash” to our new generations in order to create a new social basis. Three are the fundamental principles to work on: respect for human life and human dignity, respect for the environment and respect for themselves. Such must be a pervasive program, apart from politic interests and power group manipulation. Necessarily, the educational system is part of the State, in consequence the bid is to make its structures work beyond shortsighted partisan programs and mere electoral motivations.


The end of Elinghtment's Politics

Briefly, the previous outline is a proposal for a rational State interventionism. But State would not be alone in this crusade; the participation of the whole society is necessary to transform itself. Civil society, mass media and regular people must be involved in this process. So, it is mandatory to establish a large information campaign, public actions and remarks on the benefits that such change will produce in the way we are. Otherwise, our society would be doomed to implode into a savage community like some contemporary Failed-States nations. And, of course, that is a destiny that would seal forever the possibilities of our society.

jueves, 9 de febrero de 2012

Mayhem en directo

Mayhen es el rito del heavy metal underground por excelencia. Rito que, dada su contundencia, elimina toda rebaba de frivolidad y desatención a la pura ejecución estética. Justo como en su última presentación exclusiva en México, hace ya más de dos años, donde no existieron las pantomimas clásicas de los fanáticos del metal crudo, como son el slam, el lanzarse al aire sobre el resto del público por parte de algún ebrio saltimbanqui con problemas de ego, los cervezasos y los proyectiles de orines lanzados a cualquier parte, los desfiguros de la borrachera y los estupefacientes por parte de los asistentes; nada de eso hubo, porque, literalmente, los presentes apenas si podíamos mantener la quijada en su lugar ante lo impresionante y casi surreal de lo que estábamos presenciando; la agrupación misma era el estupefaciente: más que ello, el hechizo profano de un arte que resplandece indómito en un oscuro rincón del quehacer musical de la era posmoderna.

Attila Csihar en acción

Haciendo un repaso de buena parte de sus discografía, remontándose a los años embrionarios del Deathcrush de 1987, pasando por el favorito del público, De Miisterys Dom Sathanas de 1993, obra póstuma del polémico frontman de principios de los noventa, el malogrado Euronymous, hasta llegar a la pureza de su arte con el Chimera del 2004, sin pasar por alto el experimental Grand Declaration of War del 2000 y el actual retorno de Attila Csihar (quien cantara en el De Miisterys…) con la pieza Ordo ad Chao del 2007, Mayhem puso en claro la esencia radical, contestataria y exorbitante de lo que tocan. Pocas veces en la historia del rock hemos podido presenciar las circunvoluciones de la evolución de un género que, en manos de estos ejecutantes feroces, gana en estructura, se dinamiza y vuelve sobrecargado sobre sí mismo para emerger crisalídeo como algo nuevo y desconocido.
Pero todo lo que se pueda decir en abstracto sobre las virtudes estéticas y creativas de la banda es limitado ante el huracán sónico que Mayhem despliega en vivo. Todas y cada una de las piezas tocadas quedaron reconstruidas en el despliegue directo de la ejecución. Una pared de ruido lógico, desesperado, altísimo; sin mácula, en el vórtice de un nuevo tipo de música, agresiva, maquinizada, punzante. Sin cadencia, nemotecnia o remansos armónicos. Attila no canta, grita (y, por cierto, en su madurez debe mucho al inigualable trabajo de Maniac); Hellhamer no lleva el ritmo, lleva la metralla; Morpheus, Silmaeth y Necrobutcher lanzan una tormenta de navajas a los tímpanos. Había que estar ahí para comprender el rito, el pulso imparable de un nuevo tipo de vida sonora. El impacto brutal de la que probablemente es la mejor banda de heavy metal subterráneo de todos los tiempos.

El show en México

Los decibeles casi nos revientan los tímpanos. La madurez de Mayhem los ha puesto en el lindero de la música rock, al punto donde comienza a mutar en algo indescifrable, ajeno a las raíces negras del gran género de la música popular del siglo XX. Defenestrando cualquier clase de estribillo, hook, armonía convencional y demás usanzas conocidas de la música de masas, Mayhem maquiniza la música con la excelencia técnica de las guitarras (los jóvenes Morfeus y Silmaeth que sustituyeron en su momento a Blasphemer), el bajeo penetrante, ríspido, sin concesiones, de Necrobutcher, y Hellhammer en el pozo incandescente de la batería con su patentado blastbeat a 150 pegadas por minuto, el perfomance de Attila-Sadek (este último, el artista marroquí que diseñó las máscaras y el escenario para esta gira) y una violencia inusitada del ruido articulado, preciso, impecable, que los bafles lanzan al aire con velocidades endemoniadas.
Desafortunadamente, es sólo un rito para iniciados, pero quién no celebraría ver la mutación en vivo de una especie, en este caso el rock como se ha conocido hasta hace muy poco. Ninguna otra banda (quizá con la excepción de Sunn 0 en la que también participa Attila Csihar) ha llegado a esa frontera. Observar, finalmente, en vivo a la agrupación de legendarios escandinavos sólo confirma lo que ya sabíamos: hay un mundo oculto y trastocado de la música popular que reivindica su razón de ser, más allá de lo convencional, acrítico y desechable que de manera instrumental, cosificada e ideológica los inmensos canales de difusión masiva de la música comercial hacen pasar por arte y esplendor. El esplendor es este, a un riff de hacer sangrar los oídos. Larga vida a Mayhem, salve hacedores de espacios demenciales.
Aquí se puede ver un ejemplo de la banda en vivo: http://youtu.be/ZXw2dyaKcvw

jueves, 2 de febrero de 2012

On human misery and the mind drifting away

The theme of alcohol and drug addiction has been treated in several ways in contemporary cinema. We can cite films such as Figgi’s Leaving Las Vegas or Aronofsky’s Requiem for a Dream and, of course, the classic nineties’ dirty realistic epic on the matter, Boyle’s Trainspotting. But maybe there is nothing like the powerful, bare, outrageous and impressionist version of drug addiction and its consequences as Terry Gilliam’s Tideland.
Faithful to his dramatic, fabulist and daylight dreaming style, that has rendered amazing films such as Brazil, The Fisher King and 12 Monkeys; in his 2005 drama he manages to face the spectator with mind’s drifting away as a consequence of a life shaped entirely by drugs. Whose mind? Certainly the addicted one, but moreover the mind of his beloved ones. In this case Jeliza-Rose (Jodelle Ferland), the ten year old daughter of a couple of heroin addicts whose way of life ends in their premature death by overdose.
We can interpret the strange and in a certain way funny girl’s mental life as a child’s thing; a way to escape to an unbearable situation, to handle the shock of having lost her parents in question of months by their selfish actions. But it’s more than that. We are no longer in front of a matter of decision, a determination of a free life election made by a young woman. On the contrary, we confront a living prison situation.  Jeliza-Rose is a prisoner of destiny. Her intense mental life, fulfilled with imaginary girlfriends made by her own fingers and old doll’s heads, her relationship and infatuation with a handicapped boy and her living with his father’s mummified corpse, turns her into a mental disabled person.

Tideland's Jeliza-Rose

One of the most disturbing things in Gilliam’s film is precisely the overlapping realities in the kid’s thought: the blurring transition between child’s play and schizophrenic episodes of insane fantasy. There’s a point where one is equal to the other. Perhaps in contemporary movies only David Lynch’s Lost Highway surpasses Gilliam’s precision to set in cinematographic language the mental insanity of a person.
So, she’s the one who carries the weight of her family sins (in this sense her encounter with a kind of witch neighbor, an ex-girlfriend of her father, is a representation of the demons from the past). Cornerstone of conservatism, but certainly an unavoidable starting point of socialization, family is the boiling point of mind's construction. When the natural imperfections of this psychobiological work are so much, it turns into a zone of deconstruction of human features that yields alienated individuals, living in misery inwards of their damaged mental life.
Jeliza-Rose’s character hits a deep nerve in the viewer's sensibility because she’s a very young person living a current tragedy only equipped with a common mental fire-exit: leaving the mind drifting away in the immense ocean of insanity, turning it into an outcast of our social diseases and our obstinate self-destructive spirit.
Contrary to the director’s pretention in the strange prologue to the film, this is not a story of a girl’s dreams and her desire to live, this is a powerful picture on some of the roots of our social dismal construction. In this way, American sociologist and thinker Immanuel Wallerstein has set up that drug addiction is a symptom of something deeper and much more urgent than a simple matter of law, police or personal disease; it is a kind of self-isolation from a reality so overwhelming that is better to get out from it. It’s a rebellion against the social system; a false one, alas, but the one that millions and millions of persons around the world have in hand despite a global structure that allows production, distribution, offering, acquisition and complicity of States, governments and institutions worldwide. 
As Peter Sloterdijk has established in his Magnus opera, Spheres, there is a major problem in the fourth sphere or fourth vital cover of infants; that is, in their socialization process since the birth's fact. We're receiving our children in a paradoxical world that is entirely efficient in pragmatic comfortability (medical technology, scientific survey of human body, and so on), but fails miserably to conform immune minds to neurosis, insecurity and fear. That's the echo of the actual world that sounds aloud in Tideland's fantasy, that's the electric shock that its terrible fantasy unchains in the viewer, no other than the dread of our times' possibilities.


sábado, 28 de enero de 2012

La guerra como hábitat

I

En su demoledora obra Meridiano de sangre (Debate, Barcelona, 2001), el escritor estadounidense Cormac McCarthy realiza una provocadora interpretación novelística sobre el significado de la guerra. Una dinámica de la energía, del orden y del azar surgida de los principios fundamentales que conforman y han conformado por siempre a la raza humana. Principio metafísico inevitable cuyo  orden y configuración poseen una lógica intrínseca, autorreferente y excluyente de todo cuanto le es ajeno; el caos configurando su propio orden: perfecto, racional, frío e inmutable.
La guerra: ciclo existencial que nos ha perseguido y moldeado desde que, de acuerdo con la tradición a un tiempo fantástica y arquetípica, Yahvhé tuviera a bien crear los primeros seres para luego obsequiarlos con su crueldad; encarnizándola y dejando que se encaramara en el libre albedrío de sus criaturas de barro primigenio.
En efecto, alegórica, exhaustiva y grandilocuente como es, la Biblia manifiesta en el libro primero de la Creación la clave hermenéutica paradigmática para dar cuenta de la guerra. Dios pone a sus engendros en el Paraíso con el fin de tentarlos. Jugar perversamente con sus voluntades. Regocijarse en su crueldad. Por supuesto, ceden a la tentación. Al hacerlo, los castiga con la fatiga y el sufrimiento, expulsándolos del Edén. Pero ese no fue todo el regalo punitivo. Les transfiere  algo más: su crueldad divina. Es decir, el germen de la guerra que adquirirá espesor existencial propio, separándose de cualquier enclave moral que pudiera implicar el término “crueldad”.
Perteneciente a un nivel básico de cuanto hay, de lo que ha acaecido en esta Tierra, la guerra no podrá ser entendida con la suave retórica moral del código bueno/malo, como tampoco podrá serlo, en este nivel fundamental, con la interpretación bivalente instrumentalista útil/inútil o necesaria/innecesaria. La guerra simplemente es. Ha estado ahí desde el principio de los tiempos ligada a sus más finos intérpretes: nosotros. “El oficio supremo a la espera de su supremo artífice”, dice McCarthy en la obra referida en voz del personaje del Juez Holden.
Al igual que el sistema de comunicación global que conforma el sentido de la sociedad rebasando e independizándose de los sujetos individuales que son el sustrato necesario pero no suficiente para su desarrollo y existencia en la sociología de Niklas Luhmann, la guerra es un fenómeno que flota con libertad más allá de las interacciones subjetivas concretas; las traspasa, corta, excede y determina corriendo a lo largo de los vértices del tiempo y el espacio. Más allá de los momentos ahistóricos cuyos vestigios apenas puede interpretar la antropología, y hacia el futuro incierto pero conjeturable que la predicción exhaustiva sólo puede imaginar.
Lo anterior puede parecer una apología de la guerra. No lo es. Tampoco abre la puerta para una crítica de dicho fenómeno. Ni una ni otra hallan pertinencia al intentar un acercamiento a la guerra. Para cumplir este fin, la mejor herramienta disponible es el lenguaje metafísico. La tesis general es que la guerra es un principio consustancial a la humanidad que se ha manifestado de múltiples formas a lo largo de nuestra permanencia planetaria. La historia hace un recuento y un retrato aproximado de tales manifestaciones bélicas. El acercamiento sociológico explica las razones y causas que dan lugar a cada conflagración en particular; factores políticos, económicos, religiosos y tecnológicos. El trabajo pendiente, aunque ya hay avances significativos, de la psicología y la antropología es explicar los mecanismos profundos y básicamente invariables que predisponen al homo sapiens para la guerra. La metafísica, rama primigenia y testaruda de la filosofía, habrá de colorear la  persistencia de la guerra; intentar cercar la realidad de esa luminescencia pletórica de destellos de muerte y aparente sin razón tan inmemorial como nuestros dioses.
Es así que el cúmulo de quejas y acercamientos bienpensantes y políticamente correctos de nuestros días acerca de la guerra –de los pronunciamientos de los pop stars a los white papers de las ONG mundiales, pasando por los comentaristas políticos y foros intelectuales– deberán verse como vacuos y carentes de perspectiva; meras manifestaciones de buenos deseos personales e institucionales. El defecto central de ellos es el reduccionismo moral del fenómeno. Si ha de comprendérsele ampliamente, éste no puede ser visto de manera moralizante. Al hacerlo, se obstruye la observación de dos aspectos centrales: su positividad y las antinomias hermenéuticas que le siguen.
El poder, instruyó Michel Foucault, crea cosas. Normas, instituciones, maneras de vivir y métodos para morir. Es positivo. Entendido esto último en el sentido de eficacia, producción, movimiento, coerción –como cuano decimos Derecho positivo comprendiendo por ello su efectividad coercitiva– y no en el sentido coloquial que implica bondad o deseabilidad. Similarmente la guerra. Modifica relaciones de poder, esferas de influencia, reordenamientos geográficos, líneas fronterizas, organizaciones sociales, estilos y conceptos de vida; relaciones religiosas, estéticas y personales. Crea. Instaura la muerte e inyecta movilizaciones humanas. Mucho más de lo que pudieran hacer los enemigos naturales de nuestra especie cuando se enseñorean con similares capacidades destructivas. Los llamamientos tradicionales a la paz pasan de largo esta positividad inherente a todo acto guerrero. Por supuesto, es natural al género humano desear siempre la vida (desde que es un principio innato de conservación) y no la muerte; sin embargo, el análisis objetivo habrá de reconocer la realidad dinámico-productiva en el desarrollo de las guerras convencionales.
Asimismo, la incomprensión de los alegatos bienpensantes resplandece al chocar contra el prisma de las antinomias exegéticas acerca de las distintas manifestaciones bélicas históricas. Ejemplos. De acuerdo con el pensamiento occidental tradicional, la Segunda Guerra Mundial (1938-1945) es vista como una conflagración epopéyica con dos bien diferenciados bandos: los malos –el Eje– y los buenos –los Aliados–. Las acciones de los primeros fueron nefastas e injustas, mientras que las de los segundos gloriosas y justas. La guerra nazi es condenable, pero la angloamericana encomiable. Por igual, para el pensamiento izquierdista guerras de revolución como la española, la cubana y la iraní; de independencia como la de Algeria, Angola y Zaire; o de resistencia comunitaria como las de Corea y Vietnam han sido positivas. En tanto que para la derecha, las victorias israelitas sobre el mundo  árabe y las numerosas y recurrentes intervenciones bélicas estadounidenses alrededor del mundo son loables y necesarias. Entonces, ¿qué ocurre? ¿Existen algunas guerras buenas y otras malas? ¿Pero no se suponía que la guerra en sí es negativa? No: lo que demuestran las antinomias interpretativas de la guerra es que ésta no es susceptible de ser analizada desde el punto de vista moral que, ciertamente, es el más cómodo. Cosa que va bien para nuestros queridos artistas pop y misses de belleza, pero no para aquel que intenta adentrarse con otra perspectiva a estos asuntos.

Desert Storm


II

La última década del siglo XX comenzó de manera violenta con tres de las grandes guerras contemporáneas: La Guerra del Golfo, la de los Balcanes y la invasión rusa a la República de Chechenia. Detonadas por variables socio-históricas diversas y nudos de interés divergentes que a grandes rasgos corresponderían, respectivamente, al factor económico, étnico-religioso, y de influencia estratégica, parece posible encontrar en esta tríada bélica elementos subyacentes comunes manifestados de formas diversas en cada uno de los casos.
Cruentas como fueron, las últimas guerras del siglo pasado muestran con claridad la lógica extrema de la guerra. Una vocación en la que ninguna consideración ajena al mecanismo destructivo que se echa a andar tiene pertinencia; la dinámica guerrera engulle hacia su núcleo autogenerativo consideraciones de segundo orden como la ecología, el humanitarismo y el cálculo prospectivo de las secuelas de la destrucción. La armonía es arrasada por el caos.
Así, las fuerzas de élite del Ejército Republicano de Irak derramando toneladas de petróleo al Golfo Pérsico, provenientes de los pozos y centrales de almacenamiento del invadido Kuwait; llenando de minas personales la franja fronteriza desértica con Arabia Saudita y lanzando Gas Mostaza contra las aldeas kurdas, aprovechando la confusión. Por su parte, la Coalición, encabezada por Estados Unidos, lanza cientos de toneladas de bombas convencionales sobre suelo iraquí; la armada inglesa arroja el incesante fuego de sus misiles antitanque que tienen la peculiaridad de expandir ondas radioactivas de baja intensidad en un radio considerable; el alto mando estadounidense presume tanto de la nulidad de riesgos para “sus muchachos” como la plena exactitud de sus controles y dispositivos high-tech en la búsqueda y destrucción de los objetivos especificados . Ni lo uno ni lo otro. Meses después, los primeros enfermos del Síndrome de la Guerra del Golfo ; y en pleno combate, las bombas “inteligentes” destruyendo hospitales, escuelas, mezquitas y mercados, quedando simplemente como el show televisivo, filtrado por mirillas infrarojas, de brillantes luces esféricas verde fosforecente sobre el cielo sin estrellas de la noche de Bagdad.
Al caer el Muro de Berlín y con él la insostenible ficción comunista, la antigua república pluriétnica de Yugoslavia comienza a escindirse. Así, el 23 de junio de 1991, la República de Eslovenia proclama su independencia y la desosiación –término inédito en el Derecho internacional, utilizado hábilmente en lugar de “secesión”– de la Federación yugoslava. Desde ese momento inicia una escalada bélica como no se había visto en Europa desde los tiempos del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Ésta incluyó las pretensiones pseudo imperiales de Serbia con su anhelo de la Gran Serbia, es decir, que allí donde habitaran serbios ese territorio debía pertenecer a dicho Estado (que condujo, entre otras cosas, al intento de aniquilación de la cultura y la población de Bosnia reclamando su territorio para Serbia), así como la violencia de Croacia contra todo aquél que no perteneciera a su identidad nacional.
La guerra tripartita en aquella región del mundo donde se han cruzado y malamente mezclado las civilizaciones más caras a occidente se convirtió en una muestra viva, vigorosa y contundente de la esencia guerrera humana. Al combinarse los métodos convencionales de un ejército formalmente estructurado con la elusividad de las facciones guerrilleras nacionalistas, el espíritu salvaje se desató . La improvisación que siguió a las tácticas bélicas estándar durante el conflicto este-europeo, especialmente en su giro serbo-croata, demostró que la lógica profunda de la guerra emerge desde el fondo de la corteza cerebral de manera intuitiva: ejecuciones sumarias, limpieza y desplazamientos étnicos, devastación del entorno, tortura, mutilación y violaciones; fuego graneado indiscriminado, arrasamiento de hitos culturales como la Biblioteca Nacional de Sarajevo, envenenamiento de lagos y ríos (especialmente el Danubio, con cianuro, que cruza dos países vecinos al conflicto: Hungría y Rumania), incendio sistemático de los bosques, llamas sobre las cenizas. El caos de la violencia desencadenada tendiendo al orden perfecto del horror bélico.
A pesar de que ya desde el desmembramiento de la URSS y la consolidación de la Federación Rusa –en 1991– Chechenia proclamara su independencia, no fue sino hasta diciembre de 1994 que los rusos decidieron intervenir militarmente en aquella república del Cáucaso. El conflicto, que inició con la supuesta ayuda militar rusa al bando parlamentarista checheno que se oponía a las pretensiones dictatoriales del general Dzohjar Dudáev, rápidamente se convirtió en una espiral de la violencia guerrera propia de una zona cuyos conflictos se pierden siglos atrás, deviniendo en una de las más cruentas y devastadoras guerras de los últimos tiempos. Siguiendo una tradición que se remonta a la época de los zares (y que el régimen comunista se encargó de perfeccionar hasta el hartazgo durante sus siete décadas en el poder), la infantería rusa no dejó piedra sobre piedra en su paso por Chechenia. El fuego indiscriminado de la artilleria y las divisiones blindadas de los rusos destruyó ciudades y alrededores de manera radical. Del lado de los chechenos, los parlamentaristas decidieron deshacer su alianza con Rusia tras el bombardeo aéreo al que fuera sometida la capital Grozny, pasando a luchar contra ellos. El mayor logro de los combatientes chechenos fue la creación de cuadros guerrilleros que incluían mercenarios de Ucrania y Estonia que inflingieron espectaculares golpes a las tropas rusas, perpetrando incluso el secuestro masivo, en territorio de Rusia, de un centenar de personas que se hallaban en un hospital de Budionnovsk. De acuerdo con crónicas periodísticas de la época, en la cúspide de la guerra, los rusos ya no diferenciaban entre blancos civiles y militares, y las batallas duraban horas ininterrumpidas con apenas el relevo de los combatientes tras un par de horas de sueño. Las imágenes que se poseen del conflicto son elocuentes. Ruinas humeantes en calles adornadas con sangre seca y cadáveres mosqueados secando al sol pálido del otoño caucásico.
En su modalidad metafísica, se observa en los tres casos la guerra como una red de acciones y acontecimientos única, omnipresente, global, más allá de las consideraciones históricos-circunstanciales de cada caso. El humo y el fuego, los cuerpos calcinados o putrefactos, la reordenación súbita de la materia y la energía; desatar la física, abrir el mundo de la lentitud y el reposo: modificarlo, transformarlo en segundos. Desplazamientos humanos, hacinación, hambre, miedo; letargo, resignación, comprensión de la inevitabilidad. Regreso a los instintos básicos; la animalidad recuperada, mostrando que la guerra precede incluso, en su cariz sustancial, a la categoría de persona, al invento de la subjetividad, al reconocimiento de los otros. Es el puro juego de la energía. El poder que traza la división fundametal del Ser entre existencia e inexistencia.
En su modalidad sistémica, estas son sólo viñetas de acontecimientos que han sido ya bien cubiertos y mejor analizados por los expertos en los últimos años. Ejemplos claros del nivel de independencia que posee la guerra respecto de cualquiera otra consideración social. Es posible identificar una lógica subyacente a las particularidades concretas que encendieron uno y otro conflicto. La guerra se vuelve así el contraste de todo aquello que no lo es. Es el gradiente de sentido para la paz. Hace las veces de entorno en relación con el que puede operar la sociedad de manera cotidiana. Sin la existencia del espacio guerrero sería incomprensible todo lo demás. Es el hábitat hacia el que se orientan los enclaves pacíficos, así sea sólo como referente de la negación: esta o aquella época no es de guerra, sino de paz.

Guerra de Chechenia



III

Nunca como en la era atómica la actividad guerrera presentó un trasfondo tan problemático en su configuración elemental. El advenimiento del concepto y la posibilidad contrafáctica de destrucción total tras el triunfo del Proyecto Manhattan, ha cerrado el círculo evolutivo de la guerra. Tal clausura presenta, por lo menos, dos problemas hasta ahora irresolubles. 1) La aceleración cambiante y el aumento de las variables a considerar en la tecnología bélica contemporánea que más de una vez no han podido ser procesadas eficazmente por éste o aquél ejército nacional, deviniendo en accidentes. Caso paradigmático es el de los arsenales rusos tanto de la era soviética como de la actualidad republicana neoimperialista. 2) El problema metafísico-conceptual que implica la paradojización de la espiral del desarrollo bélico universal en su fase actual. La mera existencia de las decenas de miles de cabezas nucleares que reposan perfectamente funcionales a lo largo y ancho del planeta implica la posibilidad de cortocircuitar el sistema social entero. Al respecto, se han dado soluciones más o menos intuitivas pero inevitablemente caducables en el mediano plazo. El reto aquí ha sido, es y será habérselas con una realidad irreversible; es decir, partiendo del hecho y la premisa fundamental que dichos arsenales no pueden y no serán desmantelados jamás. Esto queda planteado como una mera provocación intelectual, ya que a la fecha no se ha esbozado recurso de solución viable al respecto. Observemos los siguientes casos relacionados con todo esto:
A] El 13 de agosto del 2000, las heladas aguas del mar de Barens se tragaron para siempre al Kursk , submarino atómico de la Flota del Mar del Norte de la marina rusa. Era un submarino tipo Oscar II de fabricación entonces reciente (salió de los astilleros en 1995), alimentado con energía nuclear y con gran capacidada misilística. El fatal accidente (todo pareció indicar que o bien un error humano al manipular el arsenal convencional, o bien el mal manejo de sustancias explosivas altamente inestables, fueron las causas posibles del desastre) dejó claro lo que los analistas ya sabían de tiempo atrás: el peligroso estado en que se hallan tanto los medios de transporte como los arsenales rusos, la mayoría heredados de la ex-Unión Soviética. El equipo bélico ruso ha llegado a la pendiente de lo que se conoce como tecnología decadente. Es decir, aquella que ha sido rebasada por el número de funciones que debe cubrir (eficacia, posibilidades de perfeccionamiento armamentístico, preparación constantemente actualizada del personal militar, altos niveles de seguridad, automatización de los controles y dispositivos de prevención de desastres, prospectivas metódicas y simulacros de desastres, etcétera), ya bien por falta de recursos financieros, ya porque una nueva ola tecnológica la ha dejado atrás, con huecos difíciles de llenar. En el caso de los arsenales rusos estas dos variables se verifican. La catástrofe del Kursk es una muestra reciente del riesgo que ha rebasado ya a los arsenales rusos. Con ella se puede mencionar también, en el espejo histórico, el escape de una nube radioactiva del complejo atómico-militar del Mayak, en la zona sur de los Montes Urales, tras la explosión de varios tanques contenedores de desechos tóxicos en el año de 1957 , la explosión por negligencia humana de un contenedor de Antrax en polvo en la fábrica-laboratorio de Sverdlovsk (o Yekaterinburgo) en 1979, y la constante contaminación de ríos y mares por desperdicios radioactivos de las últimas cuatro décadas.
El incremento del umbral de riesgo en la tecnología bélica moderna y la deficiencia de los complejos burocrático-militares para afrontarlo tiene repercusiones pragmáticas negativas para los mismos. Desde la pérdida de credibilidad y confianza que se puede traducir en falta de apoyo popular hasta el desvelamiento involuntario de secretos militares que pondrían al Estado en cuestión en desventaja frente a sus enemigos y naciones competidoras. Se comprenderá que estas son el tipo de razones que los ejércitos nucleares del mundo toman en cuenta al enfatizar la seguridad en sus desarrollos tecnológicos y no los desgañitamientos ingenuos de los grupos naturalistas y humanistas del orbe. La prueba más fehaciente de ello la encontramos en el recurso de la secrecía. Cuando falla la seguridad en ese nivel, de inmediato dicho error se convierte en secreto de Estado. Esta es una de las razones por las que los investigadores han encontrado difícil dar cuenta de los accidentes nucleares en naciones como Rusia, Estados Unidos y Francia.
B] Durante las semanas previas al inicio de la Guerra del Golfo, en el vértice de los años 1990 y 1991 (comenzó el 9 de enero de este último), un ataque nuclear de consideración era perfectamente viable. En efecto, durante una reunión privada efectuada en Ginebra, Suiza, entre el entonces Secretario de Estado de Estados Unidos, James Baker, y el en aquel tiempo Ministro de Relaciones Exteriores de Irak, Tariq Aziz, el primero advirtió terminantemente al segundo que si Irak lanzaba Gas Mostaza (un agente químico que daña, de manera principal, al sistema nervioso central) contra el ejército estadounidense y el resto de la Coalición a la que se enfrentaban, los norteamericanos responderían, sin pensarlo dos veces, con bombas nucleares, específicamente de Hidrógeno y Neutrones, según necesidades. Que esto pudiera ocurrir es algo que estuvo mucho más cerca de lo que se pueda imaginar.
Después de la desaparición de dos ciudades del planeta, Hiroshima y Nagasaki del derrotado Japón en el verano de 1945, a manos del Ejército estadounidense, la dinámica guerrera llegó a un nivel de cierre lógico. La capacidad de destrucción total de la vida humana que a partir de ese momento alcanzaron algunos de los arsenales del mundo, cierra el ciclo instrumental-metafísico de la guerra. Lo que para algunos pacifistas y ecologistas es un escándalo, aquí es interpretado, siguiendo la terminología luhmanniana, como una clausura paradójica de la evolución guerrera de la especie. Al correr estrechamente ligada a la inventiva y desarrollo tecnológico, la guerra llegó a un punto en el que sus expectativas y razón de ser han sido rebasadas, al ser llevadas al extremo, aunque sea como mera virtualidad. Es así que el máximo objetivo de la guerra, la destrucción, llega al punto que cancela las consecuencias secundarias, pero inherentes, de positividad eficaz. En tanto que probabilidad, esta anomalía ha podido ser controlada en términos de riesgo a través de una semántica ad-hoc de la disuasión y la posibilidad de utilización de tal poder destructivo, justo como ocurrió de forma más que eficaz durante la Guerra Fría. En tanto que potencia o capacidad de llegar a ser, cabría preguntarse si el mero hecho de que esa virtualidad tienda al acto efectivo en un futuro posible no representa el corto circuito del desarrollo cíclico guerrero y con éste de la humanidad toda. Cabría preguntarse, en suma, si, como afirma el Juez Holden de McCarthy, “Todo juego aspira a la categoría de guerra, pues en ésta el envite lo devora todo, juego y jugadores y la guerra es el juego definitivo porque a la postre la guerra es un forzar la unidad de la existencia. La guerra es Dios”.




domingo, 15 de enero de 2012

How to Build a Serial Killer


The most perplexing feature of the original John Carpenter's 1978 shot of Halloween was its surrealist framework. The plot, clearly linked with the classical horror trend in the seventies' Hollywood, left out a crucial thing in movie art: causality. Viewers around the world passed by this problem because the film was aggressive enough to catch their attention with a murderer from hell: the super humanized killer of the white mask. The Jamie Lee Curtis screams (then a beauty, young and rookie actress), the thrilling soundtrack and a permanent state of darkness along the movie were dramatical enough to rocket the film to the status of an instant classic in the suspense and horror genre.
No matter what, after thirty years and a series of sequels, the problem of the absence of a causal link in the killer actions remained. Until the franchise fell in Rob Zombie's hands. His 2007 version of Halloween is a master piece of neo realism in American movies. But not just this; at the same time, his treatment of the plot erects a complicated mixture between the mentioned realism and old school supernatural horror. In his proposal, Mike Myers, the white mask murderer is, at the same time, a terrible serial killer and an indestructible demon. Reality and fantasy fades together into the innovative movie structure that works altogether with the power of narrative and the dreadness of the unexplainable.
Michael Myers' First Night.

So, the movie's first part builds the main factors of an insane mind. The young Mike (Daeg Faerg), an androgyn preteenager boy, lives in a decadent and vicious home environment, stuck in the turbulent waters of a deeply dysfunctional family, with his exotic dancer mother (Sheri Moon Zombie), a young woman with very low self-esteem, his alcoholic, cynic and bullying step father (William Forsythe) and his rude and annoying teen sister (Hanna Hall), he is in the verge of a major insanity breakdown. Pet killing, as usual in the serial killing mind, is the preface of a long-life killing spree. In this part of the film, Zombie draws with astonishing accuracy the dynamics of an ill mind: the interconnection between the social disintegration, clearly represented by the white trash family's interaction, and the subjective mental anomalies. In the middle of this, Myers discovers the power of the mask, the shield that uncovers, in his own words, "my ugliness". The first scene, powerful and disturbing, with the Kiss anthem "God of thunder" sounding high behind, shows the kid wearing an ugly clown Halloween mask while spoiling his little mouse just before ripping it apart with a scalpel. That's the same outfit he will use later on to perform his first bloody murder against an abusive schoolmate and, on that day's night, the beginning of his terrible family slaughter. In this nightmarish episode he finds his theatrical trademark: a realistic corpse latex Halloween mask which covers his entire head and originally belonged to his sister's boyfriend. Afterwards, we testify his unavoidable descent to the primitive stages of the human mind along his captivity in a mental institution; the behavioral spiral that turns him into the perfect killer. In his sanitarium reclusion he progressively loses all the human features of sociability; in the end, physically and mentally he is above the human world.

Myers and his Mother at the Mental Institution.


Myers ready to be a Killing Machine.

All the way through the movie, Rob Zombie performs his most skilled cinematographic feature: a neat and clean hyperrealism. Beyond classic realism and beyond typical gore, the way he works on the tiny junctures of reality puts him straight to the universe of art. In a paradoxical way, of course, because the filmic recreation of both the slums of society and the products of insanity in the form of human fluids and body lethal scars is always something reserved for special tastes and postmodernist critical dispositions. But that's just the point with the work of Zombie; he has recreated a series of contemporary cultural symbols, that constitutes an important part of the collective western imagination, in order to make an artistic net that is beyond pastiche. Zombie's hyperrealism (which first inception was in his remarkable 2003 filming debut House of 10,000 corpses, but only was completely achieved in its 2006 sequel The Devil's Reject) its a way of social critic because its a way to put in front of the viewer, in a disturbing and raw mode, the other side of the world; that is, the dark side of the bourgeois way of life is brought into question by the recreation of its debris, the perpetual machine of evilness in the world.
In his notable book about serial killers, following the FBI's behavioral sciences unit, Peter Vronsky establishes that "Serial killers murder for their own personal pleasure and carefully select their victims for their own reasons... Serial killing is an addiction, some experts say... Once a killing cycle is triggered, it is rarely broken". Zombie's Myers fulfills this description taking it to the next level.  That's the moment where the character subtly acquires his metaphysical status. Passing from a cold and violent serial murder to a killing machine (impersonal, efficient, straightforward) to a kind of supernatural incarnation of evil, he renders a brutal allegory of our times. In the era of God's death, the hypertechnologization of the world and the comfortabilization of life, the unchained evilness is our own transcendent universe, the kinky way to sublimate the anger and misery of our social system.