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Revista Replicante

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sábado, 16 de febrero de 2013

El cazador de los siete mares


El capitán Ahab es un dragón de los mares luchando contra su propia sombra. Mejor todavía, contra su propio reflejo; uno distorsionado, agrandado y deforme de sí mismo. Es también la encarnación de la maldad (“Yo te bautizo no en el nombre del Padre, sino en el del Diablo”, dice en latín al forjar con sangre de salvajes impíos el hierro del arpón de su última batalla) que necesita afianzar su espíritu salvaje, indómito y guerrero persiguiendo a un doble perverso al que interpreta como el exotismo puro, el mal en sí mismo: su cacería es su expiación.  

Moby Dick, la mítica e imposible ballena blanca, cachalote feroz que alguna vez arrancara de cuajo uno de sus piernas, obligándolo a valerse del marfil de ballena para sustituirla: prótesis hecha de la esencia y las entrañas de la especie enemiga, lleva a Ahab, impeliéndolo a perseguirla por todas las aguas, hasta los cálidos, briosos y salvajes mares del Sudeste terráqueo en los que culminará su lucha y su delirio.
La fiebre ─literalmente, el capitán padece constantes fiebres que sugieren causas de su locura persecutoria─ de venganza del mandamás del ballenero de Nantucket, Pequod, afianza en la extrapolación de su propia violencia. La mole de inteligencia cuasi humana que es la abominable criatura del océano se convierte en el objetivo válido de la ira y la sinrazón del cazador blanco. Protegido ─evadido y exiliado en sí mismo al fin─ en una burbuja de civilización que le proporciona su condición de humano, occidental y capitán, el enloquecido marinero se halla en condición de (auto) justificar su viaje sin retorno, condenando a una variopinta, polifideísta y multirracial tripulación (el Pequod como reflejo microcósmico del melting plot por excelencia) a la muerte segura ante el desigual combate contra la naturaleza y sus engendros; combate del que sólo sobrevivirá la última palabra, la de aquel que como el viejo marinero de Taylor Coleridge sólo ha sobrevivido para dar constancia de los saldos de la demencia: Ismael, nombre y retórica de resonancias bíblicas, justo como la lucha misma entre el terrible mamífero acuático, el Otro in extremis, y el implacable ballenero, el espíritu justiciero occidental. Ahab es la razón, el portento de la Modernidad, la técnica al servicio de la justicia por más que ésta nazca de la pura y simple venganza; Moby Dick es el salvajismo, la aberración de un mundo anacrónico que es necesario o bien conquistar (la práctica misma de la caza de cetáceos), o bien extinguir, hacer desaparecer de la faz de la Tierra, así vaya la vida en ello. No obstante, ambos comparten y constituyen una sola dinámica guerrera: la lógica de la furiosa turbulencia del espíritu guerrero que se subsume en su propia vorágine sangrienta.


Moby Dick en la ilustración del Leviathan de Mastodon


La historia de Ahab es una interpretación posible de la historia de los Estados Unidos. Nación guerrera por excelencia, a lo largo de su joven historia ha esparcido la guerra y su espíritu a lo largo y ancho del planeta. Pero al mismo tiempo ha necesitado negar el elemento guerrero primigenio consustancial a su acelerada transformación imperial. Provocar y perpetuar la guerra en sí misma y para sí misma, dejándose llevar por su lógica metafísica y primordial, es cosa de pueblos salvajes. Escalpar cabezas es la antítesis de la civilización.
Es así que se ha dado resistencias ideológicas: la Unión Americana, esa sociedad de plástico, acero y microcircuitos, del dispendio obsceno, la vanagloria y la arrogancia, es la civilización. Su espíritu guerrero, entonces, no proviene de la sed de sangre primitiva, sino del afán justiciero de la nación donde la autoconciencia de la Razón hegeliana ─¡el fin de la Historia!─ se ha cumplido en el siglo XX. Por supuesto, la historia desmiente a la ideología. Los cielos calcinados del derrotado Japón en el verano de 1945; la furia desbordada del instinto asesino que encontró su contraparte exacta en el sanguinario Vietcong sobre suelo vietnamita durante los sesenta y setenta del siglo pasado; la serie de micro invasiones, conspiraciones y estrangulamientos militares a lo largo y ancho del planeta durante la totalidad de la pasada centuria. Con todo, ellos se asumen como la maravilla, la divinidad encarnada aquí en la Tierra: “La tecnología es nuestro destino, nuestra verdad. Es aquello a lo que nos referimos cuando nos calificamos como la única superpotencia del planeta. Los materiales y los métodos que ideamos nos permiten reivindicar nuestro futuro. No tenemos necesidad de depender de Dios ni de los profetas ni de otros prodigios. Nosotros somos el prodigio”  [DeLillo, p. 37].

De nuevo, la burbuja protectora de Ahab; sólo que ahora en lugar del hierro forjado, la madera y las velas de navegación son los circuitos integrados, los sistemas funcionales, la energía atómica y las telecomunicaciones que todo lo nombran, lo dicen, lo acechan. Ellos, como dice con acidez DeLillo, son el vértice, el referente primordial por grandioso, ineludible, omniabarcante. En tanto que allá, en los mares milenarios e ignominiosos, vive el mal; lo salvaje irredento, prístino en su blancura de odio ─como la mítica ballena─, vigilante de los movimientos del prodigio de Occidente, que en su patrullaje de las aguas que por derecho divino le corresponden, espera el menor descuido para eliminarlo o, por lo menos, destrozarle una pierna: “El detonante de su furia es Norteamérica. Es el deslumbrante resplandor de nuestra modernidad. Es el embate de nuestra tecnología. Es esa carencia de Dios que transmitimos. Es la capacidad de la cultura norteamericana para traspasar todos los muros y penetrar en cada hogar, cada vida y cada mente” [Ibid, p., 8].

Encontrado entre la espada y la pared [between a rock and a hard place], el extraordinario novelista que es Don DeLillo vacila en este ensayo (originalmente publicado en Harper’s Magazine en diciembre del 2001 y después mañosamente editado como libro por Circe para venderlo a precio de oro en su traducción española) entre su condición de lúcido intelectual que brinda pasajes de pulcra ironía autocrítica como los citados y el ineludible sentimiento nacionalista que opone axiológicamente el perenne choque entre Oriente y Occidente: “Dos fuerzas en el mundo, el pasado y el futuro… Pero ahora existe un estado teocrático global, flotante y desprovisto de fronteras, y es tan obsoleto que ha de depender del fervor suicida para lograr sus objetivos” [Ibid, pp., 53-54]. Por supuesto, es posible ver en esta afirmación algo verdadero. No existen santos en la batalla. Sería infantil interpretar como válidos y justos los métodos del terror y la guerra de raíz islámica. No obstante, el punto esencial aquí es que en la lógica guerrera no cabe la valoración moral. La lucha en sí misma es su propia realidad y objetivo. Si ellos, los otros, han elegido el “fervor suicida” para el aniquilamiento; los Estados Unidos, con el fin de hacer valer su sed de venganza y dar rienda suelta al instinto guerrero, se han decantado por la high tech bélica y la violenta usurpación de cualquier otra consideración legal o moral que pudiese regir en el mundo. Eso es todo lo que no debe olvidarse. 

Neoyorquino como es, DeLillo ha vacilado en este punto. Por momentos, ante la nostalgia y el duelo que nuestro natural sentimiento de compasión disparan, pierde de vista la lógica profunda del ataque a las Torres Gemelas: La maravilla civilizatoria occidental se hermana en la sed de sangre de sus bárbaros atacantes. Justo como el primer timonel del Pequod respecto al cachalote blanco. La lucha entre ellos no es la del bien y el mal; ni siquiera la de la revancha guerrera, aunque se le acerca. Es en cambio, la de la supremacía de la violencia. La aparatosa, enloquecida y extenuante persecución que Ahab realiza por todas las aguas de la Tierra es la búsqueda de sí mismo; el deseo de ver su reflejo diabólico en toda su blonda pureza. El mal, la sustancia de la guerra, persiguiendo su propio llamado; su eco infinito y abismal. El cazador de los siete mares y su abominable cetáceo sólo son dos demonios de un mismo infierno en busca de la supremacía del reino de las llamas; hoguera de la historia y todas sus almas.


El insigne escritor neoyorquino Don DeLillo.


En medio del fragor de la batalla final, de la confrontación total con el Otro que no es sino la más pura manifestación de sí mismo, el barco zozobra y se hunde en un remolino apocalíptico que lo sepultará en las aguas eternas de un paraje exótico: “The ship! The hearse! ─the second hearse! cried Ahab from the boat; “its wood could only be American!” Los Estados Unidos lo saben, lo han conocido por lo menos desde la Guerra de Secesión, haca ciento sesenta años. Lo vivieron con toda su crudeza tras una década de lujuria bélica en Vietnam y siguen negándolo; empecinados en una ceguera histórica irrisoria, pretenden conservar una pureza por principio inexistente: la metafísica de la guerra es un huracán que estruja atacantes y atacados. En efecto, la madera de la carroza fúnebre ha de ser americana. Así ha sido y será mientras esta especie pueble y domine la Tierra. El sino de los imperios es la generación de su propia gloria y su propio ocaso. No hay tierra inmaculada. Carente de pathos guerrero y sentido de la tragedia, el joven y colosal imperio republicano quiere, necesita, anhela, saberse inerme, pulcro, redimido de su ansia bélica No es que sus enemigos sean inexistentes, mucho menos justos o buenos (aquí no encuentra lugar el código moral bueno/malo) es, en cambio, que sólo existen porque ellos son su fiel espejo; prisma y súmmum de sus odios y querencias. Tras la fachada de modernidad, democracia y liberalismo yace un dragón marino que no conoce cansancio ni demora para perpetuar el instinto del combate, la esencia al fin de este cúmulo de primates superiores con fino lenguaje y pulgares prensiles en lugar de garras.
Han sido maestros de ello. Décadas de vanagloria de poseer el armamento más letal que haya conocido este planeta; usurpación de la palabra por el canto de las armas; encumbramiento universal con base en el poder de la más depurada funcionalidad guerrera que la Modernidad tecno-científica haya podido producir; esparcimiento salvaje de una forma de vida sobre el aullido de los caídos en combate, exóticos y propios. Sería prematuro, tremendista y carente de sustento empírico afirmar que el ataque del 11 de septiembre del 2001 fue el cierre del círculo conflagratorio estadounidense, aunque sí hay visos de ello en tal acontecimiento. América, como ellos se autonombran en una mezcla de arrogancia e ignorancia, ha cosechado un fruto más de la lógica que pusieron en marcha el día que su bandera ondeó por primera vez sobre un suelo soberano (el Palacio Nacional de México, ni más ni menos). La historia los ha alcanzado una vez más:


Ahora un grupo de hombres han alterado literalmente la silueta de nuestro firmamento. Hemos retrocedido en el tiempo y en el espacio. Es su tecnología la que gobierna nuestros momentos: los pequeños artefactos letales, los detonadores por control remoto que fabrican sirviéndose de transistores, o esa tecnología más ambiciosa que toman prestada de nosotros, reactores de pasajeros que se convierten en misiles tripulados. Tal vez sea éste el lúgubre mensaje implícito en la empresa que han acometido. Esos hombres ven algo inminentemente destructivo en la naturaleza de la tecnología. La tecnología lleva la muerte a sus costumbres y a sus creencias. Utilicémosla como lo que es: algo que mata [DeLillo, p. 42].


Irremediablemente guerrera, la nación más poderosa del planeta ha cancelado quizá para siempre la distancia reflexiva y el acto de contrición. Como el desquiciado marinero que persiguiera por todos los mares a la ballena blanca, en el momento final, cuando la conflagración es un tobogán en espiral hacia el abismo, sólo han podido y podrán entonar una salmodia de destrucción, orgullo y muerte total; la llama donde fenece y renace su temida y acallada esencia infinita: 



Oh, now I feel my topmost greatness lies in my topmost grief… Towards thee I roll, thou all-destroying but unconquering whale; to the last I grapple with thee; from hell’s heart I stab at thee; for hate’s sake I spit my last breath at thee. Sink all coffins and all hearses to one common pool! and since neither can be mine, let me then tow to pieces, while still clashing thee, though tied to thee, thou dammed whale! Thus, I give up the spear![1]







• Herman Melville, Moby Dick or the whale, Penguin Books, New York, 2001, 624 pp. 150th Anniversary Edition. Introducción de Nathaniel Philbrice.
• Don DeLillo, En las ruinas del futuro, Circe, Barcelona, 2002, 61 pp. Traducción de Gian Castelli.
*Este texto fue originalmente publicado en la revista Casa del Tiempo en octubre del 2002; lo republico aquí con ligeras modificaciones.



[1] O: “Oh, ahora me doy cuenta que mi mayor grandeza es mi mayor pena… Hacia ti me dirijo, ballena todo destructora e inconquistable; hasta el final lucho contigo; desde el centro del infierno, te alanceo; en el nombre del odio te escupo mi último aliento. ¡Hundidos todos los ataúdes y todas las carrozas fúnebres en una fosa común, y ya que ninguno pudo ser el mío, déjame ser remolcado en pedazos, mientras sigo persiguiéndote, aunque me halle atado a ti, ballena maldita! ¡Así, aquí te entrego mi arpón!”.

domingo, 7 de octubre de 2012

Los usos de la historia y la consolidación de la democracia


Al inicio de su libro Las incertidumbres del saber, el eminente sociólogo neoyorquino, Immanuel Wallerstein, nos dice que “En realidad, el pasado es lo que, desde el presente, creemos que es”. La aseveración suena polémica desde el principio, no sólo porque la podemos referir a nuestro pasado personal, con todo aquello que nuestra memoria subjetiva ha podido rescatar de él y que tenemos por seguro, sino porque principalmente la ubicamos en contraste con la historia, o con todo lo que ha pasado por histórico en una comunidad determinada. Monumentos, documentos, pinturas, ruinas arquitectónicas, reliquias, fotografías, crónicas y demás; en suma, la totalidad de aquello que compendian los libros historiográficos y que da la certeza de que el pasado es constante, fijo, inmutable y, sobre todo, independiente del presente.
Por ello Wallerstein advierte: “Por supuesto que hay un pasado real, pero siempre lo miramos desde el presente, con la lente que queramos aplicarle. Y, claro está, la consecuencia es que cada uno de nosotros ve un pasado distinto. Vemos pasados distintos como individuos, como miembros de un determinado grupo y como académicos”. Es decir, el pasado es una cantera inagotable de apoyos para el presente. Debido a su característica inabarcable, el pretérito pone a disposición de lo contemporáneo una multiplicidad de acontecimientos, personajes, lugares y acciones a utilizarse según necesidades. O sea, en la medida que todo ocurre en el mundo de manera simultánea, en bloque y una sola vez, el conjunto de acontecimientos realmente existentes es potencialmente infinito y, por lo tanto, incognoscible de manera plena. Hay tantos sucesos como interacciones en cada momento del tiempo. Es aquí donde la historia, el pasado, adquiere su maleabilidad para ajustarse al presente.
Esto ha sido explotado virtuosamente por los narradores modernos, quienes por medio de la imaginación y la potencia retórica han iluminado fantásticamente aquellos paisajes mentales que la historiografía oficial ha excluido de su narrativa por factores diversos de índole social, político y científico. Ejemplos paradigmáticos de estos narradores han sido León Tolstoi con Guerra y paz, y Walter Scott con Waverly, consideradas obras culminantes del género de la novela histórica durante el siglo XIX. Durante el siglo XX destacó en el terreno del best-seller histórico Gary Jennings con obras como El viajero y Azteca, mientras que en el ámbito de las letras latinoamericanas, el insigne literato mexicano Carlos Fuentes, recientemente fallecido, exploró con maestría el camino de la ficcionalización histórica en trabajos como Terra Nostra, El naranjo o los círculos del tiempo y Los años con Laura Díaz, todas ellas obras indispensables en el ámbito de las letras españolas.

Edición original (1993) de El naranjo de Carlos Fuentes.

Pero el manejo de la historia con fines imaginativos, ilustrativos, revisionistas, contestatarios o ideológicos no se limita al ámbito de la literatura histórica de ficción, sino que es asimismo moneda corriente en el terreno político. Así lo subraya el escritor y crítico estadounidense Lewis H. Lapham en un ensayo publicado en la revista Harper’s Magazine del mes de mayo de este año, titulado “Ignorance of Things Past”. Dice ahí que existe una tendencia generalizada entre la clase política a ver en el pasado un tiempo glorioso al que debería regresarse, sea desde el bando conservador, sea desde el bando progresista. Cada uno tiene sus momentos, sus próceres, sus acontecimientos favoritos para afirmar una “edad de oro” pretérita a la que sería necesario volver de una u otra manera. El problema con esto es que, generalmente, se hace a manera de monolito kitsch, sin contexto y sin análisis profundo; simplemente se afirma que la historia es un lugar digno de volver sin más. Esto, por supuesto, es parte de la mitología histórica de todo estado-nación en el mundo.
Junto con la afirmación de un supuesto tiempo pasado mejor, existe una estrategia política en sentido inverso: el señalamiento de los graves errores históricos cometidos con antelación que deben quedar desterrados de raíz. Esto es algo muy común en sociedades que han hecho transiciones de regímenes totalitarios o autoritarios a conformaciones democráticas o, por lo menos, menos opresivas que las anteriores. Ejemplos históricos recientes son Rusia, que superó la era del poder soviético; Chile, que vivió un acelerado proceso democratizador tras el periodo de la dictadura militar de Augusto Pinochet y, por supuesto, México, que en el año 2000 se deshizo, vía las urnas, de siete décadas de poder de un partido prácticamente único, autoritario y clientelista.
En este sentido, los argumentos del pretendido idilio mexicano bajo el régimen de partido único (que incluso hoy llegan a esgrimir tibiamente los adherentes al mismo), en el que supuestamente hubo un periodo de paz sostenida, crecimiento urbano y asistencial, productividad ascendente y presencia económica internacional, así como una firme administración del gobierno en todos sus ámbitos y niveles, se encuentra ahora desprestigiado por tres razones fundamentales: 1) los supuestos logros de la época del autoritarismo mexicano es lo menos que se puede pedir a un Estado con relación a su ciudadanía; 2) se ha caído en cuenta que, de no ser por la forma piramidal, corporativista y corrupta de los gobiernos pertenecientes al partido único, el crecimiento nacional en todos los rubros hubiera sido mucho mayor al que realmente fue; 3) los yerros inherentes a una forma ensimismada del poder, como la represión ciudadana, la censura mediática y la impostura democrática son imperdonables para las generaciones actuales que viven en un mundo hiperconectado, veloz, informado y anhelante de ejercer con plenitud los derechos ciudadanos universales.
Por supuesto, la mudanza hacia una forma de interacción social plenamente democrática es un proceso que toma tiempo y que es particularmente lento y accidentado en naciones que vivieron generaciones enteras bajo el manto de un partido omniabarcador. Por ello, la circunstancia mexicana sigue aún en el periodo de transición del autoritarismo a la plena democratización de todos los ámbitos de la vida. Esa es la razón fundamental de que incluso los cuadros progresistas y contrarios al que fuera el partido único sean escisiones del mismo. La oposición real a éste funcionó históricamente como disidencia (y el ejemplo del movimiento democratizador de 1988 es claro en este sentido), cosa que no hace sino poner de manifiesto la operación monolítica del poder bajo el autoritarismo, cuya usurpación de la vida política produjo una cultura de mando difícil de desterrar y que aún hoy se encuentra lastrada por prácticas del viejo régimen, como el clientelismo, las prebendas y el peso excesivo de las personalidades carismáticas, lo mismo en los políticos de izquierda que en los de derecha.
Algunos críticos no han sabido leer esta circunstancia y lanzan ataques constantes contra las personalidades individuales, asimiladas a los partidos opuestos a la herencia del autoritarismo, que en su momento se formaron y trabajaron dentro del mismo. Eso es no comprender la capacidad que tuvo el antiguo régimen para permear la totalidad de la acción política de la nación durante casi un siglo entero. Nos encontramos en un periodo transitorio en el que las personalidades políticas determinantes siguen siendo, de manera notable, bifurcaciones del añejo statu quo; aunque, por supuesto, se espera que al cabo de una generación los actores políticos decisivos del progresismo emerjan de la sociedad civil y se incorporen a la vida política sin la pesada herencia del pasado. Justo esto es lo que revela la bien llamada “Primavera Mexicana”, movimiento juvenil informado, combativo y clasemediero, que reafirma una importantísima herencia de la Modernidad: los jaloneos hacia adelante en la vida social y política de las naciones han surgido del modo de vida burgués. 

El movimiento Yo soy 132 y el inicio de la llamada "primavera mexicana".

Las manifestaciones recientes de universitarios mexicanos, concentradas en el centro nacional por excelencia, la Ciudad de México, han partido de un sesgo histórico fundamental: el rompimiento con un pasado que no les pertenece sino como el peso muerto de una tradición que se niega a desaparecer. Los jóvenes que han inundado las redes sociales virtuales con eslóganes de protesta y que han salido a las calles a manifestarse en contra de todo aquello que con justeza perciben como herencia del autoritarismo mexicano del siglo XX, reafirman que para ellos la historia ha comenzado con el siglo XXI, el nuevo milenio y el avance democrático nacional del año 2000. Retoman los aspectos negativos del régimen (y de los poderosos medios a su servicio) que por antonomasia negó la vida democrática mexicana durante la práctica totalidad del siglo pasado, para imaginar un futuro en el que la historia puede y debe ser distinta. Como ocurre siempre con todo uso de la historia, su elección es parcial y con inclinaciones puntuales, pero quién podría negar que eso y sólo eso es lo que necesita una nación a la que por décadas se le ha negado el pleno acceso a la actual forma del mundo occidental: provisional, mutante, epistémica y con plena libertad de elección.



viernes, 15 de junio de 2012

La irreversibilidad de las adicciones

Durante los últimos cien años, el mundo occidental ha tratado a las adicciones psicotrópicas, incluyendo el alcoholismo, básicamente como un problema económico, policiaco y fiscal. Esto ha recrudecido en los últimos treinta años con cierto añadido en materia de salud pública. De un cuarto de siglo a la fecha, se reconoce que uno de los flancos principales del asunto es su alto impacto en el bienestar físico y mental de un conjunto determinado de ciudadanos. Pero también es cierto que en ese mismo periodo, las adicciones han sido entendidas como un espacio de guerra entre los rebeldes que las padecen, los piratas que se las proporcionan y los justicieros estatales que las combaten. Esta perspectiva lleva inevitablemente a un callejón sin salida, puesto que las adicciones son, ante todo, un problema civilizatorio psico-social.
En un eminente ensayo sobre las adicciones, “¿Para qué drogas? De la dialéctica y búsqueda del mundo”, el filósofo de la cultura alemán Peter Sloterdijk, disecciona el problema contemporáneo de las adicciones partiendo de una premisa central: el consumo, la distribución y la modulación cerebral de las drogas ha existido desde tiempos inmemoriales en la humanidad, sólo que en su forma moderna, esta se haya irremediablemente separada de su flanco místico, ceremonial y religioso, razón por la cual, aquél que se acerca a los estupefacientes en nuestra época carece de los faros, las amarras y las guías necesarias para controlar los efectos del consumo de modificadores de la psique; en consecuencia, queda inerme ante su poder distorsionador de la realidad.

La drogadicción es la inversión de la absorción con fines inexistencialistas.

Esta translación de un consumo de drogas regimentado a uno desregulado disloca la función principal de las alucinaciones inducidas de la antigüedad: antaño abrían portales a mundo trascendentes; ahora llevan al umbral de la alienación social. Es decir, mantienen el estereotipo del umbral, pero este se vuelve de lo exterior a lo interior. Si antes el sujeto drogado aspiraba a la visión celestial, el colgado contemporáneo sólo atisba sus propios infiernos. La lógica de la adicción cambio de manera drástica en la Modernidad, tras la pérdida de los mundos metafísicos de la antigüedad, sus gurús y sus místicos. En tiempos remotos, el individuo consumía la droga esperando la visión de lo absoluto; en la actualidad, de manera inexorable, la droga es quien consume absolutamente al individuo; escribe Sloterdijk:

El horror crónico de la privación en el punto álgido de la demanda de repetición promueve una desintegración del proceso primario. Conduce a una persona, es decir, un ser que puede afirmar su relativo ser vacío, a la imposibilidad de ser. El curso del proceso es el de una enfermedad aguda hasta la muerte. La enfermedad obtiene su enorme poder mediante la sinergia entre inversión de la absorción e inexistencialismo. Igual que supo Baudelaire que él era fumado por su pipa, sabe el drogado típico que él es tomado por su droga. Lo sabe porque la toma para ser tomado por ella. La adicción sería así vista como la aprobación coercitiva de la absorción como querer ser tomado… un hambre de sujeción.

El punto medular de esta descarnada descripción de la adicción contemporánea, ha de girar en torno al porqué de dicha circunstancia. Tenemos aquí que recurrir a los ya imprescindibles análisis del sociólogo polaco Zygmunt Bauman sobre la especificidad del presente que él ha denominado como “vida líquida”. En breve, refiere a la constitución actual del sistema social conformado por una serie de redes macro sociales que rebasan, constriñen y determinan la acción subjetiva en todo momento. El sistema financiero, los órdenes legales, las modas, el trabajo, la omnipresencia de la tecnología, etcétera. La lógica central de este devenir social se funda en la primacía de la mercancía y la mercantilización de todo lo existente. En palabras de Bauman: «la vida líquida es una vida devoradora. Asigna al mundo y a todos sus fragmentos animados e inanimados el papel de objetos de consumo: es decir, de objetos que pierden su utilidad (y, por consiguiente, su lustre, su atracción, su poder seductivo y su valor) en el transcurso mismo del acto de ser usados». Por supuesto, tal y como lo ha subrayado Sloterdijk, los medios de recambio de todo esto son el dinero (medio tangible), el éxito (medio intangible) y la aceleración de todos los acontecimientos como el medio irrecusable del habérselas con el mundo actual.
Ante esto, las individualidades modernas y postmodernas han experimentado el agigantamiento del medio social en el que tienen que vivir, la conversión inexorable de las personalidades en mercancías de recambio, la presión interactiva de representar determinados roles sociales; la fuerza creciente de imponerse y solventar ciertas metas individuales estereotipadas de acuerdo con géneros, clases, ciudadanías e historias colectivas acartonadas, apremiantes e ineludibles. No es vana la comparación tópica entre la psique contemporánea y una olla de presión: tarde o temprano la primera tendrá que liberar energía por los resquicios disponibles para hacerlo; cuando no los encuentra, sencillamente estalla. Es así que numerosos conjuntos de individuos se hallan en la situación a un tiempo acuciante y penosa de querer escapar de una vez por todas de «la exigencia excesiva de la existencia» y de «interrumpir el continuum obligatorio de una realidad indeseable».
Por ello, la adicción no desaparecerá en el sistema-mundo vigente. Mientras este siga operando puntualmente, también lo harán las drogas, su lógica mercantil y sus enganchados por ellas absorbidos. Resta únicamente la creatividad para paliar, prevenir y remediar en la medida de lo posible sus efectos avasallantes. Las alternativas han sido múltiples y van de la plena legalización al advenimiento de una era neoreligiosa en el mundo entero, pasando por los llamados moralistas al retorno de los valores tradicionales y los proyectos para integrar una cultura de la prevención en los sistemas estatales de educación básica. Todas ellas tienen sus partes luminosas y sus complicaciones insalvables. Por ejemplo, en qué términos podría jamás plantearse un retorno a la mística cuando eso es un hecho social ya superado, pulverizado y barrido por la historia de la reflexión occidental. O bien, cómo podría darse una legalización masiva a nivel mundial sin sufrir una pandemia universal de drogadicción que superara la totalidad de los recursos públicos de salud en el planeta. Etcétera. Pero lo cierto es que de todas las alternativas planteadas, la más primitiva, inmediatista y estéril ha sido la de la guerra frontal contra los mercaderes de la droga; esto simplemente pone la carreta delante de los bueyes, porque mientras continúe ardiendo el pozo incandescente de la adicción, no habrá poder en el planeta que supere, domine y venza el trajín que lo nutre y lo solventa, la ruta descomunal para su desmedida perpetuación a través del tiempo.
Este artículo también puede verse en mi columna de Raztudio Media en:  http://raztudio.com/politik-columna-la-irreversibilidad-de-las-adicciones-por-manuel-guillen/